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domingo, 8 de marzo de 2020

Cinturón Negro: ¿Principio o Meta?


Existen quienes creen que llegar a Cinturón Negro es la meta y al hacerlo, piensan que saben algo, están equivocados. En el cinturón Negro se empieza a aprender Judo, preparando el examen que solo es mero trámite, generalmente administrativo, nadie es Cinturón Negro por salvar un examen, lo es desde el momento en el que el Sensei le dice que puede empezar a preparar el examen. El camino recorrido hasta entonces te proporciona las bases desde las que poder construir el Judo que llegaras a saber. Si crees que es la meta te quedarás sin saber nada; y nunca lo comprenderás.                                                 
A un examen de Judo no se va a salvar, se va a buscar la nota máxima y a provocar unas llamadas a tu Sensei donde otros Senseis le felicitaran por tu desempeño.
Hay detalles que le dicen a quienes saben Judo de verdad que tanto estás avanzando y en donde flaqueas. Detalles que pueden parecer nimios pero que no lo son en absoluto: 1-Puntualidad. 2-Manera de saludar. 3-Cinturón bien atado y sus puntas igualadas. 4-De qué manera dejas las chancletas o el calzado y donde. 5-Si hablas o no mientras se hace el calentamiento o cualquier ejercicio. 6-Cómo agarras. 7-Cómo te parás. 8-Cómo te moves. 9-La manera en la que tratas a los cinturones inferiores.10-Si llevas o no una camiseta bajo el Judogui, si te sacaste el reloj, anillos, pulseras, tobilleras y/o cadena. 11-Intensidad, capacidad de trabajo, concentración. 12-Si te apoyas en la pared, te dejas caer de cualquier manera en el tatami, si salís o entras sin pedir permiso al Sensei. 13-El nivel y calidad de tus caídas. 14-Si faltas seguido sin razón (Estudios, trabajo, lesión y/o enfermedad son atenuantes). 15-Si corregís a tus compañeros, la manera de hacerlo y la calidad de las explicaciones que les des. 16-Si permitís que te proyecten o no los cinturones inferiores. 17-Si dejas trabajar en el suelo. Puedo seguir, estos son suficientes para dar una muestra.                                                         
Detalles que venden a quien cree que sabe y le diferencia de aquellos que creen que no saben bastante y siguen trabajando para mejorar todo lo que les falta y debe ser mejorado.
Cuestionar a un cinturón superior solo demuestra lo verde que estas. Puede que se te escapen cosas, pregunta a que se debe esto o aquello o mejor: seguí entrenando y aprendiendo hasta que la respuesta te sea desvelada; o te llene el cerebro sin necesidad de preguntar. Si sos incapaz de atarte el cinturón dejando las puntas igualadas o te moves de la fila antes de que lo haga quien está a tu izquierda, no solo quedas mal parado, dejas mal parado a tu Sensei y difícilmente alcances un buen nivel técnico, quien no se ata bien el cinturón es incapaz de esforzarse para conseguir un nivel técnico aceptable.  Están disculpados aquellos a quienes no se les enseñó, el tiempo justo de que lleguen a un Dojo en el que se les enseñan estas cosas y deciden obviarlas, entonces ya no tienen disculpa, como no la tienen quienes han tenido un Sensei que les ha explicado estas cosas y deciden no observarlas.

Llegar a Cinturón Negro es el principio, es empezar a aprender Judo, la meta: ser mejor persona y de paso alcanzar un buen nivel técnico que coincida con el cinturón que tenes o le supere. Pasa por los detalles, pasa por que los Senseis al verte entrenar, no detecten errores garrafales y jamás en los detalles que distinguen a un buen Judoka de un aspirante, pasa por que tus compañeros te respeten, aprecien, quieran y busquen para que les ayudes a mejorar, pasa por crecer juntos. Pasa por obtener derechos que te otorga el Sensei a tenor de tu edad, condición física y entrega en beneficio del grupo. Pasa por no tener que ser jamás observado por cometer una falta en los detalles y pasa por detectar cuando alguien no los tiene en cuenta y hacerle ver que no actúa correctamente ni con arreglo a ser un Cinturón Negro.

