sábado, 3 de junio de 2017

Tokui Waza: Hidari Sumi Gaeshi.

Hoy por hoy es mi Tokui Waza, mi técnica favorita. Es la única que tengo con la que me siento capaz de ejecutarla con buenos resultados en la mayoría de los intentos. Además, consigo Ippones claros al usarla sin importar el tamaño de quien esté haciendo Randori conmigo. Según el Sensei, lo comento nuevamente el jueves próximo pasado tras verme usarla; la hago fluida, parece fácil viéndome, se nota trabajada observando toda la previa, todo el trabajo que despliego hasta lograr el agarre y la posición desde la que ataco y que la he adaptado a mis condiciones físicas, emocionales y espirituales; mis compañeros la sufren estoicos.                                        
He perseguido varias técnicas a lo largo del tiempo que llevo aprendiendo Judo y las sigo buscando: Uchi Mata, Hanei Goshi, Harai Goshi, Tai Otoshi y Ko uchi gari. Por ambos lados; más técnico por la izquierda; más potente por la derecha. A esas les dedique más tiempo, hay otras que también he trabajado, pero sensiblemente menos. No pensé en Sumi Gaeshi si bien alguna vez la usaba, era un recurso, recurría a ella cómo recurro a Yoko Guruma; si me agarran y bajan mucho, rompiéndome mis esquemas y noto que estoy en un lío, ataco con ellas antes de que me ataquen. La usaba poco y nada; no me llamaba la atención y no entraba en mi horizonte hasta que un desafío se cruzó en mi camino planteándome un problema que me propuse resolver: la solución fue Sumi Gaeshi.
Ya saben: no me digan que no puedo, que no se puede. No desafíen al Rafita más porfiado a ponerse a trabajar persiguiendo cosas difíciles; me hice zurdo en Judo y puedo hacer todas las técnicas por ambos lados siendo que era diestro cerrado.              

Tuve un compañero hace unos 12 años que era pesado, ancho, bajo; su centro de gravedad estaba más cerca del tatami que el mío y me resultaba difícil bajar lo suficiente para que resultara efectivo un ataque. No había manera de proyectarlo, no claramente. Ponerme en Randori con él era sentir que no tenía armas para desarbolarlo. Nada era efectivo. Yo no era efectivo.                         
Llevaba dos décadas largas estudiando, aprendiendo Judo y no tenía nada con que proyectar a ese compañero. Ninguna técnica funcionaba; tenía un problema, un desafío al que hacer frente y ya saben: dejarlo correr no es una opción, perseguir una solución, buscarla, crearla, sí. Eso fue lo que hice; busque y busque Randori tras Randori, entrada tras entrada, fracaso tras fracaso…no anote cuánto tiempo me llevo, meses, años; miles de intentos, cientos con seguridad. Perseguí la quimera con intensidad, ganas y decisión.

Jamás me permití aceptar que no sería capaz, jamás me planteé abandonar. Probablemente por eso llegue hasta Hidari Sumi Gaeshi y hoy es mi arma más fina, la técnica que mejor me sale; la que puedo atacar cuando quiero; a la que puedo llegar en cuanto me lo propongo. Las otras pueden salir, pero no siempre resultan, falló mucho al usarlas; Sumi Gaeshi sale 19 de 20 intentos y es casi siempre Ippon; no me la pueden parar. Además, sigo en Ne Waza y si no fue Ippon, lo será.                                                                                                                                            
Claro que hay que tener en cuenta una cosa que los Senseis repiten incansables: debes, debemos tener variantes, combinaciones, un espectro amplio de posibilidades, hay que engañar, volver loco literalmente al compañero; que no sepa nunca por donde vas a ir. Y si yo puedo atacar con: Hanei Goshi, Harai Goshi, Uchi Mata, Tai Otoshi, Tani Otoshi, Yoko gake, Ko Uchi gari, De Ashí Barai o Sode Tsuri Komi Goshi además de Sumi Gaeshi y alguna otra; entonces no sabes cómo defenderme ni que debes defender. Te toca destrozarme los agarres y evitar a toda costa que te agarre, preocuparte todo el tiempo de eso, dejas de sentirte cómodo y si yo voy por la derecha y por la izquierda, sin aturullarme, estás literalmente perdido, confundido. Los jóvenes potros lo resuelven poniendo el compresor y los dos turbos, moviéndome, haciéndome subir las pulsaciones y evitando mis agarres que también son mentirosos, no dicen nada, no transmiten peligro, no les hace huir aunque ya los conozcan y sufran; los he trabajado a fondo para que sea así, no quiero que sientan el peligro hasta que sea tarde.                    
En cuanto bajan el ritmo o se distraen con esos agarres imposibles y me dejan planear la emboscada están cerca de ser proyectados. Hay quien no me deja agarrar cómodo ni a palos, una buena estrategia para frenarme, pero al final, salvo tres compañeros que lo bordan y se imponen en cada Randori; los demás terminan por cometer un error que les condena a ser proyectados. Tampoco abuso, algunos no sufren más de una caída o dos por Sumi Gaeshi en todo un Randori, intento otras técnicas, sigo puliendolas, no hay que hacerles sentir frustración, no más de la estrictamente necesaria; hay que dejarles crecer y con el tiempo se verá por dónde evolucionan. Cuando estén maduros se les puede apretar, nunca antes de que estén preparados.

