domingo, 24 de junio de 2018

Soy o nunca fui ni me acerqué.


La estrangulación esta metida. Y bien. Mi cuello sufre la presión extrema, se que es perfecta y que tengo dos, tres segundos de margen tras doblar la lengua y pegarla al paladar en el instante que mi compañero cerro con ganas el dogal y porfió con el velo que avanza implacable al borde del desmayo buscando pararme y zafar. Mi compañero lo nota, me conoce, sabe que voy a intentarlo; lo sabia antes de cerrar la estrangulación, apreta con tutti, clava la cadera en el tatami usándola de ancla dispuesto a conseguir que me rinda, pero me escapo levantándome tras traspasar cualquier limitación física, emocional o espiritual; recurro a décadas de trabajo y entrenamiento para conseguir el extra necesario para moverlo y moverme rompiendo el dogal que férreo me estrangula despiadadamente.
Toso, estornudo, boqueo, jadeo en busca de oxigeno que me reviva, lucho con el mareo, las piernas flojas y veo su mirada cargada de respeto, del profundo, del que solo se gana haciendo esta clase de locuras e intento decirle que estaba metida que era buenísima, que fue Ippon, otro se habría rendido irremediablemente. No puedo hablar, simplemente le sonrió cómplice, sobran las palabras. Sacude la cabeza devolviéndome la sonrisa cómplice, fue perfecta, lo fue, yo escape, pero yo no soy la regla, no en esto, soy la excepción que la confirma. Cuando puedo hablar se lo digo y ríe abiertamente, seguirá intentándolo, algún día me someterá.
Estoy de acuerdo en que no existe necesidad, claro que no. Ni obligación. Ninguna. ¿Se han parado a pensar en la efectividad que tienen que alcanzar mis compañeros estrangulando para tener opción a conseguir que me rinda? Solo por ese plus vale la pena; siendo tan intratable les hago mejores al obligarles a superarse; es una manera de motivarles y/o espolearles a mejorar, el desafío es conseguir que estrangulado me rinda.
Pero esa no es la razón primordial de que juegue sin límites; el asunto es que si sos incapaz de cruzar las fronteras físicas y mentales en un entrenamiento, en tu zona de confort; el tatami lo es para mí, no serás capaz de hacerlo cuando la vida te meta las dos manos en rápida sucesión y con un velo ganándote la mente rápidamente y las piernas convertidas en gelatina te tambalees a punto de desmayarte sin poder evitarlo, no has entrenado para planteártelo. ¿De que serviría que Sensei Firpo me enseñara la técnica de doblar la lengua si evitase explorarla hasta este punto? ¿O los randoris con Sensei Erlich regalándome su cuello para que entrenase? Por no comentar que un judoka con cuello de gorrión es cualquier cosa menos un judoka y el mío empezó siendo de gorrión.
¿Qué necesidad tengo? Ninguna. ¿Por qué hacerlo? ¿Por qué no? Soy más fuerte, mis compañeros se fortalecen y vuelven más efectivos, los Senseis sentirían si pudieran verme que no dilapidaron su tiempo en balde conmigo y siempre entreno como si me viesen, como si les tuviese ahí, a dos metros, vigilándome, evaluándome…juzgándome.
Es lo que se espera que haga, es lo que ellos querrían verme hacer. Buscar los límites para cruzarlos, mejorar, crecer, hacer crecer a los compañeros.
Cuando tu cerebro se nubla a toda velocidad a punto de desconectar para evitar daños mayores ante la falta de oxígeno, vital para su funcionamiento y pervivencia; sometido a esa caída repentina de fuerza, de claridad de ideas, tentado a rendirte y meter oxigeno en los pulmones, muy tentado; no atender a todas las alarmas que te piden que te rindas y hacer un esfuerzo sometido a tanta presión te templa, te da un plus que te hace ser fuerte de otra manera que parece inhumana. Cuando tu mente es poderosa y tu espíritu inquebrantable pues les has forjado y templado para que lo sean, no solo resultas fuerte haciendo Judo, también lo sos cuando despertas en Psiquiatría bajo los efectos de un coctel de drogas; trabajando de mensajero afrontando jornadas que son inhumanas o lavando platos en un restaurante tras trabajar toda la semana porque lo que te pagan es una miseria y es la única que queda.
Y hasta lavando platos busco mis límites. Y los cruzo. Doy lo mejor de mi mismo y a pesar del desánimo, las ganas de llorar, lo miserable que me siento consigo que todos estén contentos. Quien me recomendó; quien me paga y mis compañeras camareras que alucinan de tener siempre lugar para dejar los platos cuando llegan cargadas y lo dicen claramente. Fíjense que, al terminar de fregar el suelo, con el trabajo bien hecho, me siento mejor; no sucumbí a la tentación de ser uno más, actué como siempre pues esa costumbre de dar lo mejor que el Judo ha convertido en código innegociable junto a tantas otras cosas que sumadas a esa disposición a plantar cara que traigo de fabrica me convierten en quien soy. Esa cocina es un Dojo y soy un judoka que lava platos, algunos me superarán haciéndolo…pocos, estaré en la cúspide, junto a los mejores que me respetarán las ganas, las formas y esa rebeldía enfocada de manera tan extrema.
El respeto no se compra…se gana, pero sin respetarte, nadie te respetara. No soy judoka cuándo me conviene, no soy un hombre cuando me conviene, no soy un ciudadano cuándo me conviene, no soy humano cuándo me conviene, no tengo valores cuándo me conviene…soy o nunca fui ni me acerqué.
¿Qué diferencia hay entre no rendirse estrangulado y no hacerlo lavando platos tras una jornada de doce horas? Absolutamente ninguna, créanme, no existe diferencia, en ambas situaciones queres abandonar, dejarte ir; lo complicado es afrontar la debilidad y crecer, hacerte fuerte desde ella, hacer pata ancha y guapearle a la vida. El Judo no empieza ni termina en el tatami, soy fuerte en el Dojo y por lo tanto afuera; soy un judoka cuando me levanto para romper el dogal que férreo me estrangula y al lavar platos para poder llegar a fin de mes que es otro tipo de necesidad; la mala, la que no tiene dignidad a menos que se la pongas.
Estudiando Judo aprendí cosas y las uso. Entrenando evolucione, me fortalecí y expandí mis límites bajo la atenta supervisión de los Senseis, no sería un judoka si evitase esforzarme, estrangulado, internado en Psiquiatría o lavando platos y como pretendo serlo, judoka y uno valorado especialmente, me esfuerzo y busco mis límites para cruzarlos e imponerme otros. Valorado por quienes me tienen con ellos aprendiendo Judo como alguien que posee un plus que le hace especial y por aquellas personas con las que interactuó en la Vida, esa terrible jugadora.

