domingo, 3 de junio de 2018

¿Qué expectativas puede haber tras más de treinta años aprendiendo Judo?



Cada uno acarrea sus circunstancias y estas nos son propias; con ellas llegamos al Dojo y nos subimos al tatami. Con el paso del tiempo cambian, las circunstancias y nosotros, pero el Judo permanece firme para darnos soluciones. El que todavía no conoces ni intuís y el que te hayas preocupado y/o ocupado de tener; buenos cimientos permiten excelentes construcciones que desafiaran cualquier prejuicio anterior; los Senseis saben lo que hacen y fijan en nosotros cosas que pueden dormir hasta que sean necesarias y afloren buscando la luz, dejándote asombrado, completamente maravillado de que seas capaz de ejecutar ese movimiento o aquel…o de que consigas mantener a raya a tus demonios y sigas de pie, porfiándole a la vida que se ceba buscando proyectarte y que sea Ippon. Para ella claro está. Incluso puede que todo eso…y más.
Desde una manta convertida en toldo, pasando por una tapera, una cabaña, una casa, un edificio bajo o un majestuoso rascacielos; sea lo que sea que hayas conseguido construir será solido solo si la base lo es; será tan imponente, tan hermoso como lo permitan esos cimientos. No hay Judo sin saber caer muy bien; no hay Judo sin disciplina, no hay Judo sin puntualidad; no hay Judo sin entrega; no hay Judo sin un largo etcétera. No hay Judo sin años de dedicación y estudio. No hay Judo sin trabajar en las mesas, arbitrar, competir y enseñar a otros el Nague No Kata como para que se les felicite tras su examen; eso para empezar.
Aprendes que no hay que dar por perdido un combate, jamás y bajo ninguna razón hasta que el arbitro lo da por terminado o el Sensei indica el fin. Aprendes que hay que seguir y seguir; intentar y volver a intentar proyectar al compañero sin que el cansancio o las dudas que te constriñen sean un lastre. Enseñanza que se convierte en código, en parte de tu naturaleza, en ley junto con tantas otras que te van moldeando, forjándote templado por el sudor que le regalas a tu Judogui; haciéndote inmune al calor del verano, al frio del invierno, a las gripes y resfríos, a los dolores de las lesiones, al dolor derivado de estar vivo; al ego, al orgullo indebido, a las ganas de abandonar, al temor a fracasar…a lo que cada uno de ustedes quiera agregar.
Sabes que tenes un poder, uno palpable, tangible, pero hasta que despertas en el ala de psiquiatría de un hospital con el cerebro frito por las drogas que intentan salvarte la poca cordura que te queda, no intuís el poder que no se puede medir, que es intangible pero que te llena y ha dormitado todos esos años, creciendo agazapado para cuando la vida te proyectase sin piedad.
Destrozado, convertido en un guiñapo, mera sombra de un humano te mostras respetuoso, educado, cortes y obediente. Obediente y realista a pesar de la nube toxica que te entorpece la mente y conseguís que te respeten todas las enfermeras, que te mimen con especial cuidado; y conseguís que las psiquiatras jefas te den piola arropado por la familia corta y la grande, los amigos que invaden el hospital a cualquier hora, preocupados. Te dicen que se acabo el Judo, no podrás coordinar, con suerte algo de natación, eso te dicen y en eso no obedeces, no obedecí y volví al tatami, a esas alturas entendí que yo hago Judo siempre, a todas horas.
El periplo ha insumido algo así como ocho años. He llorado, he maldecido, he sufrido y he perseverado superando mis limitaciones de todo tipo, tamaño y color. Hace tiempo que conseguí que me sacaran toda la medicación a cambio de ir a Judo, voy a controles periódicos con mi Psiquiatra que me mira como el bichito raro que soy, como el bicho que siempre he sido. Para ella, y me lo recuerda en cada visita, el objetivo vital mío esta conseguido: evitar recaídas y ser internado. Sin darme el lujo de olvidarlo persigo otros igual de quiméricos, como terminar de escribir, de reescribir a Denisse y publicarla, seguir mejorando mis escasas técnicas de Judo, bajar algo de peso, ponerme un poquito más fuerte para no ser un dinosaurio panzón y no empeorar mi salud con sobrepeso y sus complicaciones; estirando todo lo que pueda la practica activa del Judo que hoy por hoy es mi medicación. Escribo en este blog, trabajo si eso puede llamarse trabajar; rio o lloro según me de y trato de disfrutar de estar vivo, de seguir vivo y pongámosle que relativamente cuerdo. Trato de no defraudar a quienes me soportan y de honrar a los Senseis en todo momento.
Podría haberme dejado llevar, podría. Preferí el camino escarpado, el duro, el que requería entrega, compromiso, dedicación y hoy, cuando un compañero de Judo descubre que soy Bipolar y el Sensei le cuenta de los músculos agarrotados, del dolor, de las náuseas, del vértigo y en su carita joven crece la admiración y el respeto, me asomo a esas bases firmes que podrían ser mejores, sin ninguna duda pero que no se resquebrajan a pesar de sus deficiencias…parece que el tiempo las fortalece ensanchándolos, haciéndoles ganar profundidad; lastima lo pobre de la casita que he construido.
Bases que me han permitido esta semana hacer una técnica explicada por el Sensei entrando de rodillas, cosa que hará veinte años o más que no intento en una variante completamente nueva que me gusta mucho y me propongo incorporar a mi arsenal de ataque. Si, sigo sumando técnicas, agarres, combinaciones, encadenamientos; traspirando a mares pues mis circunstancias han cambiado, mi cuerpo ha cambiado y este es el shiai definitivo, los demás combates, solo fueron el prefacio de este dónde no puedo ganar, pero tengo que sacar un empate, mantenerme estable y fuera del ala de psiquiatría del hospital.
Poder seguir eutímico, así le llaman y mientras tanto entrar Ippon Seoi Nague por el lado de la manga, colándome de rodillas es indescriptible; levantarme cada día y tras unos segundos de horror donde efectuó un escaneo mental hasta constatar que sigo siendo consciente de mis actos para salir de la cama dispuesto a mantener la lucha sin dar concesiones ni pedir cuartel con el desparpajo propio de un demente me debe pintar de un solo trazo. Lo mismo que porfiar sobre el tatami como si no supiera rendirme, que se perfectamente y entrenando como si mañana fuese a competir que no esta en los planes a corto plazo, a corto no, a medio y largo sí. Competir es parte del entrenamiento, ni el principio ni el fin, una parte del entrenamiento y por lo tanto me propongo entrenar.
Hasta expirar será sin piedad, a todo o nada donde las expectativas escasean en todos los ámbitos menos en el Dojo, sobre el tatami, en él, seguiré disfrutando, sorprendiéndome, aprendiendo, mejorando; perdiendo velocidad y fuerza que supliré con técnicas; hay tanto que aprender, tanto que mejorar que no me alcanzara lo que me quede de vida para abarcarlo todo, saberlo no implica que no deba esforzarme cada día en conseguir avanzar pues al final soy mi adversario y es a él a quien debo someter sin olvidar nunca que el objetivo último es ser mejor persona cada día, incluso más importante que mantenerme eutímico. 


sábado, 19 de mayo de 2018

Ni siquiera querrás intentarlo.


Hay algo o puede que sea una suma de factores, en un Dojo que enganchan a quiénes tienen el privilegio de llegar a uno e ir cierto tiempo. No se de cuanto tiempo hablamos, pero es así; todos tratan de volver si por las razones que sean han dejado de ir a un Dojo y buscan uno para ir y disfrutar de lo que en un Dojo se recibe en cantidades industriales con una calidad máxima si no pueden volver al que les engancho.                                                                     

En un Dojo encontrarás un Sensei, eso como mínimo, pueden ser más de uno y si todo acompaña, habrá estudiantes con muchos años en sus Judoguis, les llamamos Sempai o simplemente “Veteranos”. El abanico de aprendices va desde los que llevan poco tiempo a los que han estado sobre el tatami durante años, tendrán diferente capacidad técnica, física, espiritual y emocional; serán diferentes de miles de maneras pero cada uno a su nivel se volcara a colaborar con los demás para que todo el grupo crezca, evolucione; cuidará y protegerá al débil, al que sabe menos, al que acaba de desembarcar en el estudio y práctica del Judo, al lesionado y al veterano que ya no puede seguir el ritmo físico de los jóvenes pero aun así se pega unas palizas notables.                                                                                                                     

Eso lo notaras la primera clase, no se te escapa. Todos trabajan, cada uno en la medida de sus posibilidades que están muy por encima de ti que acabas de llegar y pensas que eso no lo harás ni en mil años al verlas caídas, las entradas o a dos Judokas salir volando a una velocidad endiablada, uno cae sobre el otro, ambos se levantan cual gatos y se vuelven a agarrar dispuestos a cambiar los protagonistas.                        
Si ni siquiera aguantas el calentamiento.

Se respira respeto, consideración, cortesía; se trabaja en una cultura del esfuerzo notable, todos obedecen al Sensei con voluntad y no hay quejas, pero encima hacen bromas, sudan a mares y bromean lo que te hace preguntarte qué clase de locos son.
Con algo de tiempo querrás parecerte a ellos y después serás uno de esos locos.