Fue una búsqueda intensa, preñada de: intensidad, fe, trabajo, ganas, determinación y convicción. De entrega. Fue un juego, fueron risas cuando fallaba miserablemente, fue disfrute, fue no aceptar que mis limitaciones me superarían, yo les bailaría un malambo a ellas y no al revés; fue Judo en su máxima expresión.                                                    
Pude obviar el desafío, pude, pero ni siquiera me lo planteé. Creo honestamente que la mejor manera de honrar a quienes te enseñaron es hacerles caso e intentar tener fe en lo que te enseñaron, en lo que decían que es posible, viable, aunque no lo veas ni lo imagines y puede que ni siquiera te creas capaz. Si los Senseis dicen que se puede, inténtalo de verdad, da lo mejor que tengas y sorpréndete con los resultados. Sorpréndeles a ellos, haceles ver que superaste sus expectativas más ambiciosas para contigo; haceles saber que te enseñaron tanto y tan bien que has podido alcanzar un nivel que de otra manera estaba fuera de tu rango…haceles sentir que sos su embajador dondequiera que acaricies un tatami, sea con los pies, las manos, las rodillas o toda la espalda.
Ninguna técnica resultaba, no había manera. Clase tras clase, Randori tras Randori era incapaz de proyectarle y fue así que me puse en modo porfiado total, solté al Rafita menos cuerdo, al menos racional, al pasional que no tiene freno ni lo conoce, el que no cree que haya límites al trabajo, al sacrificio, a transpirar, a ponerle ganas, intensidad porque otros le dijeron que era posible pero solo si estacionamos en la cuneta las dudas y te enfocas en el problema que en este caso era proyectar a Charlie. Pero no valía hacerlo de cualquier manera, no señor, tenía que ser claro, incontestable. Si llegaba tenía que ser cuasi perfecto, un poema con altos estándares de calidad técnica, un poema que le alegrase la vista a los Senseis, si pudieran verlo o al Sensei que hoy por hoy me tiene en su Dojo.                                                                          

Semanas, meses, años…buscando incansable. Cada entrada, cada intento fallido era motivación extra; tiene que existir algo que sea efectivo, que yo no pueda verlo no implica que no exista, solo quiere decir que estoy verde y me falta estudiar más, solamente eso, pensaba.

Es el Everest, el K2 o el Cerro Montevideo. Es tu límite, el que sea. Cuando alguien trabaja de esa manera en la clase, nadie es ajeno, a nadie se le escapa; todos ven que cuesta, todos ven que no abandonas; que no te frustras, que no te obsesionas; que no le das importancia a los fallos ni al tiempo que te lleva; que no abandonas la ardua tarea de superarte. Probablemente no entiendan que te impulsa, pero les quedará grabado que se puede; quizás algún día sean ellos los que persigan una quimera con esa intensidad y constancia; solo por eso vale la pena intentarlo; aunque no consigas atraparla, si diste lo mejor y no llegaste a la cima, quédate con el camino que recorriste y lo que al hacerlo aprendiste sobre ti mismo, sobre limitaciones, mentalidad, motivación y sobre el Judo.

