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jueves, 25 de diciembre de 2014

Ajustar cuentas.


Los guachos juegan al fútbol en un campito. No hay arcos, ni está delimitado, excepto, por el muro coronado de vidrios, de una casa. Gritan, se animan, piden a la reina y se recontra calientan cuando alguno se la morfa mal y la pierde. De potreros así, salieron y salen jugadores que terminan jugando en la Celeste y hacían exactamente las mismas cosas o casi. Llevan horas y no pararan, hasta que la oscuridad les eche. La reina, va y viene, su cuero está bastante desgastado y algún hilo ya esta reventado y deshilachado anticipa el final del hermoso juguete, al que nadie considera tal y que les convoca, en una reunión pagana, a cada rato. Dejo de ser redonda hace tiempo, esa forma ovalada desencadena extraños efectos que solo algunos han domesticado, los demás porfían y no consiguen meterla donde quieren. El pase largo era una idea excelente, si salía, no solo fue fallido, no, encima, la reina cayo del otro lado del muro y todos los guachos, miraron al retrasado que la había tirado, no importaba que la idea era una genialidad que habría dejado al Pájaro solo, mano a mano con el Pato y eso era gol, si no salio, no vale, como en el Estadio los domingos, igual. Le tocaba ir a rescatarla. El dueño de la casa, era un rematado hijo de puta, siempre les puteaba, era grosero y le molestaba que jugaran al fútbol junto a su casa. Pedirle la pelota era inevitablemente, un trago amargo. Armándose de valor el Chueco, el retrasado que se creyó El Profe, arranco para el portón, aunque no llego a tocar timbre, el vecino le tiro el cadáver acuchillado de la pelota que cayó a sus pies, convertida en un pedazo de basura, exterminada su magia, que hacía a los guachos perseguirla, divirtiéndose, gritando y quemando horas y horas, sin hacer travesuras o sin delinquir, directamente sin delinquir.                                                

Se disolvieron insultando al vecino desgraciado, escupiendo terribles venganzas y preguntándose de donde carajo, sacaban otra pelota. Decretaron que el Chueco tendría que conseguir una, el la tiro al otro lado del muro, el debía conseguir otra. Era una sentencia inapelable y todos lo sabían, el Chueco fue a su casa, agarro la bici y se fue a merodear por las canchas de un colegio donde cada uno de sus alumnos, tenía una excelente pelota. Si, fue a robar la magia a otro barrio, uno donde sobraba. A las horas volvía a casa, con una flamante pelota metida, abajo en la camiseta, pero la guardo, antes de dársela a los demás, quería ajustar cuentas. El Chueco esquilmaba cada árbol frutal y todas las parras del barrio, solo se salvaba, la casa con muros coronados de vidrios. Estos podían ser eliminados pero el perro que patrullaba entre los muros era una fiera y el dueño de la casa, capaz de tener una escopeta, cargada con sal gruesa como mínimo; eso le había disuadido siempre, ahora no; la venganza es un derecho para el ofendido o ultrajado, máxime cuando nadie le velara sus derechos. Trece años son pocos o muchos, depende. Era un niño que no lo era en absoluto; para algunas cosas había nacido preparado, si se trataba de ser violento y elucubrar una venganza que debía ser ejemplar, era el único capacitado para pensarla y ejecutarla. No dijo nada de las ideas que manejaba, a nadie. Era su escaramuza y si le agarraban o salía mal, solo él, pagaría el precio, si ganaba, seria victoria de todos. Los códigos están para algo. Con astucia de animal salvaje, espero que el dueño de la casa saliera con su coche, eso descartaba la escopeta. Un pedazo de carne envenenado, desactivo los colmillos, esa era la parte que menos le gustaba, pero el mensaje tenía que ser claro y firme. Con un pedazo de ladrillo rompió los vidrios del muro, un metro más o menos de largo, una manta doblada, puesta encima del muro, donde ya no quedaban vidrios; le dio acceso al patio. Lo primero fue degollar al perro y evitarle más sufrimientos, lloro con amargura al hacerlo, una amargura profunda, sabía que jugaba con poderes que le quedaban grandes y no se engañaba respecto a si mismo, ni un cachito. Un serrucho Japonés, curvo, de sierra especialmente diseñada para cortar ramas, entro en acción. Las parras fueron las primeras en ser cortadas a pocos centímetros del suelo. Los árboles frutales que tenían un tronco accesible, cayeron cortados: varios limoneros, naranjos y tangerinos, un ciruelo y un manzano. Los de tronco grueso, vieron cortadas sus ramas: dos higueras, el laurel y uno que no sabía que era, pero asesino igual, con saña, frialdad y una determinación que hasta le dio miedo, al reconocerla. Salió por donde había entrado, saco la manta y se esfumo, seguía llorando. De pasada, devolvió el serrucho que había robado, cuando salió del cobertizo, su dueño le estaba mirando, ese niño le usaba las herramientas sin pedírselas, nunca se las quedaba ni las rompía, solo se las llevaba y después las traía, dio un paso al costado y le dejo irse. Verle jugando con su perro, como lo acariciaba y como le hablaba, siempre le maravillaba, ese perro quería mas al niño que a él, una punzada de celos lo atravesó y sin llamar al perro entro en la casa, no era maduro, claro que no, pero no era como para serlo, Boby durmió con el niño, bajo su cama, con otros perros, velándole las pesadillas que le inquietaban, sabiendo que en su casa no era bienvenido esa noche.                                                 

