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miércoles, 25 de diciembre de 2019

Hacer un Las Vegas.


Pablo conoce a Mikaela porque es amiga de su hermana y esta la trae a su casa. Es algo común, habitual, otras amigas de su hermana han llegado a su vida, la mayoría no permanece ni deja huella, no es el caso de Viviana y no lo será el de Mikaela si bien Pablo no tiene manera de saberlo. Las cosas transcurren como es habitual: Mikaela le esquiva como una gacela al león. Pablo admira la carrocería de Mikaela, es verano y ese bikini azul es bestialmente perfecto, manteniendo las distancias, no tiene ganas de aguantar bobadas y si va con su hermana tiene que ser boba. Viviana es un caso aparte, sus circunstancias lo son y ser mamá a los quince, definitivamente la hace pasar a estar bajo protección directa de Pablo que así lo ha decretado para horror y pasmo de su hermana que no entiende nada, nunca lo hace.
Mikaela es habitual en casa de Pablo, pero mantiene la conducta de esquivarle, Pablo detecta el miedo y salvo ojearla de lejos, no hace nada. La guacha le gusta, pero no está para liviandades. Ni siquiera se plantea un acercamiento, no lo necesita; nada hace pensar que este ante una candidata a sumar a su vida, también es cierto que Viviana tampoco lo era hasta que se embarazo, la obligaron a llevar adelante el embarazo y a casarse. Embarazada pasó a ser considerada amiga, básicamente por el vacío que le hicieron todos, incluida su hermana con la que tuvo una discusión salvaje; la hizo llorar al visitarla para conocer al bebé, décadas más tarde ella le confesaría que eran lágrimas de vergüenza y que el beso que le dio en la frente seguía quemando. Pablo no hace nada por acercarse a Mikaela, le hace gracia como sale disparada al verle, esa es la mano de su hermana, a saber, que le ha dicho; pero la vida usa dados que no siguen una lógica humana y propicia un acercamiento al hacer que Mikaela le confunda con su hermano, entre a la pieza y se acerque dicharachera a la cama donde Pablo lee evadiéndose en un viaje más placentero, veraz y profundo que el que le pueda regalar cualquier droga.
Al ver su error respingo asustada y reculó como haría una gacela al toparse de frente con un león; fueron tres saltos desesperados hacia la puerta, pero al llegar a esta se quedó clavada, puede que la actitud de Pablo que no se movió y sonrió divertido la espolease; o la curiosidad de verle siempre leyendo o el hecho de que la ignorase, no solía pasarle; la llevó a acercarse con cautela hasta sentarse en la punta de la cama, preparada para huir, algo que finalmente no hizo.
Pablo dejó el libro un rato y charlo con Mikaela que demostró tener cabeza, ser curiosa y tener fondo; era el principio, Pablo lo recordaría siempre, invariablemente reiría comparándola con una gacela. Con los años su regocijo crecería exponencialmente, de gacela nada, era más leona que él y lo fue desde siempre, el caso era que era cachorra en aquel tiempo y podía confundirse con una gacela el tiempo justo de sentarte a hablar con ella un ratito.
No hay como saber que vio Mikaela en Pablo, pero dejó de rehuirle espantada y le fue permitiendo descubrir sus profundidades y lo hizo con una sabiduría milenaria; Pablo sabe que Mikaela se tomó el trabajo de enseñarle a manejar a una mujer, de hacerla disfrutar; como sabe que le mimo cuando toco fondo y le trajo a la superficie. Pablo entiende el regalo que la vida le hizo cruzándole en el camino a Mikaela; las Diosas no viven entre los humanos, Mikaela es una anomalía, mezcla de bruja y maga podría ser una Diosa y tal vez haya sido venerada en la antigüedad como tal; igual fue su esclavo en el antiguo Egipto y será su dueño en el 79234; y nada cambiara esa línea de pensamiento, aunque no cree en la reencarnación.
Nunca fueron novios y jamás lo necesitaron, las intensidades que les sacudían al juntarse eran una delicia que sabían añorar hasta que se volvía a dar. Comparten secretos pesados, de esos que hacen caer imperios o enloquecer a los hombrecitos que se creen duros y son apenas barro. De esos que harían suicidarse a un marido al percatarse de que su mujer, a la que ve como una más, le ha escondido su esencia y profundidad siendo, además, que no ha sido capaz en más de veinte años de convivencia, intuir.
Ellos dos, Mikaela y Pablo juegan a otra cosa, viven sus vidas y su relación con otro enfoque que es el mismo desde que ella decidió descubrir qué clase de tipo era Pablo y volvió sobre sus pasos para sentarse en la punta de la cama y charlar con él.                                               
Escaparse y disfrutarse pasó a ser un desafío a muchas bandas; conseguir tiempo, coincidir y quemar el poco tiempo que robaban, juntos, alimentaba la fuerza del fuego que les amalgama. Ella nunca ha dudado de lo acertado de haber enrolado a Pablo en su vida, que el desgraciado manejase casi nueve horas para tomarse un café y darle un abrazo décadas después de aquella primera charla solo le confirma que hizo bien, otros hombres hacen cosas impensables por ella, tiene suerte, no solo tiene a Pablo si bien fue el primero que llegó para quedarse.
Las etapas donde no pueden verse se salvan por teléfono, WhatsApp o correo electrónico sin histeriquismos como remarca Mikaela en su sabiduría, sin importar si son meses, años o décadas. ¿Se lo imaginan? ¿Son capaces? ¿Esperarían tres décadas para descubrir que parece que fue ayer que estuvieron juntos y dejarse ganar por lo que sea que les une? Shangrila, La Pedrera, Río, Berlín…hacer un Las Vegas le llaman ellos y entre uno y otro pueden pasar décadas. ¡Décadas!
Esos dos saben algo que los demás ignoramos, no queda otra. Verlos compartir entre risas una cama infecta de un cuchitril como si fuese un palacio, hacer la compra o caminar horas y horas al tiempo que se ponen al día de hijos, matrimonio y rutinas, nos fundiría el cerebro a la mayoría. Verlos en un sex-shop comparando juguetes para ella me haría cuestionar mis ideas al respecto, igual me he quedado cortado y debo hacer un esfuerzo para ponerme al día. Verlos disfrutarse impúdicos o como Mikaela le hace durar y durar con traviesa sabiduría sin una queja por parte de Pablo, nos volaría la cabeza. Por eso actúan en secreto, se manejan entre bambalinas, dejándonos a los viles mortales tranquilos porque lo mismo saber que existe algo semejante y que no lo hemos disfrutado jamás, nos vuelve locos. No pasamos de un polvo mal pegado, eso cuando no nos matamos a pajas y esos dos degenerados se aman y hacen el amor, desde hace décadas, sin ponerse límites humanos.