La calidad humana en los Dojos es superlativa, no hay nada parecido afuera o yo no he sabido buscar suficientemente bien. El Sensei es un padre y/o un abuelo que cuida de todos con mimo exquisito limando lo que hay que limar, potenciando lo que se debe potenciar, atemperando, guiando, derrochando paciencia, cocimientos, filosofía, consejos…retando cuando amerita y consiguiendo que todo ruede como debe.

Nada de gritos, reclamaciones, salidas de tono…la paz y la tranquilidad imperan, los silencios ausentes de palabras están cargados de respiraciones forzadas, ruido de pies que acarician el tatami, de espaldas que lo castigan, de gotas de sudor que caen y si hay suerte: de algún Kiai o las risas cómplices de dos locos que medio muertos, bañados de sudor se ríen levantándose tras una caída que les ha hecho volar alto, enganchados cual águilas y caer con un ruido estremecedor, como si fuese posible disfrutar de algo semejante si bien ellos acaban de demostrarte que sí, que se puede.    

Dojo: lugar donde se enseña el camino o Do. Sin este, sin Do no hay nada. Cero absoluto y Do es muchas cosas, algunas que escribí y otras.                                                                           
Do es que tus compañeros te mimen y traten de que no lo notes. Do es ser puntual, limpio, honesto, responsable, empático, cortés, valiente, sacrificado, humano. Do es ponerte con quien te supera sistemáticamente y al cabo de los años conseguís proyectarlo limpiamente y al levantarse notas que volves a no poder ni moverlo. En su cara campeara una sonrisa ladina, seguís el Do, llegaras a superarle y deberás cuidarle cuando eso pase; a esas alturas no tienen ni que decírtelo, sobran explicaciones.       

En un Dojo el tiempo es una variable que no preocupa a nadie. Las cosas llegan cuando tienen que llegar y pasan por la dedicación con la que entrenes, te impliques y tus condiciones innatas más las adquiridas. No hay envidia, fulanito avanza más rápido y no pasa nada; a menganito le exigen menos y nadie dice nada.                                                 

El Do es llegar temprano, ducharse antes de la clase, que el Judogui este limpio. Do es entrenar con honestidad y facilitar que los compañeros puedan esforzarse. Do es procurar ser un Uke de calidad, de inmejorable calidad.

El Dojo engancha, te atrapa, te abraza cálidamente sin promesas fatuas, solo la certeza de que si te esforzas al máximo, recorrerás el camino siguiendo tu ritmo, pero solo si la entrega es honesta y continuada en el tiempo funciona; y nadie, absolutamente nadie puede recorrer el camino por ti. El Do es personal, de cada uno si bien es común a todos los que visitan asiduamente un Dojo pues el egoísmo está desterrado de todos y cada uno; no hay Do posible si existe egoísmo, ego, orgullo, vanidad, falta de compañerismo o de compromiso. No hay Do sin responsabilidad. No hay Do sin compañeros.

No hay Do sin Dojo y jamás entenderás ni comprenderás de que escribo sin ser asiduo habitante de uno, aunque haya intentado explicarlo, me quede corto pues no puedo plasmar las sensaciones, la percepción…lo que se siente en un Dojo.
Pero tene mucho cuidado, el Dojo engancha y una ves en sus redes, si te abraza, no escaparas a dicho abrazo. Ni siquiera querrás intentarlo, encima llevaras a tus hijos al Dojo e invitaras a tus amigos a visitarlo. Un Dojo es algo serio, tiene magia, poder, misterio y siempre estará esperándote con las puertas abiertas consciente de que llega un punto en el que le necesitas tanto como él te necesita a ti.



lunes, 30 de abril de 2018

Hay que seguir trabajando.


Fueron tres Shiai; perdí dos, gané uno. En líneas generales me sentí mejor de lo que pensaba, creía que iba a sufrir bastante más; la falta de estado físico penaliza mucho junto a la edad, todos eran menores de treinta años y uno no llegaba a los veinticinco; aunque al final no fue nada, el trabajo, aunque sea a mínimos alcanza, para aun sofocándome, plantar cara. Hace mucho competía, queda un pozo de entonces; las carencias son evidentes, aunque algo ha quedado bien afianzado, tanto como para permitirme entrar a un shiai sin complejos, enfocado en conseguir un Ippon, único objetivo honorable. Un anacronismo…como probablemente lo sea yo a estas alturas.
Cometí errores. Varios. Uno de principiante al confundir el mate del tatami dos con el de mi tatami que derivó en la pérdida de un shiai que no iba mal del todo, el tercero.                   

El primero me sacó limpiamente pero antes lo llevé a la esquina y tuve una posibilidad de ataque que no salió bien; vi lo que debía hacer, mi mente funcionó; eso lo hemos trabajado durante años; no así los reflejos ni mi cuerpo.                                                                                                             
Es en el segundo que me desenvolví mejor y conseguí ganar por dos wazari; no se si fueron Harai Goshi o Tani Otoshi o una mezcla de estas u otra; entre ambos me dieron entre cuatro y cinco mates habiendo conseguido proyectarle claramente, varios podrían haber sido hasta Ippon, pero no me los dieron. El primer wazari fue Ippon y no seguí el suelo convencido, fue un error pues el árbitro dio wazari y fue a partir de ahí, en ese lapso de tiempo donde actué como jamás antes lo había conseguido: seguí intentándolo sin decaer, sin permitirme el lujo de enojarme o descentrarme, trabajé como si nada hubiese pasado; ajeno a cualquier emoción; inmune a mi temperamento y carácter tan díscolos. Perseguí el Ippon con fanatismo demencial porque eso es lo que se debe hacer. Le penalizaron al salir constantemente del área de competición, por fin, pero no especule, ganaba, iba por delante, podría haber jugado con esa ventaja y ni siquiera lo contemple, seguí arriesgando hasta que conseguí otro wazari; conseguí que el Sensei sonriera viéndome intentando hacer Judo, buscando ser un judoka; persiguiendo las sendas de la superación o que deberían llevarnos a superarnos. Sabe mejor que nadie lo justo que voy de motor y sabe como todos los Senseis que me han arropado que voy a ser consecuente con la manera de entender al Judo y lo que implica ser un judoka o intentarlo honestamente.
Hay que seguir trabajando. Debo hacer más shiai, probablemente sea necesario participar en los campeonatos de veteranos y por supuesto: entrenar más seriamente. Evidentemente no hay razón alguna para hacerlo, no que puedan entender quienes no han estudiado Judo nunca; para este campeonato baje unos kilitos y entre en menos de 90; para los próximos será en menos de 81; cuestión de salud, de estar más ágil y de recuperar velocidad. Claro que si se da la oportunidad me meteré en una libre de peso, por aquello de despreciar los kilos, en los orígenes del Judo no había categorías por pesos; o me planteare entrar en una liga por equipos donde se puede jugar con las categorías de peso libremente. Necesito prolongar la práctica activa del Judo todo el tiempo que sea posible, cuando el Judo no me sirva de terapia deberé volver a la medicación; motivación suficiente y sobrada para encarar el sacrificio que conlleva buscar una mejora física a estas alturas, la parte técnica jamás me ha supuesto un problema, si requiere esfuerzo lo hago sin costes.

Anécdotas: A- I.R arbitraba, fuimos compañeros 12 o 13 años, no pudo verme competir, pero dice que me escuchaba. Nadie usa el Kiai excepto un servidor. Se vieron risas burlonas entre los potros jóvenes y gestos serios, aprobadores en aquellos que entienden de qué se trata.

B- R.B nos había dicho que nada de inventos; había que asegurar y a mi en particular me dijo que resolviera antes de los dos minutos, la mitad del combate, o sucumbiría ante el déficit físico. Procure seguir su consejo y todos los shiai terminaron antes del minuto tres. Cuando hacemos randori el muy guacho me desgasta durante un minuto o así y después se dedica a jugar conmigo.

C- Me encontré con muchos conocidos y algún amigo; fue por medio de uno de estos que el Sensei Ori me hizo llegar sus saludos y buenos deseos desde Filipinas que es donde está trabajando actualmente, lo hacía en su Japón natal. Una clase y una cena fue todo lo que compartí con el Sensei; me sorprende que se acuerde y pregunte por mi tanto como me sorprendió que preguntase en su día quienes me habían enseñado Judo, de donde venía, cuales eran mis orígenes en Judo. Tal vez no debería sorprenderme, tal vez debería tener más fe en Erlich y compañía; pero ellos eran y son buenos Judokas, han formado a muchos Judokas y yo solo intento ser un Judoka aceptable y jamás estoy conforme ni con el nivel técnico ni con los conocimientos, soy consciente de que me falta mucho y de que debería trabajar más en llenar los huecos, las lagunas que atesoro; no me permito creer que soy mejor de lo que la realidad descarnada dice; el ego es una venda que te encadena, procuro no dejarme atrapar en sus redes.