Antes de abrir el portón supo que algo no iba bien, no veía a Hueso, haciéndole fiesta, la casa parecía lúgubre. Cuando lo encontró, se sintió furioso, en la casa no faltaba nada, no entendía que había pasado y recién a la mañana, tomándose un café, cuando miro por la ventana y vio a su amado jardín, empezó a hacerse una idea. Pero fue cuando encontró la pelota que había destrozado, puesta en el tronco del laurel asesinado con extrema vileza, ojo por ojo y diente por diente, que entendió claramente. Los guachos corrían tras una reina nueva, flamante, redonda y obediente. Gritaban con entusiasmo, se insultaban con determinación y reían con toda la boca. El Chueco había cumplido al reponer la pelota perdida. El partido se paro cuando el vecino apareció, todos callados, preparados para rajar si las papas quemaban.

-Les traigo una pelota nueva, porque les rompí, la que tenían. Devolveré cada pelota que caiga en mi jardín, solo pido que nunca más, nadie, me mate a ningún perro, ni me destroce el jardín.-                                                                                           

El silencio que sigue a las palabras es intenso, todos los guachos miran al Chueco, si alguien hizo algo, fue él, si nadie sabe nada, fue él, si un adulto achica y recula, fue él; así lo deschavan y el vecino le estudia, no le gusta nada lo que ve, nada, nada, nada. No baja la mirada que parece afiebrada, detecta la agresividad, la furia apenas contenida y no puede tener ni quince años. Se va, bajo la mirada del guachaje que nada mas le pierde de vista, reanuda el juego. Todos y cada uno palmean al Chueco, ni le preguntan que hizo, nunca lo dirá, pero si domo a ese hijo de puta, entonces, todos ganan y se trata de eso, ganar alguna de vez en cuando, claro que si el Chueco esta de tu lado, hermano, la batalla podrá perderse pero el enemigo saldrá escaldado. Suena el timbre y el hombre sale, parado en el portón esta el niño que con seguridad le mato a Huesos y destrozo el jardín. Acunado en sus brazos un cachorrito, duerme.

-Tiene un mes, es hijo de mi perra. Cuídelo por mí.- Se lo da, gira y se aleja.

El Chueco no puede resucitar al perro que asesino, ni arrancarse del pecho, el dolor que eso supone, algo le dice que regalando un cachorro de su perra adorada, aliviara el dolor de su enemigo, puede que sea ofrenda de Paz y puedan tenerla en adelante. Y puede, puede, sabe que no, que le perdonen el pecado de haber asesinado al perro. El miedo a sus abismos le acompaña a casa, su madre le acaricia, su niño crece rápido, está hecho un hombrecito; muchos dirían que es algo más que eso, parece un niño desvalido, jajajajajjajajja, guambia, quien se lo crea, el guascazo, llegara por sorpresa y será devastador.

viernes, 6 de junio de 2014

Judo hablando.