sábado, 24 de febrero de 2018

Compañerismo.


En una sociedad impersonal, vacía, amnésica, desquiciada y sin valores un tipo extraño, muy extraño se maneja con códigos, con valores y demuestra con sus actos que es coherente. No un día ni dos, siempre. Para sus compañeros resulta una anomalía, por lo que dice, por como lo dice y por como trabaja, especialmente por esto último.
Rápidamente descubren que, si pegan el grito, el tipo reporta y se ofrece a dar una mano. Deja de comer y raudo se planta donde un compañero se hunde desbordado. Reporta a las 2105, hace horas que todos terminaron, él todavía tiene que llegar a su casa, pero entra un mensaje con retraso, no mira la hora del mismo y simplemente reporta dispuesto a dar una mano o las dos. Un compañero se queda sin coche y el tipo extraño lo pasa a buscar, arregla para que no se quede sin transporte y pueda llegar al trabajo. Un compañero se duerme en la camioneta y esta se queda sin batería, el tipo extraño va al rescate, pide unas pinzas prestadas de camino y lo saca del inmenso pozo negro en el que se había metido (La historia se repetirá y nadie se enteraría jamás). Vas a cubrir sus vacaciones y el mamarracho te entrega seis hojas a doble cara con la ruta desmenuzada, masticada y accesible, ningún otro compañero lo hizo ni hará. Si te clavan un sábado que tenías libre a ultimo momento, el tipo extraño que sabe que es por su culpa pues se ha negado a ir dado que no lo pagan, se presenta y mano a mano saca el trabajo contigo ignorando a jefes y encargados; él no deja a los compañeros tirados y no todos apostarían una mano a que con ellos se comportaría igual, el tipo extraño puede pasar por imbécil, si caes en esa trampa y te hace la cruz, no hay Dioses capaces de hacerle levantártela. No va de boquilla, no es postureo, es así; se maneja así.
A la misma velocidad descubren que es exigente, duro, insoportable, repetitivo y que le quieren cargando a su lado y a ser posible que tenga ruta cerca porque si las papas queman, tenerle a mano es garantía de ayuda y no es que destaque por su rapidez o capacidad, pero el tipo podría trabajar con mafiosos, sabe lo que es la Omerta y la práctica férreamente; lo que pactes con él, a quien ayuda o quien le ayuda, lo que sea, no se ventila, nace y muere con ese tipo extraño. Tiene empatía y si bien no parece que tenga una religión definida, practica la religión de cuidar a quienes trabajan a su lado; repite como un mantra que ha pasado por muchos trabajos y ha sido nuevo en demasiadas oportunidades como para olvidarlo y no haber aprendido que hoy es por ti y mañana será por mí pero nunca te lo recordara, favor mata favor, un favor no se cobra, se canjea por otro favor; no hace las cosas para recordarlas ni recordártelas, las hace porque le da la real gana y hasta en eso es un tipo extraño.                                                                                                                              
Intransigente, cabezón, nunca llorisquea y hace su trabajo por el que le respetan, puede que no sea consciente de lo que está haciendo, pero eso no quita un gramo de valor a los ojos de quienes si entienden en su justa medida lo que implica su jornada laboral. Es un tipo extraño hasta para eso, enojado, muy disgustado por las circunstancias laborales y la falta de compañerismo de algunos elementos llegara antes de hora y trabajara como un demonio, no importa el magro salario, la estupidez de los jefes, la apatía de los compañeros o la imposibilidad de la carga de trabajo que debe afrontar, simplemente cumple demostrando que tiene coraje y orgullo; todavía están buscando quien haga su ruta, hacen falta tres o dos trabajadores aunque la que fuera su jefa diga que no era tan bueno trabajando y el tipo extraño se recontra cague de la risa al enterarse.
Dice Stallone en Rocky que nadie golpea tan duro como la vida. Nadie. El tipo extraño lo sabe y no le importa, Ella puede fajarlo, pero no cambiara por mas golpes que le dé; cree en esos códigos, cree en esos valores e intenta ser fiel a  mismo. No pretende que todos le quieran, es una quimera, sabe que todos le respetan y ese es su desafío. El respeto se gana. Y la lealtad.  De eso sabe algo.                                                                                                                                                                                         
La Vida vuelve a darle duro, le mete dos manos de las que te derriban; entonces surge el compañerismo, inmenso, desproporcionado, increíble, fuera de cualquier escenario previsible como para hacerle menos pesado el mantener la vertical. El tipo extraño tiene el privilegio de tener en estos momentos trabajo porque un compañero madruga y alarga su jornada para hacer la cuota de trabajo que él no puede llevar a cabo. Si. Tal y como lo leen. Ese compañero de antaño es hoy su encargado, pero no olvida el pasado, como diría el tipo extraño: no se permite tamaña desgracia. Tanto es así que arregla con el dueño todo, lo ata bien atado y es gracias a esa acción que el tipo extraño tiene trabajo. El encargado no sobrecarga a nadie, se hace cargo en persona de cubrir al tipo extraño, cuestión de honor y una manera de pasar a ser un tipo extraño también; quizás contagiado, envenenado por ese compañero que le ha mostrado otra manera de entender el compañerismo y hacer frente a la vida.
En estos tiempos oscuros de individualismo acérrimo, el tipo extraño y su compañero se niegan a dejarse fagocitar por la vorágine en las que les toco vivir y ambos combaten a la oscuridad haciendo del compañerismo, de la amistad, del respeto, de la lealtad, de la memoria, de los códigos y valores el único culto al que vale la pena apostarlo todo como si aferrándose a estos, hacer frente a la vida resultase menos impreciso, menos volátil; quizás un poco más llevadero, soportable.   