domingo, 3 de junio de 2018

¿Qué expectativas puede haber tras más de treinta años aprendiendo Judo?



Cada uno acarrea sus circunstancias y estas nos son propias; con ellas llegamos al Dojo y nos subimos al tatami. Con el paso del tiempo cambian, las circunstancias y nosotros, pero el Judo permanece firme para darnos soluciones. El que todavía no conoces ni intuís y el que te hayas preocupado y/o ocupado de tener; buenos cimientos permiten excelentes construcciones que desafiaran cualquier prejuicio anterior; los Senseis saben lo que hacen y fijan en nosotros cosas que pueden dormir hasta que sean necesarias y afloren buscando la luz, dejándote asombrado, completamente maravillado de que seas capaz de ejecutar ese movimiento o aquel…o de que consigas mantener a raya a tus demonios y sigas de pie, porfiándole a la vida que se ceba buscando proyectarte y que sea Ippon. Para ella claro está. Incluso puede que todo eso…y más.
Desde una manta convertida en toldo, pasando por una tapera, una cabaña, una casa, un edificio bajo o un majestuoso rascacielos; sea lo que sea que hayas conseguido construir será solido solo si la base lo es; será tan imponente, tan hermoso como lo permitan esos cimientos. No hay Judo sin saber caer muy bien; no hay Judo sin disciplina, no hay Judo sin puntualidad; no hay Judo sin entrega; no hay Judo sin un largo etcétera. No hay Judo sin años de dedicación y estudio. No hay Judo sin trabajar en las mesas, arbitrar, competir y enseñar a otros el Nague No Kata como para que se les felicite tras su examen; eso para empezar.
Aprendes que no hay que dar por perdido un combate, jamás y bajo ninguna razón hasta que el arbitro lo da por terminado o el Sensei indica el fin. Aprendes que hay que seguir y seguir; intentar y volver a intentar proyectar al compañero sin que el cansancio o las dudas que te constriñen sean un lastre. Enseñanza que se convierte en código, en parte de tu naturaleza, en ley junto con tantas otras que te van moldeando, forjándote templado por el sudor que le regalas a tu Judogui; haciéndote inmune al calor del verano, al frio del invierno, a las gripes y resfríos, a los dolores de las lesiones, al dolor derivado de estar vivo; al ego, al orgullo indebido, a las ganas de abandonar, al temor a fracasar…a lo que cada uno de ustedes quiera agregar.
Sabes que tenes un poder, uno palpable, tangible, pero hasta que despertas en el ala de psiquiatría de un hospital con el cerebro frito por las drogas que intentan salvarte la poca cordura que te queda, no intuís el poder que no se puede medir, que es intangible pero que te llena y ha dormitado todos esos años, creciendo agazapado para cuando la vida te proyectase sin piedad.
Destrozado, convertido en un guiñapo, mera sombra de un humano te mostras respetuoso, educado, cortes y obediente. Obediente y realista a pesar de la nube toxica que te entorpece la mente y conseguís que te respeten todas las enfermeras, que te mimen con especial cuidado; y conseguís que las psiquiatras jefas te den piola arropado por la familia corta y la grande, los amigos que invaden el hospital a cualquier hora, preocupados. Te dicen que se acabo el Judo, no podrás coordinar, con suerte algo de natación, eso te dicen y en eso no obedeces, no obedecí y volví al tatami, a esas alturas entendí que yo hago Judo siempre, a todas horas.