Un Cinturón Negro siempre colabora con el Sensei, no rehúye su responsabilidad para con los que todavía tienen que recorrer parte del camino hasta poder optar a ser Cinturón Negro y jamás se permite olvidar que es ejemplo, espejo donde los Kyus se miran, por lo que será puntilloso observando la etiqueta del Judo, de ahí que sea fácil saber cuándo estamos ante quién cree que por ser Cinturón Negro a llegado a la meta.

sábado, 28 de julio de 2018

Ser un cinturón superior.


Ser el cinturón superior de la clase; no es tener un mero color del cinturón que rodeara tu cintura. Es muchas más cosas. Tantas que me dejare varias sin enumerar, si bien no pretendo hacerlo con todas pues sospecho que todavía me quedan por aprender o llegar a comprender cabalmente algunas, inclusive respecto al grado que poseo en Uruguay: Ni Dan, acá no sirve para nada, es papel mojado. Ni hablar respecto al resto de Danes, donde evidentemente tendría que estudiar y aprender muchas cosas que todavía no he tenido la oportunidad, las ganas o el tiempo de ponerme a desmenuzarlas para irme preparando, saber de más es infinitamente mejor que saber de menos; mejor ser un buen Kyu que no un mal Sho Dan. Sensei Firpo Dixit.                                                                                  
No cualquiera puede ni debe llegar a ser Sho Dan, un Judoka confirmado, contrastado, per se. Es una máxima que no vi nunca escrita ni reflejada en ningún lado pero que se cumple, de hecho, en la práctica, al filtrarse a quienes aprenden lenta pero efectivamente durante mucho tiempo, siendo el filtro el Sensei quien es en última instancia quien decide quién y cuándo está preparado para serlo. En ese momento, ya sos Sho Dan, solo falta el examen, un mero trámite para el que te prepararas a fondo refrescando conocimientos, sumando otros y afinando bien tu capacidad para poder demostrar todo lo que sabes. 