viernes, 26 de mayo de 2017

Dejo de ser un niño.

Caminar  por  las  calles oscuras, con los niños  era  una  costumbre…  de  tanto  hacerlo.  La  mujer,  rubia  de  pelo  largo hasta la cintura,  caminaba  despacito,  en  cada  mano  un  niño  chico,  por  delante,   otros dos,  un  poco  más  grandes.  El  mayor  de   8  años,  el  segundo  de  6  años  y  los  chicos de  3  años.  La  mujer  sabe  que,  algo  no  está  bien,  porque  ninguno  de  los  perros,  ha  salido  a  recibirles.  Eso  significa  que  están  muertos.  Les  han  robado  o  lo  están  haciendo,  tan  seguro  como  que,  sola  con  cuatro  niños,  poco  puede  hacer,  excepto  confiar  en  que,  ya  se  hayan  ido. Reza a su Dios, por esquivo que sea, le implora ayuda.  Duda  ante  la  puerta,  la  casa  la  mira  muda,  siniestra,  como  retándola  a  animarse  a  entrar.  Los  niños  y  ella  están  muy  cansados,  demasiado.  Juntando  un  valor  que,  no  sabe  de  dónde  lo  saca,  entra  aferrando  a  un  niño  chico  en  cada  mano  y  los  más  grandes  detrás.  Mueve  un  interruptor  y  no  pasa  nada,  haciéndole  acordar  que,  le  han  cortado  la  luz,  debe  tres  meses  y  no  sabe  cuándo  podrá  pagar.  En  la  cocina  hay  velas  y  fósforos,  con  una  vela,  en  alto  y  los  dos  niños,  agarraditos  de  la  otra  mano;  recorre  la  casa,  humilde,  donde  no  hay  nada  que,  robar  y  respira  antes  de  entrar  a  los  dormitorios para constatar que han entrado, los armarios están vacios y la miran burlones  ¡Les  han  robado  toda  la  ropa!  ¡Toda!  No  han  dejado  nada…..no  tienen  ropa  para  cambiarse,  deberá  irse  a  trabajar mañana con lo que tiene puesto  y también  los  nenes deberán ir a la escuela con la ropa que llevan puesta.  Prende  el  fuego  en  la  estufa,  el  baño  de  los  niños  acaba  de  ser  suspendido,  calienta  comida  que  sobró  al  mediodía,  no saldrán  cinco  platos,  reparte  el  contenido  de  la  olla  en  cuatro  platos,  dos  con  menos  para  los  chicos  y  les  sirve  en  la  mesa.  No  tiene  un  mal  huevo  para  hacerse  un  Omelette,  es  27  de  Octubre,  no  cobrará  hasta  dentro  de  unos  días  y  no  sabe  cómo  les  va  a  dar  de  comer  a  sus  hijos.  Un  sueldo  de  secretaria,  no  alcanza  para  cinco  bocas  y  un  marido  trabajando  afuera,  sin  fecha  para  aparecer,  resuelve  solo,  cuando  llega,  nunca  antes.  Mira  a  los  chicos  comer  hambrientos  y  al  mediano  atacar  las  lentejas  con  decisión;  el  mayor  no  come  y  la  mira.
La  orden  de  que  coma  muere  en  la  garganta,  tiene  esa  mirada  que  le  da  pavor.  Es  intensa,  fría,  descarnada,  llena  de  una  violencia  descomunal,  la  promesa  de  una  violencia  atroz  pero  a  su  vez  está  cargada  de  amor  y  ternura,  en  una  mezcla  que,  jamás  habría  creído  posible,  hasta  que  la  descubrió  en  su  hijo.  Las  lágrimas   amagan  a  escaparse  y  un  leve  gesto  de  negación de  su  hijo mayor,  la  disuade,  tiene  razón,  mamá  no  llora.  Verle  empujar,  el  plato,  hacia  ella,  la  destroza,  más  allá,  de  cualquier  cordura.  Come  mirándolo,  pidiéndole  perdón  y  ve  en  sus  pupilas  crecer  la  furia  más  salvaje  que,  jamás  haya  conocido,  curiosamente,  no  se  siente  amenazada,  su  hijo  reacciona  así,  cuando  la  siente  herida,  es  como  un  instinto  y  va  dirigido  contra  el  mundo,  nunca contra  ella  o  los  hermanos;  contra  el  mundo  entero,  sin  importar  absolutamente  nada  que  pueda implicar  eso.  Come  la  mitad  y  tímida,  empuja  el  plato  hacia  su  hijo,  es  la  madre  pero  no  manda, no  cuando  su  hijo destila  el  veneno  de  la ira  y  lo  sabe.
Acuesta  a  los  tres  chicos,  el  grande  no  se  meterá  en  su  cama  hasta  sentirla  tranquila,  relajada  y  lo  hará  conservando  esa  mirada,  puede  que,  se  levante  con  ella  atormentándole  los  ojos  pues  sin  duda  le  hace añicos  el  alma,  nunca  es  fácil  adivinarlo.  Fuma  un  cigarro  tras  otro,  mirándole  a  los  ojos.  Es  un  diálogo  mudo  donde  ella  saca  poco  en  limpio,  ignora  que  ve  su  hijo  en  sus  ojos,  espera  que,  no  sea  capaz  de  interpretárselos  y es  pensarlo  y  verle  contraer  las  pupilas,  dos  puntitos  rojos  titilan en  el  fondo  de  estas  y  de  alguna  manera  sabe  que,  su  hijo  adivina  y  entiende  cada  uno  de  sus  pensamientos,  le  da  vergüenza  y  antes  de  conseguir  romper  el  hechizo  y  bajar  los  ojos,  ve  las  lágrimas  fluir  en  los  ojos  de  su  hijo.  También  ella  llora,  en  su  caso  sin  control.  No  le  siente  moverse  ni  acercarse,  el  beso  en  la  coronilla,  es  de  un  padre  no  de  un  hijo,  cualquier  atisbo  de  control,  desaparece  bajo  tanta  angustia  y  desesperación. 