P.D: Betito querido: Gracias viejo. Escribo de Judo, pero efectivamente, nos hicimos veteranos y cada uno lo afronta en su actividad preferida. Supongo que a vos te pasa con el surf y puede que con el fútbol; siempre pienso en el Gallo tirándose al agua a salvar a algún pelotudo o jugándosela por algún niño despistado, en él más que en otros, no es changa ser salvavidas conforme te pasan por encima los años. De cualquier manera, vos guapeas desde hace eones, aquel tropezón fue duro, lo superaste y ahí estás, bregando sin aflojarle. Seguramente te seguirías yendo de mi marca y con facilidad; seguramente no aceptarías jugar en el cuadro de enfrente al mío por lo pesado que puedo ser a pesar de mis limitaciones. Hacías calentar y reír a todo el guachaje afirmando serio que conmigo o no jugabas. En eso nos parecemos: no aceptamos que nuestras limitaciones nos lastren, vivimos con ellas y nos superamos cada día. Te dejo un abrazo inmenso.

sábado, 28 de abril de 2018

Mañana entreno.


Con el paso de los años poder ir a Judo se hace complicado. Trabajo, familia, la perdida de facultades, lesiones mal curadas y el paso inexorable del tiempo que desconoce la piedad y no da cuartel se conjugan para que abandonemos; y cuando nos animamos, tras ponernos el Judogui descubrimos horrorizados en el calentamiento que no somos capaces de seguir el ritmo, ninguno; para cuando empieza lo divertido ya somos conscientes de que ha sido un error pretender volver a entrenar, retomar el estudio del Judo. Nuestra cabeza va y bien, el cuerpo se lamenta y no llegamos a nada, todo nos sale torcido al parecer gracias a un desface entre lo que la mente ve y pide y el cuerpo se digna a ejecutar y para colmo no entra suficiente oxígeno en los pulmones.             

Mil razones, cientos de obstáculos se interponen entre la clase de Judo y los que pasan de treinta años, cada día se ven menos veteranos en los tatamis, en los Dojos y a lo escrito se le suma que los jóvenes no cuidan debidamente a los que por edad ya no están en sus mejores condiciones físicas y madrugan para ir a trabajar por lo que tras unas cuantas caídas de las que pican a cualquier edad se dejan el estudio del Judo.                             

Personalmente creo que también pesa mucho el orientar todo a la competición, al retirarse pierden la motivación, creen que han cumplido pues les han enseñado que la competición lo es todo; nunca los prepararon para ser ejemplo de los que recién desembarcan, para transmitirles la sapiencia adquirida tras años de sudar Judoguis y fajarse en campeonatos que también enseña muchas cosas que de otra manera no sé adquieren; siempre se nota quien ha competido, su Judo tiene otra dimensión; eso implica que los jóvenes se pierdan un componente importante, un aditivo que solo dan aquellos que llevan muchos años estudiando al Judo. Yo tuve a Alfredo Melera y Jauja entre otros además del aporte de los Senseis que por si solos no pueden hacerte asomar a lo que se siente entrenando con gente que tiene una dilatada experiencia en el estudio del Judo.

No soy ninguna excepción. Sorteo obstáculos y a mi naturaleza, el vago que llevo adentro siempre tiene excusas, millones; pero el judoka que intento ser prevalece, se impone rotundo y encara ir a la clase e intenta seguirla, aguantarla, aportando como mínimo el pundonor de la entrega. Pasado de peso, desentrenado, lento y sin frescura; a estas alturas es un asunto médico, es la terapia con la combato mi enfermedad y los sinsabores de la vida, pero es algo mucho más profundo y denso o mañana no iría a competir. Si, mañana entreno, compito en un campeonato donde no se espera que vayan quienes destacan y podemos entrar quienes queramos y nos animemos.               

El simple hecho de inscribirse es Ippon. Saludar al tatami y subir dispuesto a hacer Shiai ya es Ippon. Salga como salga, pase lo que pase, ya es Ippon.
No importa que el reglamento haya cambiado mil veces desde que deje de competir asiduamente y de arbitrar, no importa mi condición física, no importan los 48 eneros, nada importara mañana excepto ponerme bien el Judogui, atar el cinturón como le gustaría a Jigoro que todos se lo atasen, hacer un buen calentamiento y dar lo mejor de mí.
Es hoy cuando entiendo al Viejo Firpo, cabalmente, si dejas de entrenar seriamente, sino competís, dejas de esforzarte pues en la clase estas en zona de confort, tus compañeros te miman y cuidan con exquisitez, tratan de que no se note pero se les nota a los guachos; el Sensei se mantiene alerta para frenarte cuando ve que no hay manera de que aceptes que existe el freno y hay que usarlo; pero si salís de tu dojo las cosas cambian y no hay nada como unos buenos Shiai para saber dónde estás parado realmente. 

Lo dicho: mañana entreno. Y es domingo, podría hacer muchas cosas: sofá, dormir hasta las 16, ver tv, bobear en internet, escribir una entrada para este blog, seguir con la novela (Denisse se me resiste, llevo un año puliéndola y falta trabajo), leer o inventar hacer tortas fritas, pero no haré nada de eso, iré a entrenar.

¿Cuál es tu excusa para no entrenar? ¿Y para no competir? 


sábado, 24 de febrero de 2018

Rafa Firpo.: Compañerismo.

Rafa Firpo.: Compañerismo.: En una sociedad impersonal, vacía, amnésica, desquiciada y sin valores un tipo extraño, muy extraño se maneja con códigos, con valores y d...

Compañerismo.


En una sociedad impersonal, vacía, amnésica, desquiciada y sin valores un tipo extraño, muy extraño se maneja con códigos, con valores y demuestra con sus actos que es coherente. No un día ni dos, siempre. Para sus compañeros resulta una anomalía, por lo que dice, por como lo dice y por como trabaja, especialmente por esto último.
Rápidamente descubren que, si pegan el grito, el tipo reporta y se ofrece a dar una mano. Deja de comer y raudo se planta donde un compañero se hunde desbordado. Reporta a las 2105, hace horas que todos terminaron, él todavía tiene que llegar a su casa, pero entra un mensaje con retraso, no mira la hora del mismo y simplemente reporta dispuesto a dar una mano o las dos. Un compañero se queda sin coche y el tipo extraño lo pasa a buscar, arregla para que no se quede sin transporte y pueda llegar al trabajo. Un compañero se duerme en la camioneta y esta se queda sin batería, el tipo extraño va al rescate, pide unas pinzas prestadas de camino y lo saca del inmenso pozo negro en el que se había metido (La historia se repetirá y nadie se enteraría jamás). Vas a cubrir sus vacaciones y el mamarracho te entrega seis hojas a doble cara con la ruta desmenuzada, masticada y accesible, ningún otro compañero lo hizo ni hará. Si te clavan un sábado que tenías libre a ultimo momento, el tipo extraño que sabe que es por su culpa pues se ha negado a ir dado que no lo pagan, se presenta y mano a mano saca el trabajo contigo ignorando a jefes y encargados; él no deja a los compañeros tirados y no todos apostarían una mano a que con ellos se comportaría igual, el tipo extraño puede pasar por imbécil, si caes en esa trampa y te hace la cruz, no hay Dioses capaces de hacerle levantártela. No va de boquilla, no es postureo, es así; se maneja así.
A la misma velocidad descubren que es exigente, duro, insoportable, repetitivo y que le quieren cargando a su lado y a ser posible que tenga ruta cerca porque si las papas queman, tenerle a mano es garantía de ayuda y no es que destaque por su rapidez o capacidad, pero el tipo podría trabajar con mafiosos, sabe lo que es la Omerta y la práctica férreamente; lo que pactes con él, a quien ayuda o quien le ayuda, lo que sea, no se ventila, nace y muere con ese tipo extraño. Tiene empatía y si bien no parece que tenga una religión definida, practica la religión de cuidar a quienes trabajan a su lado; repite como un mantra que ha pasado por muchos trabajos y ha sido nuevo en demasiadas oportunidades como para olvidarlo y no haber aprendido que hoy es por ti y mañana será por mí pero nunca te lo recordara, favor mata favor, un favor no se cobra, se canjea por otro favor; no hace las cosas para recordarlas ni recordártelas, las hace porque le da la real gana y hasta en eso es un tipo extraño.                                                                                                                              
Intransigente, cabezón, nunca llorisquea y hace su trabajo por el que le respetan, puede que no sea consciente de lo que está haciendo, pero eso no quita un gramo de valor a los ojos de quienes si entienden en su justa medida lo que implica su jornada laboral. Es un tipo extraño hasta para eso, enojado, muy disgustado por las circunstancias laborales y la falta de compañerismo de algunos elementos llegara antes de hora y trabajara como un demonio, no importa el magro salario, la estupidez de los jefes, la apatía de los compañeros o la imposibilidad de la carga de trabajo que debe afrontar, simplemente cumple demostrando que tiene coraje y orgullo; todavía están buscando quien haga su ruta, hacen falta tres o dos trabajadores aunque la que fuera su jefa diga que no era tan bueno trabajando y el tipo extraño se recontra cague de la risa al enterarse.
Dice Stallone en Rocky que nadie golpea tan duro como la vida. Nadie. El tipo extraño lo sabe y no le importa, Ella puede fajarlo, pero no cambiara por mas golpes que le dé; cree en esos códigos, cree en esos valores e intenta ser fiel a  mismo. No pretende que todos le quieran, es una quimera, sabe que todos le respetan y ese es su desafío. El respeto se gana. Y la lealtad.  De eso sabe algo.                                                                                                                                                                                         
La Vida vuelve a darle duro, le mete dos manos de las que te derriban; entonces surge el compañerismo, inmenso, desproporcionado, increíble, fuera de cualquier escenario previsible como para hacerle menos pesado el mantener la vertical. El tipo extraño tiene el privilegio de tener en estos momentos trabajo porque un compañero madruga y alarga su jornada para hacer la cuota de trabajo que él no puede llevar a cabo. Si. Tal y como lo leen. Ese compañero de antaño es hoy su encargado, pero no olvida el pasado, como diría el tipo extraño: no se permite tamaña desgracia. Tanto es así que arregla con el dueño todo, lo ata bien atado y es gracias a esa acción que el tipo extraño tiene trabajo. El encargado no sobrecarga a nadie, se hace cargo en persona de cubrir al tipo extraño, cuestión de honor y una manera de pasar a ser un tipo extraño también; quizás contagiado, envenenado por ese compañero que le ha mostrado otra manera de entender el compañerismo y hacer frente a la vida.
En estos tiempos oscuros de individualismo acérrimo, el tipo extraño y su compañero se niegan a dejarse fagocitar por la vorágine en las que les toco vivir y ambos combaten a la oscuridad haciendo del compañerismo, de la amistad, del respeto, de la lealtad, de la memoria, de los códigos y valores el único culto al que vale la pena apostarlo todo como si aferrándose a estos, hacer frente a la vida resultase menos impreciso, menos volátil; quizás un poco más llevadero, soportable.   

jueves, 1 de febrero de 2018

Mi cafetería en Bétera.