No es el examen y salvarlo lo que te convierte en Sho Dan, en un Judoka, es el Sensei, el tiempo, el sudor, las ganas, el trabajo, la constancia, superarte de mil maneras, conseguir logros personales alentado por el Sensei que va moldeándote, limando aquello que en tu carácter y personalidad debe limarse y sobre lo que deberás trabajar e incidir toda la vida. Aquí es donde llegamos a aquello de que un alumno es fiel reflejo de su Sensei y tanto que es así. Llevarás su impronta por los tatamis que visites y quienes le conozcan le reconocerán en ti; en tu manera de comportarte dentro y fuera del Dojo, en tu manera de entrenar en cada clase, en la manera cómo entrenas,  árbitras o competís; en como mimaras a los jóvenes, exigiéndoles siempre mucho más de lo que ellos creen que podrán dar sin pasarte jamás de la exigua línea que separa la enseñanza del abuso y en tu coraje a la hora de pararte frente a quienes te superan en todo menos en espíritu, en eso les igualaras, eso cómo mínimo. Por eso es tan importante que los Senseis lo sean de hecho y que hayan tenido Senseis a quienes honrar. 
Un Judoka tiene que tener muchas cosas: *Cierta madures que le habilite a hacerse cargo de sí mismo y de otros. *Conocimiento técnico variado y no solo de las técnicas de Judo. Que alguno no sepa dar un calentamiento o toda la clase es inadmisible (Que no sepa caer es una vergüenza para todos). Integridad.  *Paciencia. *Ética. *Pundonor. *Empatía.*Humildad. *Palabra.  *Sentido de la responsabilidad. *Vocación de servicio pues estará siempre dispuesto a colaborar con su Sensei o el Sensei y con sus compañeros anteponiéndoles siempre a su propio interés. *Compromiso. *Y un largo etcétera.                                 
Para eso habrás pasado por los estadios Kyu, si hablamos de Occidente, claro está y puede darse que antes de llegar puede que seas siendo un Kyu, el que más grado tenga en la clase entre los alumnos; no es algo tan infrecuente, en cuyo caso se aplicaría mucho de lo que escribo para los Sho Dan, para un Judoka y probablemente te conviertas en Judoka bastante antes de lo esperable, las responsabilidades ayudan  a madurar. Creer que llegaste al final del camino por ser Sho Dan es haberte perdido todas y cada una de las clases a las que asististe, estas empezando, lo anterior fue una preparación, establecer las bases para que tu recorrido del camino fuese viable y satisfactorio. Se empieza a entender al Judo, preparando el examen para Sho Dan, cuando el Sensei apreta al máximo y te pide y exige que busques la perfección y la casi consigas. Lo más loco de todo es que Uke colabora, suele ser alguien tan preparado cómo tú o más, aunque se evitara siempre que sea un Sho Dan, si es posible, para que esa ayuda no sea tan clara, para no estar tan favorecido por contar con un Uke de calidad que hará que todo vaya cómo la seda. A él no lo examinan, pero le observan para el futuro, los Senseis sabrán cuanto más le exigirán en su día a tenor de lo que muestra ese día. Por eso es bueno ser elegido cómo Uke para un compañero que se examina para Sho Dan, es la oportunidad de examinarte sin ser examinado, sin presión pero con toda la presión que implica de hecho no fallarle al compañero. Máxima exigencia sin sentirla pesando sobre tus hombros. En esos meses de pulir cada entrada, cada movimiento, repasar historia, vocabulario e ir sumando conocimientos que se te habían escapado o te llegan ahora; es cuando te acercas a empezar a entender de qué se trata esto del Judo. Ves a tu Sensei y a sus alumnos aventajados ayudándole a exprimirte; confundiéndote a propósito, pidiéndote que lo repitas y lo repitas y lo repitas y que lo hagas otra vez y solo paran porque tu Uke se va a morir y lo saben, él no emite queja ni hace muecas, se levanta y está preparado para otra caída de Ura Nague, soportara mil más, no dirá ni mu, esta a tu servicio; les ves, sabes que tu Uke no se rendirá y te llega clarito, diáfano que no estás ahí por una medalla, aunque te permitas perseguirlas; no estás ahí para saber luchar, aunque ya sabes que sos capaz de hacerlo y muy bien incluso fuera del tatami; no estás ahí para una vez salvado el examen pavonearte; estas ahí para aprender Judo, para que te dejen hacerlo, para ganarte la posibilidad de que te enseñen a ser un Judoka. Si bien ya deberás tener mucho de Judoka, todavía te falta muchísimo más y cuando seas un Judoka, tendrás toda una vida para seguir aprendiendo y un día empezaras a enseñar y descubrirás que el Camino no tiene fin, durara tanto cómo vivas. 
Tiempo de sobra para aprender y trasmitir a los jóvenes esos valores y esos conocimientos que otros te regalaron con esa sola condición pero que al final solo depende de cada uno, honrarles como se merecen o dejar de hacerlo.                                                                                                 
Llega un día en el que dejas tu Dojo y empezas un periplo que te lleva a otros países y a otro continente, otros Dojos, otros Senseis y entonces descubrís que te enseñaron tan bien que no pasas vergüenza jamás; que a pesar de sentir que te falta mucho y eso es rigurosamente cierto, tenes el nivel mínimo exigible a tu grado o puede que sea levemente superior a este. Descubrís el lenguaje común, las raíces, le esencia del Judo en todos, te quedas pasmado cuando te dicen que hablas cómo un Sensei Japonés que acaba de visitar el Dojo, mismo mensaje, otras palabras me dicen, tan sorprendidos cómo yo que pasmado, solo atino a tratar de digerir tamaño disparate, hasta entender que no es ningún disparate, hablamos de Judo, el Sensei podría estar enseñándome millones de años pero no tendrá que enseñarme nada básico, los fundamentos, eso lo tengo, otros Senseis se ocuparon de que así fuese e imagino que lo ha percibido perfectamente.                                                                                                                   
Disfruto sin paliativos en cada clase y disfrute con tutti, viendo al Sensei enseñando una estrangulación que nunca habías visto para una situación que jamás me plantee. Mostrándosela a toda la clase, con esa generosidad que nos adorna o debería hacerlo. Disfrute sin complejos. Pensé: soy Ni Dan desde diciembre del 98, el tiempo se quemo rápido desde entonces y mira por donde, en mayo del 2018 aprendo otra estrangulación y veo la estrangulación del diablo ejecutada por el Sensei ; técnica que aprendí preparando mi Sho Dan; todo en la misma clase. ¡Fantástico! Menos mal que no me confundí, que no me deje engañar creyendo que el Sho Dan era el final y seguí entrenando, aprendiendo, tratando de superarme. Menos mal que tuve Senseis y tengo uno, así es fácil disfrutar de estudiar Judo. Menos mal que un Sho Dan me dijo en su día que llegar a Sho Dan era cómo meter los tobillos en el océano para cruzarlo. 
No dijo intentar, dijo cruzar.                                                                        
Ser Sho Dan es pasar épocas eternas en las que solo entrenas por y para tus compañeros, dejando de lado lo que queres pulir y aprender para servirles y ayudarles a crecer; no es que no entrenes, también lo haces, pero no entrenas enfocado en tu progreso sino en el de ellos que al final también es el tuyo, creces sin darte cuenta, mejoras lo que no te planteaste mejorar, porque explicando y puliendo o buscando alternativas a los agarres, entradas, combinaciones y encadenamientos para ellos, enriqueces tu Judo, lo amplias, lo potencias y sin percibirlo te preparas para  poder aprender otras cosas que no podrías entender sin ese proceso de maceración y destilación de tus conocimientos.                        