Con  los  ojos  nublados  de  lágrimas,  mira  la  espalda,  de  su  hijo,  yéndose  a  acostar.  Será  la  primera  vez  que,  lo  sienta  como  un  lugarteniente.  En  el  tendrá  apoyo,  mucho;  su  hijo  acaba  de  tirar  la  infancia  a  la  cuneta,  no  está  sola,  nunca  lo  estará,  no  hasta  que  sean  grandes  y  se  valgan  por  sí  mismos,  bueno,  los  otros,  este  ya  es  adulto  y  la  magnitud  de  tal  hecho,  vuelve  a  provocarle  un  llanto  descontrolado.  Por  injusto,  por  inadecuado  y  porque  la  hace  sentir  fracasada.             

En  su  cama,  el  niño  no  duerme,  de  alguna  manera  sabe  que  dejó  de  ser  un  niño,  ahora  es  otra  cosa;  no  un  hombre, otra cosa.  Tiene  hambre  y  mañana  no  habrá  desayuno,  queda  leche  para  tres  vasos  y  galletas  para  dos  que  se  repartirá  en  tres.  Y  por  primera  vez,  en  su  vida  piensa  en  que  sobrevivirá,  sin  atisbo  de  duda  y  ahora  la  mueca  que,  le  adorna  la  cara  es  simplemente  feroz  y  desafiante;  hará  lo  que  sea  necesario,  para  sobrevivir,  lo  que  sea  necesario y que el Diablo reparta condenas…e indultos.

sábado, 25 de junio de 2016

Evitar una pelea y sus consecuencias.

Jueves 22 de junio del 2016, entre las 1337 y las 1352,  Alcudia, Valencia, España.

Un sujeto me increpa por no cederle el paso, tras una persecución de película por el polígono, no llegare al cuartel de la guardia civil en Carlet que queda a unos seis kilómetros de donde estoy y decido no arriesgar más mi integridad ni la de nadie. Freno, me bajo cierro la camioneta y que el Diablo reparta suerte.                                