Cuando  recién  empezaba  a  caminar  al  Judo,  existía  una  costumbre,  que  consistía,  en  un  día,  a   la  semana,  jueves  o  viernes,  según  fuera  uno  u  otro,  el  ultimo  día  de  clases;  al  estar  ya  duchados,  subíamos  a  la  cafetería  del  Club  Neptuno,  donde  por  entonces,  entrenaba  y  charlábamos.  ¿De  qué?  De  esto,  aquello,  de  todo  y  de  nada.  Bueno,  hablaban  más  los  Senseis  y  alumnos  aventajados;  que  los  aspirantes.  También  se  hablaba  de  Judo,  y  te  contaban,  la  historia,  para  que,  la  fueras  aprendiendo  poquito  a  poco  y  supieras  de  donde  venia,  eso  que,  aprendías.  O  el  significado  del  saludo,  cuantos  tipos  de  saludo  pueden  hacerse,  no  ya  en  Judo,  en  la  vida  y  las  diferencias  que  entrañan.  O  te  decían  porque  descalzo  no  debías,  ir  hasta  el  tatami  o  desde  este,  al  vestuario;  porque  el  Judogui  va  correctamente  atado,  desde  el  vestuario  y  vuelve  igual.  Te  explicaban  que  cuidar  al  débil,  al  que  sabe  menos  y  en  general  a  todos,  era  una  obligación  e  ir  a  buscar  a  los  fuertes,  técnicamente  superiores  o  gigantescos  y  hacerlo  con  valentía  y  determinación,  era  otra  obligación;  igual  que  hacerlo,  con  cuidado:  se  estaban  dejando  y  eran  osos  muy  fuertes,  no  convenía  hacer,  nada  inadecuado,  se  enojarían  y  te  enseñarían  a  la  manera  Judoka,  proyectándote.  Cosas  así,  se  hablaban;  o  de  cómo  iban  las  notas,  como  te  portabas  en  casa,  si  habías  decidido,  que  estudiarías,  etc. Ahora,  todos  hablamos  por  internet: Facebook,  Messenger,  Skipe,  teléfonos,  Twiter  y  un  largo  etcétera,  pero  llegamos  al  tatami  y  seguimos,  hablando  bobadas.  Hablamos  más  y  nos  comunicamos  menos  y  además,  lo  usamos  como  excusa,  si  hablamos,  no  entrenamos  y  no  queremos  entrenar,  eso  de  hacer  entradas,  20  seguidas,  es  de  retrasados,  ¿cinco  combates?  Jijijijjijji,  ¡enfermo,  ni  loco!  Creo,  que  deberíamos,  volver  a  instaurarlo,  no  sé,  probar,  ver  si  así,  hablamos  menos  en  clase  y  hacemos  5  series  de  20  entraditas,  de  nada,  al  80 %,   por  los  dos  lados,  como  para  calentar  bien.  ¿Para  qué?  Dirán  con  razón.  Bueno,  para  aprender  un  poquito  de  Judo,  que  no  es  solo  tirarlo  al  otro,  como  una  bolsa  de  papas.                                                                                                                              Y  para,  vivir  algo,  como  lo  que,  relatare  a  continuación.  Durante,  casi  9  años,  me  pase  intentando,  llegar,  por  la  espalda  de  mi  Sensei  y  simplemente,  tocarlo.  Solo  tocarlo,  hola,  te  cace.  Es  un  juego,  como  tantos,  que  esconde  muchas  cosas,  como  todos. No  había  manera,  no  hubo  manera.  Fui  incapaz,  de  llegarle,  de  sorprenderlo.  