Como mensajero, cuando me asignan una ruta, busco hasta encontrar un lugar acogedor adonde llegar y tener unos minutos de tranquilidad amen de un baño en buenas condiciones; así llegue a Mayda. Su dueño, Paco tiene esposa y dos hijos, trabaja como un león unas quince horas cada día para sacar algo que llevar a casa que sumado a lo que gana su esposa pueda llegar para sacar adelante a la familia. Son malos tiempos para conseguirlo; quince horas que no tienen el retorno que en buena ley deberían, lamentablemente no es un caso aislado, muchos no ganamos acorde a la carga de trabajo y las horas que pasamos desempeñándolo. No importa en calidad de que trabajas, no debería importar y no debería permitirse ni facilitarse, pero pasa y hay mucha gente inmersa en dicha situación.
Buena atención, excelente café, servicio y un baño donde no falta nunca el jabón, el papel o la limpieza; un baño donde lavarte los dientes es una opción real me llevaron a establecerla como parada diaria; hablar con Paco derivó en los grandes temas que nos preocupan y llegamos a los hijos, el gran tema para quienes tenemos prole y estamos viendo que las cosas lejos de mejorar parecen endurecerse. Nuestros hijos nos preocupan más que la corrupción, la inestabilidad y cualquier otro asunto.            
Su niña va de cine, su niño que tiene 16 falla en los estudios estructurales, los obligatorios, los formales; se le atragantan y ante esa circunstancia no le permiten ir a aprender Tae kwon Do que le encanta y donde evolucionaba satisfactoriamente. Me confiesa que no ha surtido efecto, su hijo quiere volver a Tae Kwon Do, pero las notas no suben por lo que no le dejan ir. Paco recalca que por lo demás su vástago va bien, muy bien. Hablando de este asunto recuerdo el trabajo que yo di y lo que costo que reaccionara; como recuerdo a quienes trabajaron duro para conseguir dicha reacción, profesoras, profesores y senseis.
Cuando le conocí percibí el trabajo de la familia: educado, mirada clara y frontal, un joven agradable. No disponía de mucho tiempo para hablar largo y tendido, pero saque en limpio que quiere volver a Tae Kwon Do y que le esta costando subir esas notas que se le resisten y manejar a ese profe insidioso que lo tiene enfilado al carecer de la ductilidad imprescindible cuándo se está frente a jóvenes que todavía no han encontrado su camino a los que hay que formar y ayudar a encontrarlo.                          
La estrategia a seguir es simple: tiene que pensar que es Tae Kwon Do y dedicarle la misma atención que a un Kion o a esas técnicas difíciles que requieren una entrega permanente hasta que salen, las que llevan años o toda una vida dominar. En el momento en el que cambie el enfoque le será fácil, lo difícil es hacérselo ver; tanto como les costo a aquellos a quienes les debo estar socializado e integrado a la sociedad.
Si. Pensa que el instituto, lo que aprendes ahí es Tae Kwon Do. Transfórmalo en Tae Kwon Do, estudia para el instituto como si tu Sensei fuese a evaluarte en cada asignatura, créeme, funciona; te sorprenderá constatar lo fácil que pasa a ser, un Kion cuesta más trabajo que sociales, mates o lengua y teniendo la disciplina necesaria para aprenderlo, te será fácil usarla para los estudios del instituto.                                                                                                                                                                        
¿Vas a darte por vencido? ¿Vas a darte el lujo de no volver a Tae Kwon Do por no esforzarte, por no darlo todo para conseguirlo? En Tae Kwon Do tendrías que hacerlo, esforzarte a muchos niveles y siéndolo, Tae Kwon Do, no te pesaría; lo harías encantado. ¿Por qué tiene que ser diferente?  Una de las razones de que tus viejos, tus padres, te llevaran a Tae Kwon Do es que adquirieses ciertas habilidades, herramientas que te facilitasen las cosas; los dos sabemos que no vas a aprender a dar mamporros; que también, que también pero nunca es el objetivo. Escúchales, nadie te aconsejara mejor que ellos, nadie.
No lo hagas por ellos, por mí, por nadie; hacelo por vos mismo y regálales una sonrisa a tus padres; hace que Paco este doblemente orgulloso; hace que la vieja este encantada y sentite orgulloso de hacer frente a tus flaquezas. El Sensei, tu Sensei, te quiere en la clase, vos queres volver; a tus viejos les gustaría que volvieses, pero para eso hay que alcanzar ciertas notas, regálatelo, subí las notas y volve.                                                                                                                                                     

seguí poniéndote excusas, escudándote en las dificultades que por otra parte siempre estarán presentes en tu vida; cuanto antes empieces a hacerles frente, mejor. O reconoce que no tenes tantas ganas de volver a Tae Kwon Do.   

domingo, 31 de diciembre de 2017

¡Mimemos a los Senseis!

Ser Sensei y llevar adelante un Dojo es una tarea que demanda horas y esfuerzo constante durante décadas y se empieza cuando se hacen cargo de la primera tanda de alumnos. Cuadrar las cuentas no es fácil; captar alumnos y conservarlos tampoco; algunos abandonaran y los que destaquen te serán arrebatados justo cuando empiecen a destacar en la fase competitiva. Muchos con condiciones para destacar se alejaran de la mano de una novia, de otro deporte, por una mudanza, por pura vaguería o por las vueltas de la vida.                                                            

Pensar las clases, hacerlas amenas, tener variedad para no aburrir a las nuevas generaciones que son propensas y siempre conseguir que sean eficaces en el apartado físico para ir fortaleciendo a los alumnos amén de meterles la carga técnica que posibilite un crecimiento continuado en ese apartado tampoco es moco de pavo. Robar horas de donde no quedan para ver videos que le mantengan al día y le den ideas para reforzar apartados técnicos de sus alumnos o reflotar aquellas técnicas que antaño se mostraban tan efectivas y se han ido estacionando a un costado, por su dificultad, por moda, tendencia o por la mala calidad del arbitraje que hace que quienes compiten dejen de lado aquello que no puntúa claramente tras realizarlo un par de veces y ver que el esfuerzo que requieren y los riesgos asumidos no compensan.
Ingentes cantidades de trabajo. Una notable carga de trabajo llevada a cabo con una convicción no menos notable. Monitores, Profesores y Senseis son quienes mantienen la llamita flameando; para llagar a Sensei hay que ser alumno, llegar a Sho Dan, convertirse en Monitor, pasar a ser Profesor y tras esa larga travesía traducida en años, pasar a ser Sensei, bastiones donde el Judo es acunado, mimado y trasmitido a quienes desembarcan en su estudio.

Hace tiempo que se que es así y hace años que decidí que la única manera que tenía de devolverles algo, una ínfima porción de lo que ellos me han regalado era no solo observar las reglas, cuidar la etiqueta, mimar a los jóvenes y trabajar sobre mis deficiencias; era encontrar lo que fuera que les proporcionar un retorno; tenía que haber algo más que yo pudiese dar, regalarles para honrarles a todos, los que ya no pueden tenerme en su Dojo ni verme estudiando Judo y a quien hoy es el Sensei que trabaja para que yo pueda mejorar, si eso es posible a tenor de mis limitaciones.

¿Se han fijado que son extremadamente serios? Lo son, saben que están moldeándonos, ayudan a nuestros padres a educarnos y es difícil sacarles una sonrisa, pero perfectamente posible. Así que decidí que buscaría hacerles sonreír, disfrutar de tenerme en su Dojo, sin importar lo que me falta, sin considerar lo que no se, hay algo que si puedo regalar: Entrega, entrega absoluta. 1-Tratar de no faltar salvo fuerza mayor. 2-Obligarle a pararme cuando ve que paso mis limites físicos que conoce perfectamente. 3-Trabajar duro sin serlo con quienes saben menos y ser exigente con quienes me pueden dar una paliza sin apretar. 4-Buscar Iponnes limpios, claros, preciosos con la pasión necesaria sin importar cuantas veces sea proyectado por arriesgar en su búsqueda. 5-No rendirme hasta que ya no me quede un gramo de energía por quemar e incluso entonces, lanzar algo parecido a un Kiai e intentar una salida más que me deja completamente desarbolado bajo el control de mi compañero o libre.                                                                                      
No es nada fácil pero no tiene que serlo, cada tanto lo consigo. El jueves sonrió ante un Harai Goshi espectacular por la derecha que fue Ippon; por inesperado, por el momento en el que ataque, por como llegue hasta la posición desde donde ataque, por mi Uke que no era ni es una papita, por ser un randori extra, fuera de la clase, ya se habían ido todos menos nosotros tres que seguíamos trabajando en pulir aquello que debe ser pulido.