Por supuesto hay más cosas, tantas que lleva toda una vida estudiarlas, aprenderlas, comprenderlas y ser capaz de enséñaselas a las generaciones que recién desembarcan en el Judo. Ser Sho Dan es una actitud donde prima el ser ejemplar para esos ojos jóvenes que te observan tratando de entender que esconde el hecho de que saludes al entrar al Dojo y al salir de este; al tatami, a cada compañero, al Sensei; que nunca llegues al tatami con el Judogui en la mano o el cinturón colgado del cuello; que te duches antes de entrenar; que nunca lleves el teléfono; que nunca pares hasta que el Sensei lo pida o te estés muriendo,  se nota y que a pesar de que ven que ni respirar podes, ven también que no te tiras desmadejado, no te permitís la desgracia de acostarte en el tatami, caminas boqueando, te arreglas el Judogui y volves al trabajo en cuanto el ahogo remite un poco. Que vean al Sensei pedirte que pares o aflojes, que muchas veces directamente te obligue a hacerlo con cariño, con un mimo exquisito y el respeto con que lo hace; que vean a los otros Sho Dan o incluso con más grado trabajar al máximo contigo pero con un mimo igual de exquisito que se nota hasta para quien acaba de empezar a conocer al Judo. Que te vean saludarles con una reverencia que no entienden en su profundidad y pausa y te escuchen dar las gracias mil veces, te cuidan, lo sabes y lo agradeces con humildad. Verte reír bañado de sudor, una rodilla en el tatami, las manos apoyadas en este, pensando que estas casi al borde de la extenuación pero dispuesto a seguir, eso de rendirse es algo que no contemplas, no hasta que ya no puedas de verdad más y para eso falta mucho o escuchar tus risas tras haber salido volando, mientras te levantas y vas a buscar al gigante que también sonríe por la certeza de que vas a ir a buscarlo, tantas veces como dure el Randori; tú a él y no al contrario. Que te vean arreglarte el Judogui antes de tomar agua, antes de saludar y tenerlo siempre en perfecto estado para trabajar sin pérdida de tiempo. Que vean al mirarte, lo que tu veías al observar a aquellos compañeros que eran tú ejemplo a seguir y que imitándoles, has llegado a ser como ellos, una referencia, ejemplo siempre, pues de eso se trata ser Sho Dan, Cinturón Negro, Judoka y no de otras cosas que también son necesarias pero nunca pasando por encima de lo verdaderamente importante que no es otra cosa que querer aprender Judo y conseguir dominar los conocimientos mínimos exigibles para tu grado que son exactamente todos y cada uno de ellos, sin excusas de ningún tipo. Y Judoka se es permanentemente, no solo en el Dojo o sobre el tatami, desde que te levantas hasta que te dormís e incluso mientras lo haces, sos Judoka.

sábado, 28 de abril de 2018

Mañana entreno.