De unos 20 años, 15 kilos menos que yo y algo más alto. Agitanado, peligroso en jauría, nada en solitario. Está muerto al poco de bajar gritando del coche, alterado, fuera de sí; pude destrozarlo de muchas maneras y me sobran ganas de hacerlo. Ya gane, ahora se trata de evitar tener que herirle o matarle de verdad; ahora el combate es con mi furia que crece amenazadora y existe el riesgo de que la bestia se suelte, rompa las cadenas y tome el control. Ese es el combate y no otro; es lo que no deberé perder de vista en los próximos minutos. En juego está mi vida, yo sí tengo mucho que perder y gente ante la que responder por mis actos, no moriré en ese lugar, no a manos de ese desgraciado que vocifera fuera de sí; pero muchas cosas pueden perderse si no soy capaz de hacer magia y salir no solo indemne, además ese sujeto tiene que estar entero al final del asunto. Abre la valija del coche y empuña una suerte de rastrillo con un mango de 50 o 60 centímetros y dientes de dos o algo más; oxidada, no es una herramienta que use para trabajar, es un arma y por eso la lleva en su coche. Ahora se siente valiente. Yo tengo un arsenal disponible,  un cerebro y un cuerpo que son armas, ya pude reducirlo, matarlo, violarlo, hacer lo que me diera la gana; no me siento valiente, solo estoy preocupado por si pierdo el control y dejo fluir la rabia, la ira.   Un sol de justicia y un cielo limpio son los testigos, los humanos que hay en la vuelta se esfuman, así de valientes son, así es cuando hay un gitano o alguien agitanado implicado; ni siquiera llaman al 112, ni siquiera tratan de conseguirme ayuda, solo se esfuman y no les culpo, así están las cosas y punto.  La Vida reparte sus cartas, no tiene por qué darte una mano buena y lamentarse no te sacará del apuro. Ahora que empuña su arma y se siente un poderoso guerrero, capaz de todo y al que no le importa nada, cómo grita muy alto, como para creérselo, avanzó un paso, acorto la distancia para que vea que no me da nada de miedo y acortar el impulso que podrá imprimirle al arma si decide atacar, lo está considerando pero no se decide. Si ataca, mejor será matarle; si solo lo reduzco o hiero, no podré trabajar más en la zona ni con esa camioneta, me buscarán y siempre habrá algún imbécil que no me busco ayuda pero se cagara y piara, orientando a sus pares, llevo uniforme, es naranja y se ve a kilómetros, cualquier dato les servirá para llegar hasta mi. La ley también me buscara y en las noticias solo dirán que se Judo, como si eso me convirtiera en un delincuente y obviando que el sujeto con toda probabilidad lo sea, no les atrae trabajar. La única victoria que sirve es conseguir que se vaya sin tocarle un pelo, sin que sepa que acaba de nacer, sin que sospeche quien juega con quien, quien es más fuerte y salvaje; quien es poderoso de verdad.                                                                                                     

No le provocó, no grito, me disculpo cuatro veces y le digo que no lo haré una sola vez más; no se anima a pegarme, es patéticamente débil aferrado a su arma que ni siquiera se ha molestado en aprender a usar para sacarle partido, más partido. Le digo que con seguridad han alertado de lo que pasa, el cuartel de la guardia civil está a seis kilómetros, es una recta, cuatro minutos o menos si están en la vuelta y ya debe estar cerca de cumplirse ese tiempo. Yo quiero que lleguen, ¿quiere él que lo encuentren amenazándome con esa cosa?  No, no quiere, no puede permitírselo, por más que haya vociferado que no le importa nada ni siquiera ir a la cárcel. Menos de un minuto para salir pitando, le digo, remachando la idea insidiosa que le he implantado en eso que lleva en lugar de cerebro. Mastico el asunto unos segundos y dejó su hombría en la valija, espeto varias amenazas y se fue.                                                                                                          

Mire la hora, 1352 ya no llegaba a tiempo a la próxima entrega prevista, era una tienda que cerraba a las 1400; la anterior la hice a las 1337; era hora de parar a comer, podría hacer la entrega a las 1730, no pasaba nada. Había estado cerca, sudaba a mares, temblaba, el lado animal se había activado ante la posibilidad de una pelea, el corazón bombeaba desbocado, comer igual podía, la siesta no la dormiría ni a palos. Sentado, con el motor en marcha, antes de embragar y meter primera, agradecí al Judo y a quienes me han enseñado lo poco que se. Nuevamente el Judo me salvaba de mi mismo, no había heridos ni muertos; yo no tendría que responder por matar a un sujeto o haberlo lastimado seriamente, podía seguir con mi vida como si nada hubiese pasado. Y paso pero no paso. Es algo mágico, inexplicable, no ataco, no se atrevió y lo maneje todo el tiempo, jugué con él, hasta que decidió irse convencido de que lo había decidido él, libremente. Esa es una victoria que no se puede cuestionar y que se agradece, yo lo hago.

Hay mucho de Judo en este episodio y hay mucho de mí en él. ¿Fábula, cuento o verdad? Les dejo elegir la respuesta, cualquiera servirá. Algo es constatable para mi: cumplo el objetivo por el que me puse a estudiar y aprender Judo, consistente en mantener el control a toda costa y evitar las peleas. Esa tarde fui a seguir mis estudios de Judo y aprendí a hacer Sode Guruma Jime, una estrangulación, de una manera que no conocía y pude hacerlo porque fui capaz de evitar la pelea y tener que usar alguna técnica específica de combate de Judo para defenderme de ese sujeto pero claro, al final use mucho Judo para sacármelo de encima, la psicología también es un arma y una herramienta que si se entrena, funciona de maravilla pero solo si has entrenado de verdad, implicado, poniéndole ganas y entusiasmo por si la Vida reparte cartas y te da una mano horrorosa, con la que tenes que jugártela. No lo será tanto si el Judo está en tu vida.

domingo, 3 de enero de 2016

Sandra tenía un día malo.