Si tenerme en un Dojo hoy en día puede ser un aporte positivo, es por aquellos Senseis que trabajaron conmigo y para mí, nunca para ellos; sacarle una sonrisa al Sensei es honrarles. Intenten honrarles e intenten hacerles disfrutar, sonreír de verles practicando Judo, estudiándolo; ellos nos miman, mimémosles.

     

sábado, 30 de diciembre de 2017

El Arte de aprender Judo.

Todavía quedan testigos de cuando empecé a estudiar Judo, unos pocos me leen; y es a quienes se les puede preguntar quién era cuando pisé un tatami por primera vez. Que capacidades, lastres o condiciones atesoraba entonces y si pechan duro, pregunten si cumplí sus expectativas, si superé los limites evidentes que poseía y en que medida. Pregunten si esperan algo más, pregunten cuantas veces les deje pensando que haría falta trabajo, mucho por mi parte y por su parte y dosis extremas de paciencia… pregunten cuantas cosas les parezca; algo es seguro: nunca imaginaron que un día escribiría sobre lo que pienso y siento del Judo. Eso ha sido una sorpresa para todos, me incluyo.
Y otra cosa es cierta: no tenia el arte de aprender Judo y no arrancaba con ventajas físicas, emocionales, espirituales o de otra índole. Probablemente ser hijo del Viejo Firpo era mas lastre que otra cosa; si bien a la larga significo que el Sensei Marcelo Erlich aceptara hacerse cargo de continuar con mi formación. Y de paso que otros Judokas, teniéndolo en cuenta, era un Firpo, se aplicasen a colaborar en la ingente tarea de transformar al adolescente en algo que pudiese confundirse con un igual, un judoka.
Lo que si tenía es esa cabezonería que me es característica, una tozudez de fabrica legendaria y miedo a mis abismos; no era rápido, ni fuerte y ni siquiera me distinguía por mi coordinación que sigue siendo bastante lamentable. Y tenia una meta, un objetivo primario: aprender a mantener bajo control mis impulsos.
Con esa materia prima empezamos, ellos y yo a trabajar. De muchas cosas no me percate, de otras fui consciente, como decidir hacerme zurdo que era pasar a ser ambidiestro; como de procurar jamás hacer trampas arbitrando o con los cronómetros en las mesas o en un pesaje, tanto si pesaba como si me pesaban. Y un conjunto de cuestiones se fueron dando paulatinamente: el cuello dejo de ser el de un gorrión, las manos se fortalecieron y la capacidad de soportar el dolor creció exponencialmente; tanto el que generan las lesiones como el que puede llegar a darse en un combate de suelo cuando se trabaja de verdad y se buscan los limites para cruzarlos e imponerse otros.                                                                                                                                     
Paulatinamente descubrís a los Senseis observándote con una mirada nueva que no comprendes; al tiempo se le suman los cinturones avanzados y te da por pensar que estos te estudian para buscar soluciones que aplicar en los randoris que hagan contigo; pasarán años hasta que comprenda que están prestando atención a mi Judo: ¡Están valorando todo el trabajo que hago, como me muevo, como agarro, cuando o porque cambio de agarre y de lado, como preparo las emboscadas y como las llevo a cabo! ¡Disfrutan tanto como yo! Me observan conscientes de todo el trabajo que implica haber llegado hasta acá y hacer lo que hago que se sale de lo cotidiano, de lo que es esperable; la dificultad técnica que enraba y por encima de todo que lo haga desde mis limitaciones, que convierta a las mismas en virtud. Valoran que no me importe caer, asumir riesgos e intentar cosas nuevas; que siempre tenga una respuesta o que parezca ser así y que, en cada clase, en cada caída, en cada entrada, en cada randori entregue todo el Judo del que soy capaz. Aprecian que les enseñe a mis compañeros a mejorar e imagino que si se pudiera sentar mi actual Sensei con Marcelo Erlich o Michael Estol para hablar de mi cuando era adolescente podría entender esas cosas que se le escapan observándome, pero intuye. Disfrutarían de esa charla, todos, ellos y ustedes si pudiesen presenciarla.
Sigo sin tener nivel para ser un campeón. Eso es rigurosamente cierto. Probablemente no le ganaría a ninguna leyenda del Judo en su espectro de competición, ni siquiera a quienes ya se han retirado, pero podría compartir una clase con cualquiera de ellos, se caer razonablemente bien. Sigo teniendo carencias, infinidad, sigo siendo un aprendiz; sigo intentando ser un Judoka. Por supuesto sigo aprendiendo a controlarme.                                        

Soy consciente de todo lo que no se y me falta aprender; de que no llegare a abarcarlo todo y de que he llegado a dominar el arte de aprender Judo, esa capacidad que hace posible que te acerques a sus complejidades y/o sus bases con la predisposición de trabajar cuanto sea necesario en aras de poder, algún día, conocerlas qué es dominarlas.                                                                                                                                                                                                                    
He tardado en comprender que aprender Judo es un Arte en si mismo y a estas alturas acepto que esa lentitud que arrastro desde siempre para captar la esencia del Judo ha sido una virtud pero que no me es propia, es inherente al Judo que esconde sabiamente su poder para proporcionártelo dosificadamente a medida que lo necesitas. Poder mental, físico y espiritual, la Trilogía: En un cuerpo sano puede existir una mente sana y si ambos lo son, el espíritu también lo será; si los tres son sanos y fuertes, tu serás sano y fuerte.  




domingo, 10 de diciembre de 2017

Mensajero Mutante: nivel Diablo.

Vuelvo a recorrer el asfalto repartiendo paquetes. Me he convertido en un mensajero mutante: nivel Diablo. Salgo a un pueblo nuevo que no conozco y solamente entregándome a fondo lo saco; conocer los trucos, ponerle ganas, saber sacarle a la camioneta el máximo y meterte la presión de hacerlo lo mejor que puedas, por la pura satisfacción y el orgullo del trabajo bien efectuado sin necesitar que te metan latigo, te capacita y posibilita conseguirlo.                                                                                    

Que al segundo día sea el primero en llegar a la base, unos cinco minutos largos antes que la manada y que un compañero me felicité por la vuelta rápida con el lastre de hacerlo en una zona nueva, me hace reír. ¡Vuelta Rápida! No se me había ocurrido considerarlo así pero efectivamente: fui el más rápido si bien hacemos rutas diferentes con grados de dificultad distintas que cada uno debe afrontar como sepa y pueda. Ver las caras de quienes me han tenido de compañero; contentos de tenerme con ellos, trabajando para otra empresa, pero trabajando y viéndome hacer diabluras, exactamente como las hacen ellos; es gratificante. Puede que quien fuera mi empleador no lo viera o no le importase, pero mis compañeros me quieren y respetan, sean o no de mi empresa; cosa que no es fácil si solo sabes hablar, pero no sos capaz de sacar el trabajo en condiciones, no sos legal y no has demostrado que entendes el compañerismo de la única manera que se puede entender para que lo sea.
Satisfacción porque uno va en camino de ser Diablo y no tenía garras para serlo, pero le puso corazón, me banco las broncas y aprendió lo que le enseñe. Hoy es un amigo; satisfacción de trabajar con otro que sabe perfectamente de dónde vengo y cómo llegué a este punto, hizo mi ruta, aquella demencial de 26 pueblos y 6 urbanizaciones; por eso nadie le puede engañar si se trata de mí y de cómo trabajo o de cómo soy como compañero. Fue él quien me consiguió este trabajo, él habló con los jefes y les dijo que me contrataran. ¡Gracias Miguel!                                                                                                                                                     

Y satisfacción de que quienes me tenían en plantilla no me tengan. Me la jugué sin red y ha salido bastante bien. Pueden engañarte e incluso robarte, pero solo si te dejas. Pueden creerte ignorante o bobo, pero solo el tiempo exacto que les permitas creerlo. Por mal que esté el mercado, no se puede pagar igual al que no sabe lo mismo que al que destaca, ni que pasen los años y no veas una suba ni en pintura. Y mucho menos se debería poder pagar por debajo de los convenios laborales pero la falta de fiscalización y coercitividad lo posibilita; no merecían contar conmigo, probablemente nunca se lo merecieron, les hice ganar mucho o debieron ganar, igual los beneficios se los llevaban otros, no hay nada como creer que sabes y no tener ni idea; si encima estás en un sector donde abundan los tiburones y piratas, te comen las tostadas. 

domingo, 8 de octubre de 2017

El muy guacho me embauco.