Mejore  mi  táctica,  intentándolo  desde,  antes, que  me  viera  y  sin  dejarme  ver,  cambie  de  técnica:  no  lo  miraba,  no  fijaba  la  vista,  usaba  los  rabillos  de  los  ojos,  para  no  alertarlo,  como  hacemos  los  cazadores  y  dicen,  que  hacían  los  Ninja  y  se  positivamente,  que  es  técnica  usada  por  los  soldados,  de  fuerzas  especiales,  con  especial  incidencia  en  los  que,  son  de  infiltración  temprana.  Nada,  me  cazaba,  él,  a  mí,  siempre,  no  invadía  sus  10  metros  de  radio,  no  había  fuerza  humana,  pero  no  ceje,  no  afloje  y  si  alguien  adivina  porque,  le  daría  una  palmada  en  la  espalda.  Su  sonrisa  amplia  y  luminosa,  disfrutaba,  disfrutaba,  viéndome  intentarlo;  no  sé,  si  le  parecía  divertido  o  simplemente,  valoraba  mi   constancia  o  me  prefería,  haciendo  eso,  que  pensando  imbecilidades  y  poniéndolas  en  práctica,  lejos  del  tatami  y  su  influencia.                                                                                                                               Una  tarde,  camino  hacia  su  casa,  es  un  sábado  o  domingo,  de eso,  no  me  acuerdo,  frente  a  su  casa  había,  una  placita  y  desde  lejos,  desde  bien  lejos,  cuatrocientos  metros  o  alguno  más,  lo  vi,  estaba  sentado,  dándome  la  espalda  y  su  guachita,  jugaba  frente  a  él.  Me  pare,  y  analice  el  terreno,  los  arbolitos  no  daban  cobertura,  el pasto  estaba  bien  cortito,  esa  franja  de  terreno,  entre  edificios,  estaba  despejada,  algunas  personas,  caminaban,  entre  él  y  yo  y  eran  mi  única  cobertura.  Lo  aleje  a  un  rinconcito  del  cerebro,  deje  de  pensar  en  él,  pase  a  mi  novia  y  en  piloto  automático,  camine,  convertido  en  uno  más,  de  los  paseantes  y  la  Flaca,  danzando  en  mi  cabeza.  No  fui  recto,  hice  cambios  de  sentido,  naturales,  con  suavidad,  mantuve  la  mirada  abajo  y  llegue  a  tres  metros.  ¡Tres  Metros!  Considere  saltar,  jjajajajajja,  me  mata,  si  le  llego  de  un  salto,  me  hace  moco  y  más,  con  su  hijita  ahí,  perdí  la  concentración,  solo  tres  metros  y  te  tengo  pensé  y  ¡se  giro!  No  era  ET,  ni  lo  es,  solo  entrenaba  duro,  él,  siempre  entrenaba  duro,  aun  siendo  Sensei  y  dando  la  clase,  con  lo  difícil,  que  llega  a  ser  eso  y  yo  fui  incapaz,  de  tocarlo,  sin  que  supiera,  que  llegaba. Años  después,  necesite  algo  parecido  a  eso,  que  él,  tiene;  y  ser  yo  la  presa  y  me  acorde  del  juego  inútil,  que  no  lo  fue  en  absoluto;  porque,  yo  no  tengo  esa  capacidad,  lo  suplo,  moviéndome  y  vigilando  mi  entorno,  detectando  la  amenaza,  con  tiempo,  bueno,  ya  no  lo  hago,  pero  durante  5  años,  me  vi  obligado  y  solo  necesite  pensar  en  él  y  supe  cómo  solucionarlo. Únicamente,  entregándote  en  cada  clase,  aprenderás  Judo.  Hablando,  haciendo  preguntas,  evitando  el  esfuerzo,  recostado  a  la  pared,  tirado  en  el  tatami,  faltando;  no  profundizaras  nada,  no  aprenderás  Judo.  No  sabrás,  de  que  hablo.                                           

