domingo, 9 de octubre de 2016

Randori y Shiai.


Hay que distinguir entre ambos, no son lo mismo. Actualmente es fácil que se confunda, decimos que hacemos Randori y es Shiai. Y para algunos Shiai es competir y eso es inexacto, se puede hacer Shiai en la clase, se debe en realidad.                                                                                                                   
El Randori es un estudio libre que se hace con un compañero y donde ambos, permiten al otro que trabaje sin oponer la máxima resistencia. Tanto que nos puede pedir determinado Kumi Kata (Agarre o agarres), que le ataquemos con determinada técnica o combinación, cuando va o viene o que recurramos a una combinación de varias de estas situaciones y que trabajemos desde estas para que él pueda encontrar soluciones efectivas cuando se las encuentra o para evolucionar y que no le cueste tanto conseguir hacernos sus entradas o llegar a un Ippon.
El Randori puede parecer Shiai pero no lo es; Shiai es combate. Puro combate y no nos dejamos mas allá de la cortesía que le tenemos a nuestros compañeros jóvenes, menos experimentados o ya veteranos; a todos ellos les dejamos un margen para que puedan trabajar y seguir evolucionando sin imponerles nuestra juventud, experiencia, estado físico o capacidad técnica. Si el compañero tiene paridad con nosotros en todos los apartados y está en igualdad; se puede usar todo lo que sepamos, podamos y nos deje; seremos corteses, empáticos y respetuosos pero buscaremos sacarlo de Ippon. Le haremos tantos como podamos y él nos imitara. Es válido para Ne Waza o Tachi Waza.
El jueves próximo pasado hice Randori con un compañero que amablemente bajo a un 40 % de sus capacidades para permitirme a mí, que iba al 150 % y a punto de derretir los cojinetes, de que saltaran las bielas o reventara la tapa de cilindros; trabajar. Caí, me levante, caí, me levante; cambie de agarres, de guardia, de posición sin perder de vista una sola cosa: lo que sea que atacase tenía que ser un poema, la única manera de que su cortesía y amabilidad se vieran recompensada en su justa medida; de querer, él prendía el compresor y los dos turbos y me dejaba destrozado en medio minuto. Entrena en doble sesión diaria, está en plena etapa de competidor, ha bajado de peso para sentirse más cómodo y estar más ágil, es verdaderamente temible en sus habilidades y un excelente Judoka; estaba trabajando aprovechando que le proponía un agarre cruzado, yo de zurdo y como dije: permitiéndome trabajar.
De mi arsenal descarte todo lo que requería velocidad o cargarlo; me decante por Tani Otoshi, me ha dado resultado con gente fuerte, grande, hábil con la que mis otras técnicas no funcionan y al estar contrastada en tantos lances, le tengo esa fe ciega que te da un plus, algo extra que facilita que salga y estaría a la altura del desafío, le gustaría descubrirse en el tatami por esa técnica. Trabaje hasta tener el agarre y cuando lo conseguí, entre a tumba abierta, proyectar o ser proyectado, a todo o nada, sin dudas, sin miedo, sin  pararme a pensar en los riesgos que asumía; solo enfoque toda mi energía en esa entrada que debía ser perfecta o no saldría. En el instante que mis muñecas dieron luz verde, lo tenía en un paso previo al instante que era el adecuado, ejecute la entrada a fondo, sorprendiéndole; reacciono y era tarde, mi planta del pie izquierdo le trabo el tobillo izquierdo que retrasaba para buscar equilibrio, era el colofón, remate técnico que en su día Sensei Firpo me enseñara que redondeaba la acción haciéndola cuasi perfecta, mis 91 kilos estaban colgados de él, no estaba equilibrado y yo mandaba, el vacío a sus espaldas le llamo y aterrizo sobre el tatami. Ippon.
Sonriendo me felicito, nos levantamos y seguimos; volví a caer y levantarme, caer y levantarme; se termino sin que tuviese otra oportunidad ocupado en respirar, en ignorar los brazos acalambrados y en combatir el cansancio atroz que me invadía; ajeno a todo lo que no fuese ese Randori.                                                                 
Todos en la clase saben lo difícil que es sorprenderle y que no es habitual verle caer proyectado e imagino que todos saben que lo voy a intentar con honestidad y mantuvieron un ojo en nosotros, expectantes por lo que pudiera ocurrir.
Ojos jóvenes que miran a una pareja despareja formada por un joven que ya destaca y un veterano que no se resigna a aceptar que la edad pesa lo suyo, que sin velocidad hay poco que hacer y apuesta a la técnica, a la experiencia, a una estrategia impensada y una táctica suicida: no le rehuye, va a buscarlo; todo lo contrario a lo que proponen ellos con ese compañero. Ojos jóvenes que ven como cae el veterano y se levanta con una sonrisa, disfrutando del privilegio de tener a un compañero que le permite trabajar; les ven trabajando concentrados, ajenos a todo lo que no sea ese universo de amagues, engaños, combinaciones, ataques,  caídas y de levantarse con predisposición de seguir; disfrutando de poder hacer Judo y de estar maquinando un ataque que intuyen por parte del veterano y que no quieren perderse.
Ven la entrada, ven la reacción del joven que por un instante parece que parara el ataque, se pierden el detalle que lo define todo, ven  caer al joven, les ven sonreír a ambos, levantarse y seguir; no lo saben ni siquiera lo imaginan, llegara el día en que ellos sean el veterano como yo jamás imagine que un día sería el veterano y que tantos ojos estarían pendientes de mis movimientos.
Y fue posible porque era Randori y no Shiai.


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