Hola, soy el lado oscuro de Rafa, lo que él llama: La Bestia o Bestia. Básicamente soy IRA descontrolada, primordial y salvaje. Hoy me toca a mí escribir, Rafa me dio permiso, un tanto reacio, no le gusta nada todo lo que tenga que ver conmigo, no por vergüenza o por esconderme, no reniega de quien es y el peso que tengo en su personalidad, simplemente esconde sistemáticamente sus victorias, sus logros, pero este tiene una lectura que puede dejar una lección para terceros, una enseñanza y tras hacérselo ver, me ha permitido desnudarle. Exponerle. 

Hace años, concretamente hasta el 1983, desde el 1970 año en el que nació, hasta el 83, era mío, me pertenecía por entero. Calentón, inflamable y con un punto suicida, yo le dominaba, le tenía bajo control; y nada hacía prever que eso cambiaría. Nada. Todo apuntaba a que impondría mi ley y él sucumbiría a mi poder.                                                                                                                            

En noviembre del 83 destrozó a un desgraciado de 15 años que aterrorizaba a la escuela 175, esa mañana, tras recibir permiso de su madre, expreso, para reventar a quien le estaba pegando sistemáticamente durante seis largos meses, se enfrentó al repetidor conmigo llevando la batuta y le dejó tendido en el patio, desmayado, con la boca destrozada y varios dientes menos. Debo puntualizar que pudo hacerlo en cualquier momento, le sobraba fuerza, ganas, potencia, capacidad…IRA descarnada pero no lo hizo hasta que la madre desesperada ante la indefensión a la que lo tenía sometido el sistema educativo le dio permiso; hay poesía en eso, dice mucho sobre Rafa, lo resume todo. No supe verlo, hoy parece fácil, pero se me escapó.
La pelea terminó rápido, fue brutalmente expeditivo, canalla, no mostró piedad, empatía, civismo, dejó suelto al salvaje y me dejó a mí, su IRA, al mando. Abría y cerraba los puños, quería matar, destrozarlo y ni siquiera pensó en el código de no pegar al caído, no, tras el velo rojo que le nublaba la razón, solo quería una manera de matarlo, pero no se le ocurría nada y parado junto el cuerpo inerte, indefenso, solo buceaba febrilmente en su cerebro buscando una manera de matar que habría puesto en práctica de inmediato, era pura IRA, yo le poseía. Uno de sus amigos, testigo de la pelea, le sacudía agarrándole de un brazo, llorando ante esa fiera desatada a la que no reconocía, en la que no encontraba al amigo; esa mirada fría, asesina, le enfoco desprovista de humanidad, todavía con el velo rojo nublándole la vista, sin dejar de cerrar los puños, rabioso de verdad; a pesar del miedo que sentía por lo que había pasado y por lo que tenía adelante, Rafa era su amigo y estaba dispuesto a jugársela por hacerle reaccionar por lo que siguió zarandeándole a pesar del terror que esa cosa que le había poseído le generaba. Tampoco supe ver que ya forjaba lealtades firmes, aceradas, capaces de soportar el desgaste que la vida le impone a las relaciones entre humanos; ciega regodeándome de mi éxito rotundo, no supe leer acertadamente a mi presa que se zafo de mi embrujo gracias al amigo que muerto de miedo le sacudía desesperado y se fue directo a la dirección a afrontar las consecuencias de sus actos. Tampoco supe interpretar esa señal.
¿Están situados? Arrancamos.

Niño, adolescente o en la frontera de ambas edades, el muy guacho llamó al padre y le pidió que le buscara un lugar para aprender Judo desde su condición de Sensei. Consciente de que era un asesino que no sabía matar y que solo por eso no había matado al hijo de la gran puta que durante meses le había pegado, robado la merienda e importunado de mil maneras como a todos los demás niños, amparado en que estaba en riesgo de exclusión lo que le daba el poder de hacer lo que le diera la gana.                                                          

¿Qué le llevó a hacer eso? Lo ignoro, diría que fue instinto, intuición, clarividencia y un salto mortal al vacío dado con lucidez y desesperación, se sabía con impulsos asesinos y era menester diluirlos hasta el punto de que jamás, nunca más, se viera en la tesitura de querer matar y no saber cómo hacerlo; en adelante no debería volver a pasarle porque sabría matar. ¿Locura? ¿Disparate? Ambas, ninguna o todas; se proponía apagar el incendio usando más fuego, alimentándolo; un niño solo parado frente a la gravedad del asunto tomando decisiones profundas, vitales pues tenía un problema grave y lo arreglaría.  Jajajajajajaja…no supe verlo, tenía 13 años, no era nada, no le veía capacidad o valentía suficientes para hacerme frente con garantías; acababa de quedar demostrado; ese niño era mío y punto. A sus 13 años se disponía a combatirme sin cortapisas; fue tan inteligente o al menos lo suficiente como para que no se le notara la determinación que camuflo hábilmente. Me equivoqué midiéndole, no supe leerle y así empecé a ser derrotada.

El muy guacho pretendía aprender a matar; se convertiría el mismo en un arma, en un guerrero. Aprendería a matar; hoy es perfectamente capaz de hacerlo, domina técnicas que, sacadas de contexto, son letales; y curiosamente jamás piensa en ellas con ese fin, siempre deja un margen a quién haya cruzado cualquier línea de no retorno, siempre hace prevalecer el dialogo, evita la violencia, siempre prima a la vida frente a la muerte; y nunca más se quedaría sobre una víctima abriendo y cerrando los puños sin saber cómo seguir si era incapaz de evitarlo. Trece años. Trece añitos y se asomó a sus abismos sin excusas, me tenía miedo, me tiene miedo, pero eso no le impidió medir fuerzas de igual a igual; no me respeta, me teme, pero me tiene cero respetos; en cambio yo le respeto mucho y temo al niño devenido en hombre por esa capacidad descarnada de verse, aceptarse y trabajar para arreglar lo que debe ser arreglado, diluido hasta dejar de ser un problema descontrolado pasando a ostentar el poder y manteniéndome a raya.                                                                                                                                                                                                                            
Hoy soporto el peso de miles de cadenas que Rafa me ha impuesto sin piedad, sin pedir ni dar cuartel; temerme no le lastra, soy su problema y él, tendrá las soluciones disponibles para conjurarme y ser quien me controle y no al revés. He esperado una oportunidad de destrozarle, no puede obviarme, ignorarme, encadenarme para siempre, un día flaqueara, pensaba decidida a picarlo como a un queso. No supe leer la magnitud de la personalidad que tenía el niño, la profundidad de la emboscada que me tendió con la paciencia de un cazador al que le escasean las flechas y le queda mucho invierno por delante con todo el clan dependiendo de sus capacidades, de su paciencia.


El miércoles, tras tres semanas trabajando duramente, a pico y pala, terminando la jornada laboral bajo un sol de justicia, el encargado apareció sobre las 1630 y empezó a gritarle sin mediar palabra. Cada grito era una cadena que se rompía poniéndome cerca de ser libre. Encajo la diatriba mal, por inadecuada, injusta, fuera de lugar, inesperada completamente, desproporcionada, por ser con público, y por producirse tras hacer un trabajo que muchos no habrían podido terminar; sentí como quedaba libre, rugí entusiasmada, agazapándome para saltarle a la yugular al desgraciado que confundía al hombre con un esclavo pero Rafa aguantó firme mi envión, quería matarlo, destrozarlo pero también quiere ser querido y respetado por esos Senseis que tanto evoca, ejemplo para los jóvenes que puedan verle de Judogui o sin él y no va a mancillar al Judo posibilitando titulares que no contendrían todos los hechos. Quiere ser miembro de la tribu Judoka con plenos deberes y que nadie sienta vergüenza por sus actos.

Un paso atrás, un giro poniendo toda la fuerza de voluntad de la que puede echar mano, una retirada deshonrosa, dolorosa, un ceder para vencer ejecutado con el alma y se pone a guardar las herramientas masticando su rabia, su orgullo, su desazón, una frustración desbordada.  Sigo libre de cadenas, pero desorientada no me atrevo a respirar, sale del trabajo en piloto automático; las lágrimas surcan las mejillas con arrugas; se siente miserable y me retuerzo desconforme porque bajo todo eso siento que se felicita con solemnidad. Entonces es cuando el cepo se cierra y leo la jugada magistral, la emboscada sin salida que el muy guacho empezó a construir aquel lejano día cuando tras destrozar a un abusador eligió al Judo como estrategia para mantenerme bajo control y salvarse de mí, de sí mismo.

No aprendió Judo, no estudia al Judo solo, lo hacemos los dos. Me hace saludar miles de veces, me ducha antes de entrenar, trata de que no falte, me hace observar las reglas obsesivamente y haciendo infinidad de cosas más; nos dotó de disciplina, de un marco de contención, de un refugio con valores, de una coraza; me adiestró para que estuviera a su servicio y se preparó para manejarme, encontró los anclajes que resultan tan sólidos que ni siquiera yo puedo romper; que el miércoles no quise intentar romper viéndole actuar con una frialdad que no le suponía, que ignoro cuando adquirió pero que no tenía antes; haciendo gala de una dignidad de príncipe; manteniendo una calma exquisita que tampoco le vi adquirir y tuve que rendirme a la evidencia: aquel guacho me había derrotado.