sábado, 12 de abril de 2014

Con Judo me defiendo.


Con  cierta  frecuencia,  me  dicen  que  el  Judo,  no  es  válido  como  Defensa  Personal,  porque  en  la  vida  diaria,  nadie  va  de  Judogui  y  las  técnicas  son  inocuas.  No  tendríamos  de  donde  agarrarles  y  como  además  no  golpeamos,  derrotar  a  un  oponente  o  más  de  uno,  nos  sería  imposible.  Por  supuesto,  esas  personas,  no  han  hecho  ni  siquiera  una  clase  de  Judo;  las  que  conozco,  que  si  han  hecho  una,  como  mínimo,  reconocen  que  el  Judo  tiene  posibilidades.  Es  suficiente  con  que  les  despegues  del  piso  o  sientan  un  poco  el  trabajo  en  el  suelo  y  ya,  si  los  pones  con  mimo  en  el  tatami  e  imaginan  lo  que  debe  ser  caer,  si  un  Judoka  quiere  darte  contra  el  tatami  y  si  es  fuera  de  este,  entonces  seguramente,  dolería  mucho  y  podía  fácilmente,  dejarte  fuera  de  juego.  Perciben  el  poder  que  escondemos,  con  sabiduría,  mucha  sabiduría.  Me  lo  dijo  un  amigo  ayer,  un  Budoka  de  verdad,  no  de  boquilla  y  no  es,  porque  me  lea,  sobra  entre  nosotros,  darnos  cera;  y  tiene  razón:  la  mayoría  desconoce  la  realidad,  las  peleas  en  la  calle.  Un  Dojo,  un  Gimnasio,  un  lugar  entre  gente  amable  y  educada,  que  le  cuesta  intentar  pegarte  cuando  se  lo  pedís,  para  entrenar  algo;  no  se  acerca  nunca,  a  una  pelea  de  verdad,  donde  ni  somos  educados,  amables  y   ni  siquiera  humanos  y  tendemos  a  olvidarlo,  demasiadas  veces.   Por  otra  parte,  está  el  tema  de  poder  probar  las  técnicas  a  fondo:  patear,  pegar,  clavar,  cortar;  usar  cualquier  objeto,  susceptible  de  convertirse  en  arma  y  hacerlo  de  verdad.   Es  inviable,  no  podemos,  hay  que  conformarse  con  marcar  y  simular,  buscando,  el  máximo  realismo  posible,  estar  lo  más  cerca  de  la  realidad  que  podamos. Claro  que  nosotros,  tenemos  algunas  características  que  nos  posicionan,  ventajosamente  que  son:  1-  Hacemos  las  técnicas,  de  la  misma  manera,  siempre  y  las  repetimos  tal  cual,  en  cualquier  situación.  2-  No  usamos  golpes,  te  golpeamos  contra  el  piso  y  podemos  incluso,  caerte  encima,  maximizando  el  impacto,  ya  de  por  sí,  duro.  3-   Dominamos  la  distancia  cero,  si  conseguimos  llegar  al  cuerpo  a  cuerpo,  imponemos  nuestra  ley.   4-  Los  campeonatos,  dan  otra  perspectiva  más  cercana,  más  realista  en  muchos  aspectos:  trabajar  ahogado  y  con  estrés,  entre  otros.  5-  Todos  los  potenciales  enemigos,  tienen  brazos  y  cabeza,  donde  prendernos.   6-  Fuera  del  tatami,  quien  caiga,  difícilmente  se  levante.  7-  Dominamos  el  suelo,  no  es  lucha  válida,  para  más  de  un  adversario,  en  general;  pero  si  es  uno  solo,  llevarlo  al  suelo  y  controlarlo,  es  fácil.  8-  Jardineras,  coches,  paredes,  rejas,  papeleras  y  bancos  nos  proporcionan,  excelentes  oportunidades  de  ejercer  como  tatami,  para  nuestros  agresores,  resultan  definitivas  y  solo  se  usarían  en  casos  extremos.   9-  Dominamos  los  desequilibrios.  No  le  damos  importancia  y  lo  vemos  como  natural;  un  agresor  desequilibrado,  no  tiene  punto  de  apoyo  firme  para  golpearnos  y  ya  contamos  con  la  ventaja  necesaria,  para  llevarlo  al  piso  y  poner  fin  a  la  amenaza.  10-  Cualquier  intento  de  abrazarnos  el  cuello  u  otra  parte  del  cuerpo,  nos  da  ventaja  inmediata,  porque  estamos  acostumbrados,  no  nos  sorprende  ni  nos  asusta.  11-  Tenemos  el  cuello  adiestrado,  estrangularnos  puede  resultar  imposible,  una  mala  idea.  12-  Sabemos  caer,  no  le  tenemos  miedo  al  piso,  ventaja  nada  desdeñable. A  todo  esto,  sumémosle  que  un  Judoka,  puede  elegir  la  intensidad  del  estropicio  que  quiere  hacer.  Puede  dominar  y  controlar,  evitando  producir  daño;  puede  hacer  algo  de  daño;  puede  hacer  mucho  daño  o  puede  asegurarse  de  que  no  se  levanten,  según  sea  la  situación.  