Con el paso de los años poder ir a Judo se hace complicado. Trabajo, familia, la perdida de facultades, lesiones mal curadas y el paso inexorable del tiempo que desconoce la piedad y no da cuartel se conjugan para que abandonemos; y cuando nos animamos, tras ponernos el Judogui descubrimos horrorizados en el calentamiento que no somos capaces de seguir el ritmo, ninguno; para cuando empieza lo divertido ya somos conscientes de que ha sido un error pretender volver a entrenar, retomar el estudio del Judo. Nuestra cabeza va y bien, el cuerpo se lamenta y no llegamos a nada, todo nos sale torcido al parecer gracias a un desface entre lo que la mente ve y pide y el cuerpo se digna a ejecutar y para colmo no entra suficiente oxígeno en los pulmones.             

Mil razones, cientos de obstáculos se interponen entre la clase de Judo y los que pasan de treinta años, cada día se ven menos veteranos en los tatamis, en los Dojos y a lo escrito se le suma que los jóvenes no cuidan debidamente a los que por edad ya no están en sus mejores condiciones físicas y madrugan para ir a trabajar por lo que tras unas cuantas caídas de las que pican a cualquier edad se dejan el estudio del Judo.                             

Personalmente creo que también pesa mucho el orientar todo a la competición, al retirarse pierden la motivación, creen que han cumplido pues les han enseñado que la competición lo es todo; nunca los prepararon para ser ejemplo de los que recién desembarcan, para transmitirles la sapiencia adquirida tras años de sudar Judoguis y fajarse en campeonatos que también enseña muchas cosas que de otra manera no sé adquieren; siempre se nota quien ha competido, su Judo tiene otra dimensión; eso implica que los jóvenes se pierdan un componente importante, un aditivo que solo dan aquellos que llevan muchos años estudiando al Judo. Yo tuve a Alfredo Melera y Jauja entre otros además del aporte de los Senseis que por si solos no pueden hacerte asomar a lo que se siente entrenando con gente que tiene una dilatada experiencia en el estudio del Judo.

No soy ninguna excepción. Sorteo obstáculos y a mi naturaleza, el vago que llevo adentro siempre tiene excusas, millones; pero el judoka que intento ser prevalece, se impone rotundo y encara ir a la clase e intenta seguirla, aguantarla, aportando como mínimo el pundonor de la entrega. Pasado de peso, desentrenado, lento y sin frescura; a estas alturas es un asunto médico, es la terapia con la combato mi enfermedad y los sinsabores de la vida, pero es algo mucho más profundo y denso o mañana no iría a competir. Si, mañana entreno, compito en un campeonato donde no se espera que vayan quienes destacan y podemos entrar quienes queramos y nos animemos.               

El simple hecho de inscribirse es Ippon. Saludar al tatami y subir dispuesto a hacer Shiai ya es Ippon. Salga como salga, pase lo que pase, ya es Ippon.
No importa que el reglamento haya cambiado mil veces desde que deje de competir asiduamente y de arbitrar, no importa mi condición física, no importan los 48 eneros, nada importara mañana excepto ponerme bien el Judogui, atar el cinturón como le gustaría a Jigoro que todos se lo atasen, hacer un buen calentamiento y dar lo mejor de mí.
Es hoy cuando entiendo al Viejo Firpo, cabalmente, si dejas de entrenar seriamente, sino competís, dejas de esforzarte pues en la clase estas en zona de confort, tus compañeros te miman y cuidan con exquisitez, tratan de que no se note pero se les nota a los guachos; el Sensei se mantiene alerta para frenarte cuando ve que no hay manera de que aceptes que existe el freno y hay que usarlo; pero si salís de tu dojo las cosas cambian y no hay nada como unos buenos Shiai para saber dónde estás parado realmente. 

Lo dicho: mañana entreno. Y es domingo, podría hacer muchas cosas: sofá, dormir hasta las 16, ver tv, bobear en internet, escribir una entrada para este blog, seguir con la novela (Denisse se me resiste, llevo un año puliéndola y falta trabajo), leer o inventar hacer tortas fritas, pero no haré nada de eso, iré a entrenar.

¿Cuál es tu excusa para no entrenar? ¿Y para no competir? 


sábado, 30 de diciembre de 2017

El Arte de aprender Judo.