Sandra  tenía  un  dia  malo,  que  se  estaba  convirtiendo  en  una  noche  de  sábado aun  peor,  sus  amigas  no  querían  ir  a  la  disco  El  Hangar,  si  iban  a  otro  sitio,  no  vería  a  su  novio  que  trabajaba  allí.  Llevaba  toda  la  semana  sin  verle  y  quería  verle.  Discutió  por  teléfono  con  las  amigas  quedando  claro  que  se  iban  a  otro  sitio,  con  o  sin  ella.  Ofuscada  se  encerró  en  la  habitación,  no  salió  ni  a  cenar.  Decidida  a  ver  a  su  novio  se  ducho,  peleo  con  la  melena  y  la  plancha  hasta  conseguir  un  peinado  aceptable.  Dudaba  entre  un  pantalón  blanco  o  una  minifalda,  gano  esta  ultima  acompañada  de  una  blusita  color  mango  que  evidenciaba  que  el  pecho no  crecía,  a  este  paso  nunca  lo  harán,  pensó  disgustada,  pero  que  le  quedaba  bien.  Un  saquito  negro  a  juego  con  la  minifalda,  medias  y  tacos  de  ocho  centímetros.  Dos  gotitas  de  perfume  atrás  de  las  orejas  y  estaba  preparada.  Agarro  el  tapado  largo  para  que  la  madre  no  le  diera  la  braza,  salió  de  la  habitación  y  vio  en  la  cara  del  padre,  sentado  en  el  sofá,  que  no  le  gustaba  su  vestimenta,  le  beso  y  a  la  madre  que  le  dijo  que  se  cuidara.  Se  había  hecho  tarde  y  se  dio prisa  para  llegar  a  la  parada  del  autobús  y   con  suerte  subir  al  último  autobús  que  pasaba  por  la  avenida  que  le  dejaba  cerca  de  la  Disco.  Tuvo  que  esperar  diez  minutos  y  se  felicito  por  haber  traído  el  tapado,  hacia  frio.  Subió  pago  el  boleto  y  se  sentó,  el  autobús  venia  vacio,  nadie  se  bajaría  para  ir  al  Hangar  y  había  que  caminar  trescientos  metros  por  una  calle  oscura  como  boca  de  lobo  flanqueada  por  arboles.  Normalmente  se  juntaban  y  lo  hacían  en  grupos  numerosos,  nunca  una  chica  sola,  ni  los  chicos  se  atrevían  a  hacerlo.  Bajo,  espero  que  el  autobús  se  alejara  y  antes  de  cruzar  la  avenida  miro  la  oscuridad,  sintió  miedo  pero  quería  ver  a  Julián  y  eso  pudo  más  que  su  miedo.   Se  interno  en  la  oscuridad,  solo  se  sentían  sus  tacos  repiqueteando  en  el  asfalto,  cincuenta,  cien,  ciento  cincuenta  metros  y empezó  a  escuchar  la  música,  pasaron  dos  coches  llenos  de  chicos  que  le  pitaron  y  solo  le  faltaban  cincuenta,  vio  a  Rubén  ,  el  portero  y  este  a  ella.  Se  saludaron  y  Rubén  la  hizo  pasar  sin  pagar,  dejo  el  abrigo  en  ropería  y  se  puso  a  buscar  a  Julián,  lo  encontró  hablando  oreja  con  oreja  con  una  rubia  despampanante,  se  sintió  una  niña,  dio  media  vuelta  con  Julián  llamándola,  fue  a  ropería  y  pidió  su  tapado.  Le  dijo  que  se  fuera  con  la  rubia  y  salió  de  la  Disco.  Saludo  a  Rubén  y  aguanto  unos  pasos  antes  de  ponerse  a  llorar.  Un  dia  de  mierda,  una  noche  de  mierda  y  un  novio  de  mierda,  entro  en  la  oscuridad  llorando  a  mares,  totalmente  distraída.  Caminaba  despacio, encima  no  habría  autobús  hasta  dentro  de  dos  horas,  genial  y  arrecio  el  llanto.                                                                                                                           El  golpe  en  la  cabeza,  desde  atrás  la  hizo  caer,  a  punto  de  desmayarse,  cuando  sintió  las  manos  del  hombre  que  murmuraba  obscenidades  sintió  pánico,  la  iban  a  violar!  La  cabeza  le  daba  vueltas,  miles  de  lucecitas  estallaban  en  sus  ojos  y  no  conseguía  ver  nada.  El  tipo  la  llevo  en  volandas  fuera  de  la  carretera,  casi  hasta  la  línea  de  arboles  y  ella  pensó  que  era  fuerte,  muy  fuerte.  La  tiro  al  suelo,  sintió  las  ramitas  en  la  espalda  y  las  nalgas,  luchando  por  no  perder  la  conciencia.   Lo  que  se  venía  no  sería  agradable,  si  se  desmayaba  no  tendría  ninguna  oportunidad  de  evitarlo.  Sacudió  la  cabeza  y  se  acordó  del  odiado  compañero  de  Judo,  Leonel,  y  su  Profe,  Marcelo,  pero  más  del  primero,  que  no  la  deja  en  paz  ni  menstruando, que  la  agarraba  del   cuello  o  le  aplastaba  el  pecho  o  le  enganchaba  los  brazos  sin  piedad,  que  la  hacía  entrenar  duro  y  le  decía  que  había  que  conseguir  un  segundo  y  crear  una  oportunidad,  una,  que  sería  la  única.   Se  subió  la  falda  liberando  las  piernas  para  poder  separarlas,  el  tipo  interpreto  que  su  víctima  se  entregaba  y  se  arrodillo  entre  sus  piernas  luchando  con  la  bragueta,  cuando  por  fin  saco  el  pene,  le  rompió  las  medias  y  arranco  la  tanga,  apoyo  la  mano  izquierda  junto  a  su  oreja  derecha  y  se  propuso  penetrarla,  por  lo  que  miro  hacia  su  entrepierna,  momento  en  que  ella  le  ataco  el  codo  izquierdo  con  sus  dos  manos  rompiéndoselo,  usando  una  técnica  llamada  Ude  Gatame.  El  tipo  berreaba  boca  arriba,  agarrándose  el  brazo  roto,  Sandra  le  clavo  un  tacón  en  los  testículos.  Trastabillando  volvió  a  la  Disco  y  cayó  en  brazos  de  Rubén,  desmayándose.