No  es  una  cuestión  menor,  contar  con  ese  abanico  de  opciones  a  disposición,  nos  dan  flexibilidad  y  la  posibilidad,  de  siempre,  cuidar  al  agresor  o  poder,  elegir  no  hacerlo  pero  manteniendo  el  control  nosotros  del  daño  que  infringimos.  ¿Cómo  lo  sé?  No  siempre  fui  tan  diplomático,  no  siempre   conseguí  arreglarlo  hablando,  no  siempre  pude  huir,  no  siempre  quise  hacerlo,  no  siempre  iba  solo  y  nunca  mire  para  otro  lado,  si  era  una  mujer,  estaba  sola  y  era  uno  o  eran  varios.  Si  entrenaste  de  verdad,  si  te  tomaste  las  cosas  en  serio,  sentirás  un  nudo  en  el  estomago,  traspiraras,  de  golpe,  mucho,  el  corazón  se  desbocara,  sentirás  miedo,  tendrás  dudas  y  cuando  el  cuello  de  botella  busque  tu  cara,  entonces,  o  sos  un  Judoka  o  estarías  desfigurado  o  muerto.  Un  control  del  brazo  armado,  la  mano  libre  en  la  garganta,  como  arrancando  la  tráquea  y  no  le  di  en  los  testículos,  porque  pensé  en  mi  Sensei,  ya  era  mío,  sobraba  nada  mas,  siempre,  siempre  que  el  Sensei  pueda  sentirse  orgulloso  y  no  le  conté,  por  las  dudas,  lo  que  había  pasado  y  entonces,  me  lo  sacaron,  como  quien  le  saca  una  presa  a  un  Dogo,  difícil,  no  quería  soltarlo,  quería  destrozarlo.   Rompió  una  botella  y  se  me  vino,  no  era  una  broma,  no  lo  fue,  solo  que  yo,  ya  hacía  caso  y  buscaba  mis  limites  en  el  tatami.  El  Judo  ya  ejercía  de  contrapeso,  pensé  en  mis  Senseis,  con  la  adrenalina  al  máximo,  con  el  corazón  desbocado,  furioso,  nunca  hagas  más  daño  del  necesario,  atine  a  evocar  y  les  honre.                                                                                     
Accidentes  en  moto,  caídas  espectaculares,  menos  de  un  segundo  para  decidir;  peleas  donde  caer  al  suelo  habría  sido  el  fin;  otras  donde  mas  valía  ser  rápido,  expeditivo  o  no  lo  contaría  y  las  que  son  mayoría:  correr,  huir  como  un  demonio.  Algunas,  con  enemigos  a  metros,  durante  kilómetros.   Todo  eso,  con  una  clase  de  Judo  tres  veces  por  semana,  casi  dos  horas.  Los  sábados,  correr  20  minutos,  jugar  algún  deporte  o  clase  de  Judo,  dos  horas,  pero  no  siempre  teníamos  los  sábados.  Cuando  me  dicen  que  no  sirve  para  defenderse,  me  entra  la  risa,  pero  claro,  si  no  tenes  ni  idea  de  lo  que  es  una  pelea  callejera,  entonces,  opinas  desde  la  teoría.  Y  hoy,  es  una  actividad  muy  extendida,  opinar  sobre  lo  que  no  se  tiene  ni  idea  pero  se  cree  que  si.  El  Judo  esconde,  es  reacio  a  mostrar  su  potencial,  incluso  a  quienes  entrenan  y  lo  hacen  con  seriedad;  esta  agazapado,  camina  en  tu  calzado,  alienta  en  tus  pulmones,  se  hamaca  en  tu  corazón,  medita  en  tu  mente,  se  amalgama  en  tu  espíritu,  viaja  en  tus  venas  y  paciente,   espera  a  que  la  vida  te   enfrente  a  cualquier  cosa  que  requiera:  velocidad  mental  y  de  toma  de  decisiones,  criterio,  habilidad,  resistencia  física  y  mental,  creatividad,  inventiva,  coraje,  humanidad  y  control,  entonces,  aflora  y  te  ayuda,  sacándote  del  lio;  ese  día  descubrís  que  sos  Judo. Sumamente  efectivo,  extremadamente  efectivo,  incluso  contra  adversarios  de  dos  metros  y  unos  buenos  115  kilos  de  peso  o  mas;  valido  contra  uno  o  varios;  valido  contra  un  objeto  punzante,  un  cinturón,  un  palo  o  una  cadena,  valido,  valido  y  valido.                                       La  sabiduría  del  Judo  es  inmensa,  esconde  por  sistema  absolutamente  todo,  no  solo  a  quien  lo  mira  desde  afuera,  sino  que  incluso,  de  quienes  lo  estudiamos;  la  mayoría,  no  tiene  la  menor  idea,  del  poder  del  Judo  fuera  del  Dojo,  pretender  que  quienes  nunca  han  hecho  Judo,  comprendan  una  parte  de  su  poder,  igual,  no  es  muy  lógico.  Igual  están  todos  invitados/as  a  acercarse  al  estudio  del  Judo,  seguro  hay  un  Dojo  cerca  de  casa,  anímense  y  paciencia,  lleva  tiempo,  pero  se  agazapara  y  esperara,  paciente,  a  que  la  vida  reparta,  entonces,  serán  Judo.