Todavía quedan testigos de cuando empecé a estudiar Judo, unos pocos me leen; y es a quienes se les puede preguntar quién era cuando pisé un tatami por primera vez. Que capacidades, lastres o condiciones atesoraba entonces y si pechan duro, pregunten si cumplí sus expectativas, si superé los limites evidentes que poseía y en que medida. Pregunten si esperan algo más, pregunten cuantas veces les deje pensando que haría falta trabajo, mucho por mi parte y por su parte y dosis extremas de paciencia… pregunten cuantas cosas les parezca; algo es seguro: nunca imaginaron que un día escribiría sobre lo que pienso y siento del Judo. Eso ha sido una sorpresa para todos, me incluyo.
Y otra cosa es cierta: no tenia el arte de aprender Judo y no arrancaba con ventajas físicas, emocionales, espirituales o de otra índole. Probablemente ser hijo del Viejo Firpo era mas lastre que otra cosa; si bien a la larga significo que el Sensei Marcelo Erlich aceptara hacerse cargo de continuar con mi formación. Y de paso que otros Judokas, teniéndolo en cuenta, era un Firpo, se aplicasen a colaborar en la ingente tarea de transformar al adolescente en algo que pudiese confundirse con un igual, un judoka.
Lo que si tenía es esa cabezonería que me es característica, una tozudez de fabrica legendaria y miedo a mis abismos; no era rápido, ni fuerte y ni siquiera me distinguía por mi coordinación que sigue siendo bastante lamentable. Y tenia una meta, un objetivo primario: aprender a mantener bajo control mis impulsos.
Con esa materia prima empezamos, ellos y yo a trabajar. De muchas cosas no me percate, de otras fui consciente, como decidir hacerme zurdo que era pasar a ser ambidiestro; como de procurar jamás hacer trampas arbitrando o con los cronómetros en las mesas o en un pesaje, tanto si pesaba como si me pesaban. Y un conjunto de cuestiones se fueron dando paulatinamente: el cuello dejo de ser el de un gorrión, las manos se fortalecieron y la capacidad de soportar el dolor creció exponencialmente; tanto el que generan las lesiones como el que puede llegar a darse en un combate de suelo cuando se trabaja de verdad y se buscan los limites para cruzarlos e imponerse otros.                                                                                                                                     
Paulatinamente descubrís a los Senseis observándote con una mirada nueva que no comprendes; al tiempo se le suman los cinturones avanzados y te da por pensar que estos te estudian para buscar soluciones que aplicar en los randoris que hagan contigo; pasarán años hasta que comprenda que están prestando atención a mi Judo: ¡Están valorando todo el trabajo que hago, como me muevo, como agarro, cuando o porque cambio de agarre y de lado, como preparo las emboscadas y como las llevo a cabo! ¡Disfrutan tanto como yo! Me observan conscientes de todo el trabajo que implica haber llegado hasta acá y hacer lo que hago que se sale de lo cotidiano, de lo que es esperable; la dificultad técnica que enraba y por encima de todo que lo haga desde mis limitaciones, que convierta a las mismas en virtud. Valoran que no me importe caer, asumir riesgos e intentar cosas nuevas; que siempre tenga una respuesta o que parezca ser así y que, en cada clase, en cada caída, en cada entrada, en cada randori entregue todo el Judo del que soy capaz. Aprecian que les enseñe a mis compañeros a mejorar e imagino que si se pudiera sentar mi actual Sensei con Marcelo Erlich o Michael Estol para hablar de mi cuando era adolescente podría entender esas cosas que se le escapan observándome, pero intuye. Disfrutarían de esa charla, todos, ellos y ustedes si pudiesen presenciarla.
Sigo sin tener nivel para ser un campeón. Eso es rigurosamente cierto. Probablemente no le ganaría a ninguna leyenda del Judo en su espectro de competición, ni siquiera a quienes ya se han retirado, pero podría compartir una clase con cualquiera de ellos, se caer razonablemente bien. Sigo teniendo carencias, infinidad, sigo siendo un aprendiz; sigo intentando ser un Judoka. Por supuesto sigo aprendiendo a controlarme.                                        