Despertó  en  el  Hospital,  su  madre  estaba  sentada  a  su  lado,  quiso  moverse  y  noto  que  tenía  una  sonda  en  el  brazo  derecho.  Recordó  todo,  quiso  hablar  pero  la  madre  no  la  dejo.  Le  explico  que  la  habían  tenido  que  operar  debido  al  golpe,  que  debería  hacer  reposo  y  no  fatigarse.  Que  afuera  estaban  casi  todas  sus amigas,  que  Julián  había  venido  pero  se  había  ido,  el  Profesor  de Judo también  había  venido  y  que  un  chico  llamado  Leonel  venia  todos  los  días  a  verla.  Es  un  poco  extraño,  siempre  lleva  un  libro  en  las  manos,  no  me  gusta.  Sandra  sonrió  levemente,  a  ella  tampoco  le  gustaba  hasta  el  ataque.  Se  durmió agotada.  Dos  días  más  tarde,  un  poco  mas  recuperada,  esta  con  unas  amigas  cuando  golpean  la  puerta,  da  permiso  para  que  entren  y  lo  hace  Leonel.  Saluda,  llega  a  su  lado  y  le  besa en  la  mejilla,  ella  le  agarra  la  mano  y  le  da  las  gracias  por  tantos  años  de  esfuerzos,  el  replica  que  queda  mucho  por  hacer,  porque todavía  no  aprendió  que  una  minifalda,  tacos  y  oscuridad  son  una  mala combinación,  que  la  espera  en  el  tatami  cuando  esté  bien.  Un  beso  de  despedida  y  se  va.  Sandra  sabe  que  no  fue  suerte,  aunque  la  tuvo  cuando  el  golpe  no  la  mato  ni  desmayo,  lo  que  paso  después  fue  consecuencia  del  entrenamiento  a  que  la  habían  sometido,  se  prometió  prestar  más  atención  en  adelante  en  clase  y  siguió  charlando  con  las amigas.

jueves, 25 de diciembre de 2014

Ajustar cuentas.


Los guachos juegan al fútbol en un campito. No hay arcos, ni está delimitado, excepto, por el muro coronado de vidrios, de una casa. Gritan, se animan, piden a la reina y se recontra calientan cuando alguno se la morfa mal y la pierde. De potreros así, salieron y salen jugadores que terminan jugando en la Celeste y hacían exactamente las mismas cosas o casi. Llevan horas y no pararan, hasta que la oscuridad les eche. La reina, va y viene, su cuero está bastante desgastado y algún hilo ya esta reventado y deshilachado anticipa el final del hermoso juguete, al que nadie considera tal y que les convoca, en una reunión pagana, a cada rato. Dejo de ser redonda hace tiempo, esa forma ovalada desencadena extraños efectos que solo algunos han domesticado, los demás porfían y no consiguen meterla donde quieren. El pase largo era una idea excelente, si salía, no solo fue fallido, no, encima, la reina cayo del otro lado del muro y todos los guachos, miraron al retrasado que la había tirado, no importaba que la idea era una genialidad que habría dejado al Pájaro solo, mano a mano con el Pato y eso era gol, si no salio, no vale, como en el Estadio los domingos, igual. Le tocaba ir a rescatarla. El dueño de la casa, era un rematado hijo de puta, siempre les puteaba, era grosero y le molestaba que jugaran al fútbol junto a su casa. Pedirle la pelota era inevitablemente, un trago amargo. Armándose de valor el Chueco, el retrasado que se creyó El Profe, arranco para el portón, aunque no llego a tocar timbre, el vecino le tiro el cadáver acuchillado de la pelota que cayó a sus pies, convertida en un pedazo de basura, exterminada su magia, que hacía a los guachos perseguirla, divirtiéndose, gritando y quemando horas y horas, sin hacer travesuras o sin delinquir, directamente sin delinquir.                                                