Entonces, pasados los años que no he contabilizado, creo que fueron un par o tres, ni idea, ataque con Hidari Sumi Gaeshi y conseguí un Ippon. Un verdadero milagro. Charlie reía con toda la boca, su homenaje a este loco; no le costó nada asumir que se le había terminado la veda, no le pareció importante. Debo dejar bien claro que, sin él, yo no tendría a Sumi Gaeshi como arma efectiva. Es su regalo a mi Judo, su contribución desinteresada y generosa para que yo creciese. El trabajo el mismo tiempo que yo para que pudiera llegar, se esforzó tanto o más que yo; supo en todo momento que, si lo conseguía, le proyectaría sin piedad, con cortesía, pero sin pizca de piedad y aun siendo consciente, me permitió trabajar, colaboró activamente en mi búsqueda, participó de la misma. Judo, puro Judo.                                                                                             
Esa clase, con esa entrada, empezó otra búsqueda, más íntima, más personal; había llegado a un buen punto, ahora se trataba de ampliar, desarrollarla y mejorarla; desde entonces la voy puliendo, mejoro las adaptaciones que le hice; la hago más efectiva, más imparable; tanto como para que el Sensei me felicite dos por tres cuando me ve hacerla y proyectar a mis compañeros. Dice que es Rafa Gaeshi, es Sumi Gaeshi sin lugar a dudas y es mi manera particular de interpretarlo, de ahí que la llame Rafa Gaeshi.

Pero repito que es así de efectiva por todo el arsenal que puedo usar combinado con esa técnica; sin todo el trabajo previo de agarres y posibles ataques o combinaciones no resultaría tan efectiva, se leería fácilmente y podrían pararla sin mayores problemas. Sin el agarre mentiroso que uso, mentiroso porque no transmite nada de peligro, aunque hagas Randori conmigo meses y sepas que voy a usar Sumi Gaeshi, no te parece que vaya a ser capaz de proyectarte, no sentís que haya peligro y esa es una porción del secreto que es más amplio. Incluso cuando la estoy ejecutando, hasta el final, no parece que vaya a salir; mis compañeros creen hasta el día de hoy que pueden o podrán pararla y me dejan, permiten entrarla pues no sienten que haya nada de peligro y cuando quieren reaccionar, están volando completamente desarbolados. Sin quejas asumen que esa técnica y yo compartimos algo mágico, un intangible y aunque les desvelo el secreto, no lo interpretan como para desactivarla. Tienen tiempo y alguno llegara a dar con el antídoto, solo hay que trabajar y tener paciencia.

Dicho secreto es que entro mi pierna izquierda buscando apoyar mi pie izquierdo en su tobillo izquierdo, cuando mi espalda toca el tatami con mis caderas bien profundas, entonces deslizo mi pie hacia su ingle y la estiro de golpe, hasta ese instante creen que apoyando los brazos o dejándose caer sobre mí me pararan, pero les proyecto pues la pierna hace de catapulta y no la han tenido en cuenta pues no estaba bien situada. Mi mano izquierda agarra pasando por encima de su brazo derecho, justo sobre el omóplato, más alta que baja; jamás buscó el cinturón, ese agarre les hace reaccionar negativamente para mis intereses, mi mano derecha agarra su manga izquierda a la altura de su muñeca, con el máximo control posible; en cuanto separan un poco los pies y/o se agachan un poco, les atacó.

Poco más de seis renglones para resumirlo, años trabajándola, puliendola y agregándole cosas, sumándole detalles. Estoy con una versión en la que ataco incluso sin tener mi mano derecha agarrada, si llego a tener la izquierda bien situada, entro a fondo y uso mi muslo izquierdo para levantarles; como si fuera el muslo en Uchi Mata, pero sin buscar amplitud, no quiero que tengan oportunidad de girarse; mi mano derecha agarra su manga izquierda donde puedo con la técnica ya en ejecución. Sale solo si ataco desde lejos y entro convencido. La sensación con esa versión, mientras estoy proyectando es de ligereza, de facilidad pasmosa; no me cuesta nada, no tengo que hacer esfuerzo, parece que mis compañeros se dejaran proyectar. 

Me insumió décadas tener una técnica tan efectiva; no descarto conseguir que otras se le sumen; vale la pena cada gota de sudor invertido; la sensación de que no cuesta nada, mientras la ejecutas, paga sobradamente el trabajo, el camino que recorrí para llegar a tenerla. Los Senseis tenían razón cuando me decían que solo se trataba de trabajar; la sensación viéndoles o al hacer Randori con ellos de que habían trabajado mucho para tener esa calidad técnica se ha confirmado: lleva años de honesta dedicación.