Me teme y hace bien. No soy algo de lo que te puedas enorgullecer y él no se permite el lujo. ¿Imaginan la constancia, la determinación, la frialdad, el corazón que hay que ponerle para hacerme frente siendo un niño? He estado pensando en cuando era niño, era una fiera de verdad y tras tomar consciencia de eso sentó las bases de la estrategia a seguir tras idearla; no dudo un segundo en el diagnóstico ni se permitió distracciones en el instante que supo que estaba en mis manos; he pensado en el joven que supo seguir la línea que el niño estableció, convivo con el hombre que evoca al niño seguido, le escucha atentamente pasando las diapositivas que atesora en la memoria; y creo que entiendo la felicitación solemne que se hacía a pesar de todo lo que le sacudía, que yo le midiera mal no le quita nada de valor a su gesta; los dos sabemos que seguiré intentando arruinarle la vida, es mi condición; pero ambos sabemos que difícilmente lo consiga pues no me ha dejado prácticamente margen.               

Es un guacho, sigue siéndolo pues no olvida. Y no se pone excusas. Nunca le mintió al espejo y sabe lidiar a sus demonios, yo soy el peor, tiene otros. Se sabe débil, vulnerable, sabe que está expuesto; lo supo el niño, no lo olvida el hombre que trabaja cada día para elevarse sobre sus miserias, para ser flor y no espina o no solo espinas. Tuvo que aprender a llorar; tuvo que aprender a convivir conmigo; esquivo las drogas con sabiduría; no puede darse el lujo de no ser plenamente consciente en cada segundo para vigilarme y controlarme.

Créanme, me solté y ese personaje caería muerto en segundos, pero Rafa había trabajado años preparándose para ese momento, consciente de que podía destrozarlo, de que eso era fácil, luchó por hacer lo difícil, dar media vuelta e irse. Era el regalo para el niño, el único adecuado, el único válido y ejecutó la acción que de verdad implicaba elevarse sobre sus miserias y honrar a sus Senseis, rehusó asesinar centrándose en la única luz que en esos momentos le anclaban a la cordura: la llamita de una vela. Tenue, débil ante tantas sombras densas: en horas estaría en la clase de Judo, era todo lo que importaba, seguir teniendo derecho a poder ponerse un Judogui sin mancillarlo. Una obsesión a la que le da más valor que cualquier medalla que intente embrujarle con reflejos metálicos; ser mejor persona es su desafío, su olimpiada; mantenerse estudiando Judo es su mundial; cada clase son los nacionales; en todos y cada uno buscará ganar por ippon pues además de ser lo que se debe hacer, es el camino difícil y recorriendolo de esa manera ha llegado hasta aquí; sabe que funciona, lo supo antes de desembarcar en el Judo y los años le han confirmado la intuición.                                                                                                                                                                   
Puede que honre a sus Senseis, a nuestros Senseis; pero al que honra con devoción es al niño al que no olvida ni la horrible sensación de desafección que sintió aquella mañana tan lejana en la que descubrió la magnitud del problema en el que estaba sumido. Esas lágrimas cuando se iba a casa para ducharse y agarrar la mochila con el Judogui, no eran suyas, eran mías, acababa de ser derrotada incontestablemente; acababa de descubrir que no supe leer al niño, al joven irreverente ni al hombre; no puedo dejar de lado mi naturaleza y seguiré buscando arruinarle fiel a lo que soy, por su parte Rafa que se ha asegurado de no estar solo, tiene al Judo que entre otras cosas enseña que: Conocerse es dominarse, dominarse es triunfar. 
Seguirá llevándome a aprender Judo, en una estrategia maquiavélica que lo pinta de un solo brochazo; permaneciendo fiel a quien es, a quien trabaja para ser y al niño valiente que supo ser. 






jueves, 5 de octubre de 2017

Gyaku-Sumi-Gaeshi.

Estoy trabajando fuera de Valencia, he buscado un Dojo donde seguir entrenando, estudiado, aprendiendo Judo.
En un póster de tecnicas de Judo que tiene pinta de llevar años en la pared habia varias secuencias de distintas técnicas que vi el primer dia pero que no mire de verdad hasta pasado un mes.
Llegue temprano como tengo por costumbre y subí al tatami que estaba desierto, salude a Jigoro, las viejas  costumbres pueden estar mal vistas en la actualidad y probablemente ya soy un dinosaurio pero no importa, no me importa, honrare a mis Senseis y eso sí que importa, me importa; salude y observe los pósters. Los recorrí; llegue al final, había  empezado por el fondo y el que estaba junto a la puerta tenía el regalo esperando a que yo y/o cualquiera que fuese capaz de mirar, de ver, lo hiciera:
Gyaku-Sumi-Gaeshi.

Sonreí. Si, ameritaba hacerlo, llegar a ese punto, estar en ese Dojo era una conjunción de circunstancias, de azares, de imprevistos y una interminable busqueda de conocimientos y ahí tenía otra perla, otro tesoro que solo podía llegarme si recorría el camino que me llevo a pararme frente a ese póster.

Una variante para la tecnica mas efectiva que tengo hoy por hoy; tan simple, tan impensable como inesperada y que me llega por el método que tantas veces intentara hacerme adquirir el Viejo Firpo y que a mi me cuesta tanto usar: interpretar viejas fotografías. En este caso la vi claramente, sin problemas.

Recorrer el camino no siempre es fácil. Superarse, lidiar con nuestras flaquezas requiere un esfuerzo constante, permanente; no faltar ni abandonar a pesar de todo lo que conspira para que pase; aceptar que costara y llevara años, décadas de dedicación, trabajo, esfuerzo; miles de horas transpirando, robadas a la familia y los amigos; a las fiestas o al tentador sofa; conservando las costumbres que se van desdeñando, la etiqueta que siempre nos distinguió y nos distingue. Que nos distinguira en el incierto futuro que afrontarán las nuevas generaciones de judokas.
Nada fácil...pero...parado en ese tatami; con Jigoro observandome la espalda me sentí privilegiado de seguir buscando aprender Judo.
A saber donde esta la proxima perla o cuánto demorara en materializarse o si eso llega a pasar...a saber. Claro que si quiero optar a recibirla solo tengo que seguir traspirando judoguis con la misma entrega; es el camino tal y como me mostraron los Senseis que a pesar de mis limitaciones, aquellas y estás, me proporcionaron las bases para poder recorrerlo y me siguen guiando en la actualidad.

Al final siempre se ha tratado de escucharles, a los Senseis y aprender de ellos; y con el tiempo comprender que nos querian decir hace 20 o 30 años; para optar a conseguirlo hay que mantenerse en el camino; la única manera de aprender a ver y entender una técnica que espera emboscada muchos años en un póster hasta que incautó te paras adelante preparado para comprender tras ser capaz de ver. Y tal vez, tal vez, parecerte un poquito a ellos por como te atas el cinturón.

sábado, 16 de septiembre de 2017

Consciencia.



Ser consciente de que estas consiguiendo el objetivo, el único importante, el definitivo, no es fácil cuando aparentemente no te cuesta alcanzarlo y mantenerlo.
Y no te cuesta  pues haces todo enfocando, enfocandote en conseguirlo. Te han dicho, te han enseñando y has aprendido lo que tenes que hacer y lo haces sin planteamientos futiles; es lo que debes hacer si queres llegar a superar  el desafío sin permitir que nada te distraiga o desvíe. Nada.

Tanto éxito, medido en más de un lustro puede, podría hablandarte, volverte perezoso, dejado, hacerte perder perspectiva; la perspectiva que necesitas para ser consciente de cual es el objetivo y lo que hay en juego, evitando asi caer en la tentación de olvidarte del desafío, cayendo en la trampa que genera la normalidad.
Trampa por cotidianidad, por normalidad; la temida y temible rutina. Esa que tantas cosas devora, fagocita y que muchas veces no sabemos como enfrentar ni mucho menos que estrategias usar para contrarrestar.
La excepcionalidad, aquello que esta fuera del gráfico, permanece en tal condición el tiempo justo en que se disfraza de normalidad para embaucarte y hacerte meter la pata hasta el fondo; entonces es tarde. Perdiste la perspectiva. No fuiste consciente del peligro, del riesgo por lo que dejaste de hacer lo que debías en aras de conseguir llegar al objetivo y mantenerte en él.

A mi no me pasa. No respecto a la bipolaridad, esa amenaza permanente, el enemigo que convive conmigo, parasitandome. En otras cuestiones no tengo tamaña capacidad, ni de cerca; en esta no hay un solo átomo de mi ser que se permita desfallecer, dudar, bajar los brazos; todos trabajan para evitar una recaída; tanto y tan efectivamente que llegó a no pensar en mi peligrosa situación, en los riesgos que corro y/o asumo, no estoy pensando en ella pero trabajo constantemente para mantenerla a raya.

Duermo, me obligo a dormir pues es parte de la estrategia o es una del conjunto de las mismas, una importante. Sigo alejado de las drogas; nunca creí que pudiera hacerles frente con garantias y serían letales para mi en mi nueva condición.
Y lo mas difícil: no proyectó, no pienso en el futuro. Vivo hoy, aca, ahora. Evito preocuparme para que la presión no aumente, es negativa, perjudicial. Eso me cuesta horrores; aprendo a hacerlo día a día.