Se disolvieron insultando al vecino desgraciado, escupiendo terribles venganzas y preguntándose de donde carajo, sacaban otra pelota. Decretaron que el Chueco tendría que conseguir una, el la tiro al otro lado del muro, el debía conseguir otra. Era una sentencia inapelable y todos lo sabían, el Chueco fue a su casa, agarro la bici y se fue a merodear por las canchas de un colegio donde cada uno de sus alumnos, tenía una excelente pelota. Si, fue a robar la magia a otro barrio, uno donde sobraba. A las horas volvía a casa, con una flamante pelota metida, abajo en la camiseta, pero la guardo, antes de dársela a los demás, quería ajustar cuentas. El Chueco esquilmaba cada árbol frutal y todas las parras del barrio, solo se salvaba, la casa con muros coronados de vidrios. Estos podían ser eliminados pero el perro que patrullaba entre los muros era una fiera y el dueño de la casa, capaz de tener una escopeta, cargada con sal gruesa como mínimo; eso le había disuadido siempre, ahora no; la venganza es un derecho para el ofendido o ultrajado, máxime cuando nadie le velara sus derechos. Trece años son pocos o muchos, depende. Era un niño que no lo era en absoluto; para algunas cosas había nacido preparado, si se trataba de ser violento y elucubrar una venganza que debía ser ejemplar, era el único capacitado para pensarla y ejecutarla. No dijo nada de las ideas que manejaba, a nadie. Era su escaramuza y si le agarraban o salía mal, solo él, pagaría el precio, si ganaba, seria victoria de todos. Los códigos están para algo. Con astucia de animal salvaje, espero que el dueño de la casa saliera con su coche, eso descartaba la escopeta. Un pedazo de carne envenenado, desactivo los colmillos, esa era la parte que menos le gustaba, pero el mensaje tenía que ser claro y firme. Con un pedazo de ladrillo rompió los vidrios del muro, un metro más o menos de largo, una manta doblada, puesta encima del muro, donde ya no quedaban vidrios; le dio acceso al patio. Lo primero fue degollar al perro y evitarle más sufrimientos, lloro con amargura al hacerlo, una amargura profunda, sabía que jugaba con poderes que le quedaban grandes y no se engañaba respecto a si mismo, ni un cachito. Un serrucho Japonés, curvo, de sierra especialmente diseñada para cortar ramas, entro en acción. Las parras fueron las primeras en ser cortadas a pocos centímetros del suelo. Los árboles frutales que tenían un tronco accesible, cayeron cortados: varios limoneros, naranjos y tangerinos, un ciruelo y un manzano. Los de tronco grueso, vieron cortadas sus ramas: dos higueras, el laurel y uno que no sabía que era, pero asesino igual, con saña, frialdad y una determinación que hasta le dio miedo, al reconocerla. Salió por donde había entrado, saco la manta y se esfumo, seguía llorando. De pasada, devolvió el serrucho que había robado, cuando salió del cobertizo, su dueño le estaba mirando, ese niño le usaba las herramientas sin pedírselas, nunca se las quedaba ni las rompía, solo se las llevaba y después las traía, dio un paso al costado y le dejo irse. Verle jugando con su perro, como lo acariciaba y como le hablaba, siempre le maravillaba, ese perro quería mas al niño que a él, una punzada de celos lo atravesó y sin llamar al perro entro en la casa, no era maduro, claro que no, pero no era como para serlo, Boby durmió con el niño, bajo su cama, con otros perros, velándole las pesadillas que le inquietaban, sabiendo que en su casa no era bienvenido esa noche.                                                 

Antes de abrir el portón supo que algo no iba bien, no veía a Hueso, haciéndole fiesta, la casa parecía lúgubre. Cuando lo encontró, se sintió furioso, en la casa no faltaba nada, no entendía que había pasado y recién a la mañana, tomándose un café, cuando miro por la ventana y vio a su amado jardín, empezó a hacerse una idea. Pero fue cuando encontró la pelota que había destrozado, puesta en el tronco del laurel asesinado con extrema vileza, ojo por ojo y diente por diente, que entendió claramente. Los guachos corrían tras una reina nueva, flamante, redonda y obediente. Gritaban con entusiasmo, se insultaban con determinación y reían con toda la boca. El Chueco había cumplido al reponer la pelota perdida. El partido se paro cuando el vecino apareció, todos callados, preparados para rajar si las papas quemaban.

-Les traigo una pelota nueva, porque les rompí, la que tenían. Devolveré cada pelota que caiga en mi jardín, solo pido que nunca más, nadie, me mate a ningún perro, ni me destroce el jardín.-                                                                                           

El silencio que sigue a las palabras es intenso, todos los guachos miran al Chueco, si alguien hizo algo, fue él, si nadie sabe nada, fue él, si un adulto achica y recula, fue él; así lo deschavan y el vecino le estudia, no le gusta nada lo que ve, nada, nada, nada. No baja la mirada que parece afiebrada, detecta la agresividad, la furia apenas contenida y no puede tener ni quince años. Se va, bajo la mirada del guachaje que nada mas le pierde de vista, reanuda el juego. Todos y cada uno palmean al Chueco, ni le preguntan que hizo, nunca lo dirá, pero si domo a ese hijo de puta, entonces, todos ganan y se trata de eso, ganar alguna de vez en cuando, claro que si el Chueco esta de tu lado, hermano, la batalla podrá perderse pero el enemigo saldrá escaldado. Suena el timbre y el hombre sale, parado en el portón esta el niño que con seguridad le mato a Huesos y destrozo el jardín. Acunado en sus brazos un cachorrito, duerme.

-Tiene un mes, es hijo de mi perra. Cuídelo por mí.- Se lo da, gira y se aleja.

El Chueco no puede resucitar al perro que asesino, ni arrancarse del pecho, el dolor que eso supone, algo le dice que regalando un cachorro de su perra adorada, aliviara el dolor de su enemigo, puede que sea ofrenda de Paz y puedan tenerla en adelante. Y puede, puede, sabe que no, que le perdonen el pecado de haber asesinado al perro. El miedo a sus abismos le acompaña a casa, su madre le acaricia, su niño crece rápido, está hecho un hombrecito; muchos dirían que es algo más que eso, parece un niño desvalido, jajajajajjajajja, guambia, quien se lo crea, el guascazo, llegara por sorpresa y será devastador.