El periplo ha insumido algo así como ocho años. He llorado, he maldecido, he sufrido y he perseverado superando mis limitaciones de todo tipo, tamaño y color. Hace tiempo que conseguí que me sacaran toda la medicación a cambio de ir a Judo, voy a controles periódicos con mi Psiquiatra que me mira como el bichito raro que soy, como el bicho que siempre he sido. Para ella, y me lo recuerda en cada visita, el objetivo vital mío esta conseguido: evitar recaídas y ser internado. Sin darme el lujo de olvidarlo persigo otros igual de quiméricos, como terminar de escribir, de reescribir a Denisse y publicarla, seguir mejorando mis escasas técnicas de Judo, bajar algo de peso, ponerme un poquito más fuerte para no ser un dinosaurio panzón y no empeorar mi salud con sobrepeso y sus complicaciones; estirando todo lo que pueda la practica activa del Judo que hoy por hoy es mi medicación. Escribo en este blog, trabajo si eso puede llamarse trabajar; rio o lloro según me de y trato de disfrutar de estar vivo, de seguir vivo y pongámosle que relativamente cuerdo. Trato de no defraudar a quienes me soportan y de honrar a los Senseis en todo momento.
Podría haberme dejado llevar, podría. Preferí el camino escarpado, el duro, el que requería entrega, compromiso, dedicación y hoy, cuando un compañero de Judo descubre que soy Bipolar y el Sensei le cuenta de los músculos agarrotados, del dolor, de las náuseas, del vértigo y en su carita joven crece la admiración y el respeto, me asomo a esas bases firmes que podrían ser mejores, sin ninguna duda pero que no se resquebrajan a pesar de sus deficiencias…parece que el tiempo las fortalece ensanchándolos, haciéndoles ganar profundidad; lastima lo pobre de la casita que he construido.
Bases que me han permitido esta semana hacer una técnica explicada por el Sensei entrando de rodillas, cosa que hará veinte años o más que no intento en una variante completamente nueva que me gusta mucho y me propongo incorporar a mi arsenal de ataque. Si, sigo sumando técnicas, agarres, combinaciones, encadenamientos; traspirando a mares pues mis circunstancias han cambiado, mi cuerpo ha cambiado y este es el shiai definitivo, los demás combates, solo fueron el prefacio de este dónde no puedo ganar, pero tengo que sacar un empate, mantenerme estable y fuera del ala de psiquiatría del hospital.
Poder seguir eutímico, así le llaman y mientras tanto entrar Ippon Seoi Nague por el lado de la manga, colándome de rodillas es indescriptible; levantarme cada día y tras unos segundos de horror donde efectuó un escaneo mental hasta constatar que sigo siendo consciente de mis actos para salir de la cama dispuesto a mantener la lucha sin dar concesiones ni pedir cuartel con el desparpajo propio de un demente me debe pintar de un solo trazo. Lo mismo que porfiar sobre el tatami como si no supiera rendirme, que se perfectamente y entrenando como si mañana fuese a competir que no esta en los planes a corto plazo, a corto no, a medio y largo sí. Competir es parte del entrenamiento, ni el principio ni el fin, una parte del entrenamiento y por lo tanto me propongo entrenar.
Hasta expirar será sin piedad, a todo o nada donde las expectativas escasean en todos los ámbitos menos en el Dojo, sobre el tatami, en él, seguiré disfrutando, sorprendiéndome, aprendiendo, mejorando; perdiendo velocidad y fuerza que supliré con técnicas; hay tanto que aprender, tanto que mejorar que no me alcanzara lo que me quede de vida para abarcarlo todo, saberlo no implica que no deba esforzarme cada día en conseguir avanzar pues al final soy mi adversario y es a él a quien debo someter sin olvidar nunca que el objetivo último es ser mejor persona cada día, incluso más importante que mantenerme eutímico.