Soy consciente de todo lo que no se y me falta aprender; de que no llegare a abarcarlo todo y de que he llegado a dominar el arte de aprender Judo, esa capacidad que hace posible que te acerques a sus complejidades y/o sus bases con la predisposición de trabajar cuanto sea necesario en aras de poder, algún día, conocerlas qué es dominarlas.                                                                                                                                                                                                                    
He tardado en comprender que aprender Judo es un Arte en si mismo y a estas alturas acepto que esa lentitud que arrastro desde siempre para captar la esencia del Judo ha sido una virtud pero que no me es propia, es inherente al Judo que esconde sabiamente su poder para proporcionártelo dosificadamente a medida que lo necesitas. Poder mental, físico y espiritual, la Trilogía: En un cuerpo sano puede existir una mente sana y si ambos lo son, el espíritu también lo será; si los tres son sanos y fuertes, tu serás sano y fuerte.  




jueves, 5 de octubre de 2017

Gyaku-Sumi-Gaeshi.

Estoy trabajando fuera de Valencia, he buscado un Dojo donde seguir entrenando, estudiado, aprendiendo Judo.
En un póster de tecnicas de Judo que tiene pinta de llevar años en la pared habia varias secuencias de distintas técnicas que vi el primer dia pero que no mire de verdad hasta pasado un mes.
Llegue temprano como tengo por costumbre y subí al tatami que estaba desierto, salude a Jigoro, las viejas  costumbres pueden estar mal vistas en la actualidad y probablemente ya soy un dinosaurio pero no importa, no me importa, honrare a mis Senseis y eso sí que importa, me importa; salude y observe los pósters. Los recorrí; llegue al final, había  empezado por el fondo y el que estaba junto a la puerta tenía el regalo esperando a que yo y/o cualquiera que fuese capaz de mirar, de ver, lo hiciera:
Gyaku-Sumi-Gaeshi.

Sonreí. Si, ameritaba hacerlo, llegar a ese punto, estar en ese Dojo era una conjunción de circunstancias, de azares, de imprevistos y una interminable busqueda de conocimientos y ahí tenía otra perla, otro tesoro que solo podía llegarme si recorría el camino que me llevo a pararme frente a ese póster.

Una variante para la tecnica mas efectiva que tengo hoy por hoy; tan simple, tan impensable como inesperada y que me llega por el método que tantas veces intentara hacerme adquirir el Viejo Firpo y que a mi me cuesta tanto usar: interpretar viejas fotografías. En este caso la vi claramente, sin problemas.

Recorrer el camino no siempre es fácil. Superarse, lidiar con nuestras flaquezas requiere un esfuerzo constante, permanente; no faltar ni abandonar a pesar de todo lo que conspira para que pase; aceptar que costara y llevara años, décadas de dedicación, trabajo, esfuerzo; miles de horas transpirando, robadas a la familia y los amigos; a las fiestas o al tentador sofa; conservando las costumbres que se van desdeñando, la etiqueta que siempre nos distinguió y nos distingue. Que nos distinguira en el incierto futuro que afrontarán las nuevas generaciones de judokas.
Nada fácil...pero...parado en ese tatami; con Jigoro observandome la espalda me sentí privilegiado de seguir buscando aprender Judo.
A saber donde esta la proxima perla o cuánto demorara en materializarse o si eso llega a pasar...a saber. Claro que si quiero optar a recibirla solo tengo que seguir traspirando judoguis con la misma entrega; es el camino tal y como me mostraron los Senseis que a pesar de mis limitaciones, aquellas y estás, me proporcionaron las bases para poder recorrerlo y me siguen guiando en la actualidad.

Al final siempre se ha tratado de escucharles, a los Senseis y aprender de ellos; y con el tiempo comprender que nos querian decir hace 20 o 30 años; para optar a conseguirlo hay que mantenerse en el camino; la única manera de aprender a ver y entender una técnica que espera emboscada muchos años en un póster hasta que incautó te paras adelante preparado para comprender tras ser capaz de ver. Y tal vez, tal vez, parecerte un poquito a ellos por como te atas el cinturón.

sábado, 16 de septiembre de 2017

Consciencia.



