miércoles, 25 de diciembre de 2019

Hacer un Las Vegas.


Pablo conoce a Mikaela porque es amiga de su hermana y esta la trae a su casa. Es algo común, habitual, otras amigas de su hermana han llegado a su vida, la mayoría no permanece ni deja huella, no es el caso de Viviana y no lo será el de Mikaela si bien Pablo no tiene manera de saberlo. Las cosas transcurren como es habitual: Mikaela le esquiva como una gacela al león. Pablo admira la carrocería de Mikaela, es verano y ese bikini azul es bestialmente perfecto, manteniendo las distancias, no tiene ganas de aguantar bobadas y si va con su hermana tiene que ser boba. Viviana es un caso aparte, sus circunstancias lo son y ser mamá a los quince, definitivamente la hace pasar a estar bajo protección directa de Pablo que así lo ha decretado para horror y pasmo de su hermana que no entiende nada, nunca lo hace.
Mikaela es habitual en casa de Pablo, pero mantiene la conducta de esquivarle, Pablo detecta el miedo y salvo ojearla de lejos, no hace nada. La guacha le gusta, pero no está para liviandades. Ni siquiera se plantea un acercamiento, no lo necesita; nada hace pensar que este ante una candidata a sumar a su vida, también es cierto que Viviana tampoco lo era hasta que se embarazo, la obligaron a llevar adelante el embarazo y a casarse. Embarazada pasó a ser considerada amiga, básicamente por el vacío que le hicieron todos, incluida su hermana con la que tuvo una discusión salvaje; la hizo llorar al visitarla para conocer al bebé, décadas más tarde ella le confesaría que eran lágrimas de vergüenza y que el beso que le dio en la frente seguía quemando. Pablo no hace nada por acercarse a Mikaela, le hace gracia como sale disparada al verle, esa es la mano de su hermana, a saber, que le ha dicho; pero la vida usa dados que no siguen una lógica humana y propicia un acercamiento al hacer que Mikaela le confunda con su hermano, entre a la pieza y se acerque dicharachera a la cama donde Pablo lee evadiéndose en un viaje más placentero, veraz y profundo que el que le pueda regalar cualquier droga.
Al ver su error respingo asustada y reculó como haría una gacela al toparse de frente con un león; fueron tres saltos desesperados hacia la puerta, pero al llegar a esta se quedó clavada, puede que la actitud de Pablo que no se movió y sonrió divertido la espolease; o la curiosidad de verle siempre leyendo o el hecho de que la ignorase, no solía pasarle; la llevó a acercarse con cautela hasta sentarse en la punta de la cama, preparada para huir, algo que finalmente no hizo.
Pablo dejó el libro un rato y charlo con Mikaela que demostró tener cabeza, ser curiosa y tener fondo; era el principio, Pablo lo recordaría siempre, invariablemente reiría comparándola con una gacela. Con los años su regocijo crecería exponencialmente, de gacela nada, era más leona que él y lo fue desde siempre, el caso era que era cachorra en aquel tiempo y podía confundirse con una gacela el tiempo justo de sentarte a hablar con ella un ratito.
No hay como saber que vio Mikaela en Pablo, pero dejó de rehuirle espantada y le fue permitiendo descubrir sus profundidades y lo hizo con una sabiduría milenaria; Pablo sabe que Mikaela se tomó el trabajo de enseñarle a manejar a una mujer, de hacerla disfrutar; como sabe que le mimo cuando toco fondo y le trajo a la superficie. Pablo entiende el regalo que la vida le hizo cruzándole en el camino a Mikaela; las Diosas no viven entre los humanos, Mikaela es una anomalía, mezcla de bruja y maga podría ser una Diosa y tal vez haya sido venerada en la antigüedad como tal; igual fue su esclavo en el antiguo Egipto y será su dueño en el 79234; y nada cambiara esa línea de pensamiento, aunque no cree en la reencarnación.
Nunca fueron novios y jamás lo necesitaron, las intensidades que les sacudían al juntarse eran una delicia que sabían añorar hasta que se volvía a dar. Comparten secretos pesados, de esos que hacen caer imperios o enloquecer a los hombrecitos que se creen duros y son apenas barro. De esos que harían suicidarse a un marido al percatarse de que su mujer, a la que ve como una más, le ha escondido su esencia y profundidad siendo, además, que no ha sido capaz en más de veinte años de convivencia, intuir.
Ellos dos, Mikaela y Pablo juegan a otra cosa, viven sus vidas y su relación con otro enfoque que es el mismo desde que ella decidió descubrir qué clase de tipo era Pablo y volvió sobre sus pasos para sentarse en la punta de la cama y charlar con él.                                               
Escaparse y disfrutarse pasó a ser un desafío a muchas bandas; conseguir tiempo, coincidir y quemar el poco tiempo que robaban, juntos, alimentaba la fuerza del fuego que les amalgama. Ella nunca ha dudado de lo acertado de haber enrolado a Pablo en su vida, que el desgraciado manejase casi nueve horas para tomarse un café y darle un abrazo décadas después de aquella primera charla solo le confirma que hizo bien, otros hombres hacen cosas impensables por ella, tiene suerte, no solo tiene a Pablo si bien fue el primero que llegó para quedarse.
Las etapas donde no pueden verse se salvan por teléfono, WhatsApp o correo electrónico sin histeriquismos como remarca Mikaela en su sabiduría, sin importar si son meses, años o décadas. ¿Se lo imaginan? ¿Son capaces? ¿Esperarían tres décadas para descubrir que parece que fue ayer que estuvieron juntos y dejarse ganar por lo que sea que les une? Shangrila, La Pedrera, Río, Berlín…hacer un Las Vegas le llaman ellos y entre uno y otro pueden pasar décadas. ¡Décadas!
Esos dos saben algo que los demás ignoramos, no queda otra. Verlos compartir entre risas una cama infecta de un cuchitril como si fuese un palacio, hacer la compra o caminar horas y horas al tiempo que se ponen al día de hijos, matrimonio y rutinas, nos fundiría el cerebro a la mayoría. Verlos en un sex-shop comparando juguetes para ella me haría cuestionar mis ideas al respecto, igual me he quedado cortado y debo hacer un esfuerzo para ponerme al día. Verlos disfrutarse impúdicos o como Mikaela le hace durar y durar con traviesa sabiduría sin una queja por parte de Pablo, nos volaría la cabeza. Por eso actúan en secreto, se manejan entre bambalinas, dejándonos a los viles mortales tranquilos porque lo mismo saber que existe algo semejante y que no lo hemos disfrutado jamás, nos vuelve locos. No pasamos de un polvo mal pegado, eso cuando no nos matamos a pajas y esos dos degenerados se aman y hacen el amor, desde hace décadas, sin ponerse límites humanos.


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