Por último voy a Judo. Entreno con ganas, me entregó; empapo el judogui. Pare dos meses, tense la cuerda al máximo sabiendo que no solo me la jugaba, además no cumplía con el trato establecido con mi psiquiatra. Que ella no lo sepa es anecdótico pues yo lo se y con eso sobra. Sin medicación estandar, limpio de drogas, me trato con Judo. A mi me funciona y mientras lo haga, sera lo que use como medicación. Algún día no bastará, cuándo no pueda entrenar dando todo lo que tenga en cada clase, entonces aceptaré medicarme, solo entonces.

Hay mucho de mi en esta estrategia que uso; hay una historia de vida que la sustenta, hay un todo de Rafita trabajando por y para Rafita. Hay un amor inmenso; hay una entrega mutua sublime y sin condiciones: Dame toda tu energia, cada gota de sudor en cada clase, a cambio te hare fuerte, flexible, adaptable, te ayudare a luchar con tus demonios, haremos que ese ego se vaya achicando, que el orgullo no te ciegue y te proporcionate una red de contencion que abarcara cada aspecto de la vida. No podre hacer que ganes todas tus batallas, pero te ayudare a evitar algunas. Te proporcionare maestros, compañeros que se haran amigos y lugares donde la tranquilidad espiritual, la paz y el respeto seran la norma. Me llaman Judo y tengo casi todas las respuestas que te atormentan; estudiame con honestidad, regalame tu sudor y nunca te abandonare.

Consciente, conscientemente recurro a las estrategias que me pueden ayudar a no terminar internado en Psiquiatría; otra ves. Hay periodos de tiempo en que no tengo consciencia de lo eficaz que estoy consiguiendo ser; la normalidad disfraza cualquier gesta de simple rutina camuflandola perfectamente y propiciando que te olvides de la excepcionalidad de tu realidad asi como de  tus logros.




domingo, 10 de septiembre de 2017

Un Dojo. Todos los Dojos

Por cuestiones laborales estoy viviendo en Madrid y me he buscado un lugar donde entrenar; parar julio y agosto ya era mucho; así he llegado a Bushido, en Canillejas.
Si, Bushido, como Bushido de Lagomar, Canelones, Uruguay; el Dojo donde empezó mi periplo por los tatamis en los que procuran enseñarme Judo…donde he tratado de aprender un poco…sigo intentándolo.
Me han recibido y abierto las puertas de su casa gracias a lo que otros Senseis en infinidad de Dojos me han enseñado; puede que yo tenga algo que ver, puede, pero eso es posterior, es el trabajo de ellos, los Senseis el que pesa, el que soporta cualquier escrutinio y pasa el análisis que ojos nuevos hacen del Judo que atesoro; por poco que sea: ven que se saludar, ven como me ato el cinturón y lo bajo que lo llevo, ven como caigo, como agarro, como me levanto…me ven reír, disfrutar sudando a mares.
Se cumple aquello de que no pasare vergüenza en ningún tatami y que los Dojos abrirán sus puertas para recibirme como a un alumno, un hijo más, integrándome fácilmente a las rutinas propias de cada uno; cada Dojo es un universo en sí mismo, pero todos tienen coincidencias, raíces hermanas; fue un vaticino, una premonición del Sensei Firpo; pareciera que hace unos 18 años supiese que pasaría por muchos Dojos; yo no lo había pensado ni imaginado y se ha cumplido, se está cumpliendo; por algo es Sensei, no se ejerce de Sensei durante décadas en balde.                                                 Corriendo el riesgo de repetirme y ser un plomazo voy a dar las gracias a los Senseis que me han tenido a su cargo y agregare a mis compañeros que han debido soportarme y sufrirme; sin unos y otros, no sabría caer ni saludar, no sabría nada de Judo y le doy las gracias a Luis, el Sensei que por lo menos durante septiembre trabajará para intentar que aprenda algo más que a saludar y caer. Todos se vuelcan, todos te dan lo mejor de si mismos y aunque sea repetitivo, creo que debo dejar constancia de que es así; sin importar que esa es la manera como debe ser y que se haga sistemáticamente: ¡Gracias Senseis!

Si están en o por Madrid, llevan tiempo queriendo acercarse al Judo o tratando de volver, no duden en pasar por Bushido; un Dojo a la antigua, de esos que se van perdiendo, con un Sensei y sus alumnos de diferentes niveles trabajando para que el Judo perviva.               
Pero si no es el caso y viven en otra ciudad, país o continente, busquen un Dojo, acérquense y descubran de qué escribo, porque lo hago, atrévanse a ser parte de la tribu, del Clan Judoka.       

domingo, 27 de agosto de 2017

Veintidós segundos.



Es el tiempo que queda para que termine el Randori. Somos impares por lo tanto queda un compañero libre que entra con quien es proyectado, el ganador descansa, yo estoy descansando. Un compañero proyecta, quedan veintidós segundos que serán menos de veinte tras los saludos; llevamos nueve minutos con treinta y ocho segundos de Randori sin parar, solo respira quien proyecta, he podido respirar, pero no he recuperado, la edad pesa lo suyo; no tengo mucho más que dar, pero vaciare lo que quede buscando conseguir un Ippon. Es lo que se debe hacer.
Un ejercicio que me enseñaron hace décadas, este tiene la variante de que no se descansa a menos que proyectes y de que según lo consigas te vas poniendo con otros compañeros, no hay tiempo para especular ni que perder. Antaño, no había reloj en la pared, el Sensei decía que quedaban quince segundos o diez y tenías que apretar, quien proyectaba había ganado el Randori, aunque hubiese caído en el transcurso del mismo, una o más veces; se le consideraba vencedor. Otro juego de Judokas solo apto para Judokas, tenemos muchos, todos intensos, todos exigentes y absolutamente todos son divertidos.                                                                                                                       

La idea es que consigas superar al otro en ese lapso breve de tiempo, que aprendas a arriesgar y revertir una situación adversa o a conseguir imponerte si vas empatado o perdiendo y participas de un campeonato. Porque al arriesgarte con el otro sabiendo que lo vas a intentar y que prepara a su vez su estrategia, te pones en la posibilidad de cometer un error y verte proyectado. Todo a máxima velocidad, no hay tiempo.
Veo cómo proyecta un compañero, ya sé quién me toca, respiro hondo y avanzó para estar situado cerca en cuanto saluden, saludar y aprovechar esos menos de veinte segundos que tendré. Es joven, en etapa de competición, superándose, ganando técnica, fuerza, velocidad, fortaleza mental y seguridad en sí mismo y en sus posibilidades en cada semana, en cada clase. No le doy tiempo a que haga nada, le gano el agarre y lo sacó limpiamente, quedan ocho segundos como constató arreglándome el Judogui mientras el Sensei sonríe ante mi temeridad, mis ganas y esa estrategia suicida que he usado al ir sin reparos a buscarle, convencido de que no solo no había tiempo, tampoco tenía que darle facilidades.
El potrillo acaba de descubrir que el veterano saca fuerzas de donde se supone que no hay, malas ideas me sobran siempre, y combinaciones, amagues, mucho humo, le engañe vilmente pues nunca hago eso con ese agarre, esperaba mi ataque favorito y eso le condeno; amen de no ir él mismo a buscar un Ippon.
Por mi parte sé que en menos de un año él me cuidara o no durare un minuto en un Randori juntos; en ese lapso de tiempo le seguiré mostrando las retorcidas artes de un luchador veterano, de un Judoka que jamás muestra debilidad ni excesiva fortaleza y después trabajaremos juntos para que aprenda que en veinte segundos caben más de un Ippon; que el agarre de siempre muestra un camino y da demasiada información al compañero y que dependiendo de cómo use esa herramienta, será a su favor o en contra.

Conseguir engañar al otro es prácticamente ganarle, hacerle creer que vas a atacarle con A y que le metas H, es cazarlo completamente vendido en una reacción anti A que era justamente lo que pretendías. Si sos capaz de tener combinaciones trabajadas y no dejarle respirar y mucho menos pensar, le proyectaras con seguridad, aunque consiga pararte el primer ataque.                                                                         

Llegar hasta ese punto del juego lleva tiempo, décadas me ha insumido a mí; ver que quedan veintidós segundos y que te sobren ocho para proyectar tras haber saludado te lleva a pensar en cuando tú eras quien salía volando, incapaz de parar al ataque del veterano que no parecía tener nada de resto pero que sacaba fuerzas de algún recóndito lugar de su ser para estamparte incontestablemente.                                                       
El círculo se cierra, cada pieza va encajando perfectamente en su lugar, de alguna manera devolves aquello que te dieron, que te regalaron con generosidad espléndida y con una esperanza: que tras décadas de trabajo fueras capaz de trasmitírselo a otros de la única manera que puede hacerse, con un Judogui, sobre un tatami, en un Dojo.         

Se les enseña a todos y se tiene esperanza en que algunos lleguen a ser capaces de regalárselo a los que recién desembarcan en esto que llamamos Judo para asegurar la herencia y que perdure.
Busco oxígeno, camino arreglándome el Judogui y evoco a un querido Sensei que nunca se consideró como tal pero que siempre lo fue: Alfredo Melera. Dedicó cientos de horas al joven e irreverente que supe ser, me proyecto innumerables veces, me desarmo en Ne Waza en cada Randori; se recontra calentó conmigo infinidad de veces y jamás se permitió abandonar, dejar de sumar con él Sensei para ver si me llevaban al Camino y me mantenían en él. No le nombro, no le gusta pero estoy en fase travieso.

¡Gracias Alfredo Melera!