Ser consciente de que estas consiguiendo el objetivo, el único importante, el definitivo, no es fácil cuando aparentemente no te cuesta alcanzarlo y mantenerlo.
Y no te cuesta  pues haces todo enfocando, enfocandote en conseguirlo. Te han dicho, te han enseñando y has aprendido lo que tenes que hacer y lo haces sin planteamientos futiles; es lo que debes hacer si queres llegar a superar  el desafío sin permitir que nada te distraiga o desvíe. Nada.

Tanto éxito, medido en más de un lustro puede, podría hablandarte, volverte perezoso, dejado, hacerte perder perspectiva; la perspectiva que necesitas para ser consciente de cual es el objetivo y lo que hay en juego, evitando asi caer en la tentación de olvidarte del desafío, cayendo en la trampa que genera la normalidad.
Trampa por cotidianidad, por normalidad; la temida y temible rutina. Esa que tantas cosas devora, fagocita y que muchas veces no sabemos como enfrentar ni mucho menos que estrategias usar para contrarrestar.
La excepcionalidad, aquello que esta fuera del gráfico, permanece en tal condición el tiempo justo en que se disfraza de normalidad para embaucarte y hacerte meter la pata hasta el fondo; entonces es tarde. Perdiste la perspectiva. No fuiste consciente del peligro, del riesgo por lo que dejaste de hacer lo que debías en aras de conseguir llegar al objetivo y mantenerte en él.

A mi no me pasa. No respecto a la bipolaridad, esa amenaza permanente, el enemigo que convive conmigo, parasitandome. En otras cuestiones no tengo tamaña capacidad, ni de cerca; en esta no hay un solo átomo de mi ser que se permita desfallecer, dudar, bajar los brazos; todos trabajan para evitar una recaída; tanto y tan efectivamente que llegó a no pensar en mi peligrosa situación, en los riesgos que corro y/o asumo, no estoy pensando en ella pero trabajo constantemente para mantenerla a raya.

Duermo, me obligo a dormir pues es parte de la estrategia o es una del conjunto de las mismas, una importante. Sigo alejado de las drogas; nunca creí que pudiera hacerles frente con garantias y serían letales para mi en mi nueva condición.
Y lo mas difícil: no proyectó, no pienso en el futuro. Vivo hoy, aca, ahora. Evito preocuparme para que la presión no aumente, es negativa, perjudicial. Eso me cuesta horrores; aprendo a hacerlo día a día.

Por último voy a Judo. Entreno con ganas, me entregó; empapo el judogui. Pare dos meses, tense la cuerda al máximo sabiendo que no solo me la jugaba, además no cumplía con el trato establecido con mi psiquiatra. Que ella no lo sepa es anecdótico pues yo lo se y con eso sobra. Sin medicación estandar, limpio de drogas, me trato con Judo. A mi me funciona y mientras lo haga, sera lo que use como medicación. Algún día no bastará, cuándo no pueda entrenar dando todo lo que tenga en cada clase, entonces aceptaré medicarme, solo entonces.

Hay mucho de mi en esta estrategia que uso; hay una historia de vida que la sustenta, hay un todo de Rafita trabajando por y para Rafita. Hay un amor inmenso; hay una entrega mutua sublime y sin condiciones: Dame toda tu energia, cada gota de sudor en cada clase, a cambio te hare fuerte, flexible, adaptable, te ayudare a luchar con tus demonios, haremos que ese ego se vaya achicando, que el orgullo no te ciegue y te proporcionate una red de contencion que abarcara cada aspecto de la vida. No podre hacer que ganes todas tus batallas, pero te ayudare a evitar algunas. Te proporcionare maestros, compañeros que se haran amigos y lugares donde la tranquilidad espiritual, la paz y el respeto seran la norma. Me llaman Judo y tengo casi todas las respuestas que te atormentan; estudiame con honestidad, regalame tu sudor y nunca te abandonare.

Consciente, conscientemente recurro a las estrategias que me pueden ayudar a no terminar internado en Psiquiatría; otra ves. Hay periodos de tiempo en que no tengo consciencia de lo eficaz que estoy consiguiendo ser; la normalidad disfraza cualquier gesta de simple rutina camuflandola perfectamente y propiciando que te olvides de la excepcionalidad de tu realidad asi como de  tus logros.